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Tecnología

21 de marzo de 2003

El sonido de la arroba

Ivonne Trías
Rebelión

Mis compañeras de trabajo, tanto Rosalba y Guillermo como Samuel o Mariana, conocen esa forma ingeniosa de formar los plurales que incluyen dos géneros sustituyendo la última vocal por una @.

La costumbre de emplear la forma masculina del plural para nombrar cualquier conjunto superior a uno -aun cuando se trate de diez elementos femeninos y uno masculino- está tan arraigada que parece natural, como nacida. Para entender que molesta basta con probar al revés, como al principio de este texto. Si molesta se puede cambiar, total, si se trata sólo de una costumbre no hay razón para no innovar. Si hubiera otras razones para mantener esa forma androcéntrica del lenguaje sería bueno conocerlas, teniendo en cuenta que la formación de los plurales es apenas un botón de muestra. Hace muchos años que se busca superar estos estereotipos sexistas del lenguaje y han sido muchos los avances. Uno de ellos, incorporado a la legislación escolar y administrativa de varios países, es la recomendación de distinguir con su género correspondiente los distintos elementos de un plural. La intención es loable, pero el resultado puede ser agobiante: queridas compañeras y queridos compañeros... Se comprende que la @ haya resultado pues una forma ágil y democrática de solucionar el problema, al menos en los textos. Pero en el discurso no funciona, en parte porque nadie sabe cómo pronunciar el signo cuando tiene función de fonema.

¿QUERID-ARROBA-S? El signo @ es muy antiguo. Es probable que provenga del uso de los copistas de la Edad Media al ligar las letras a y d para escribir la preposición latina ad. Era frecuente que se empleara en la correspondencia diplomática redactada en latín, antepuesto a los nombres de los destinatarios. Ya en 1536 el signo figuraba en algunos documentos mercantiles venecianos como la abreviatura del precio de cada arroba, unidad de medida conocida por griegos y romanos. Más tarde se mantuvo su uso sólo en América del Norte pero reducido a los registros contables en los que designaba el precio unitario en una factura (30 libros @ 10 dólares cada uno). Con tal fin fue incluido en los teclados de las máquinas de escribir y se la nombraba entonces por su función como "a comercial".

Ray Tomlinson, inventor del correo electrónico, necesitaba un carácter que sirviera para separar el nombre del navegante y el del servidor en las direcciones electrónicas. El signo @ le vino al pelo por tres razones: porque ya figuraba en los teclados, porque no se prestaría a confusiones ya que no formaría parte de ningún nombre, y porque indicaba que el primer término se encontraba en tal servidor. La dirección "raytomlinson@brecha.com.uy" podría entonces leerse "raytomlinson en brecha.com.uy".

Su nombre, arroba, parece relacionado al nombre de la a minúscula en tipografía francesa: "a rond bas", a redonda baja.

¿Cómo pronunciar la @? En latín se pronunciaría, ad; en inglés, at; en francés, chez (uno de los sentidos del término latino ad) y en español, si se mantiene el sentido del francés, "en".

A LA ACADEMIA, SALUD. La introducción y generalización de la @ para indicar un plural mixto no siguió un camino académico, como no lo sigue la creación de muchos neologismos. Se puede argumentar que hay plurales neutros, como aquellos cuya última vocal es la e; que más valdría usar algunas formas plurales en latín; que se use indistintamente el masculino o femenino según la predominancia de uno de los géneros. O simplemente que el asunto no vale la pena. Entonces las señoras que de esta última forma argumenten, especialmente si son hombres, no habrán de molestarse cuando quienes piensen lo contrario las incluyan en un plural terminado en as.

¿Entonces? Todos y todas aquellos y aquellas distinguidos y distinguidas señores y señoras que crean que esta forma enumerativa es insoportablemente tediosa, que la barra "os/as" es un mamarracho, y que consideren abusivo el genérico masculino como referente único están invitados a enviar a BRECHA sus propuestas para solucionar gráfica y sonoramente el problema. No se trata de un concurso sino de un debate del que seguramente surgirá la mejor solución para ésta que es, apenas, una de las inercias no casuales del lenguaje.