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Justicia en la era de la información
Por James Petras

El Mundo

La esclavitud sexual está presente y en pleno auge en Kosovo con la complicidad o, en todo caso, con la tolerancia del Ejército de ocupación de la OTAN, los funcionarios de la ayuda internacional y las ONG (organizaciones no gubernamentales). En Brasil, más de 30.000 campesinos sin tierra fueron expulsados violentamente de edificios públicos por el Estado, por pedir pacíficamente la redistribución de tierras cultivables ociosas con las que alimentar a sus familias.

Mientras algunos distinguidos periodistas escriben acerca de la nueva economía y de la tercera revolución tecnológica, la realidad es que el mundo retrocede hacia retrógradas formas primitivas de actividad económica, en las que las nuevas tecnologías de la información (TI) juegan un papel capital. En efecto, las TI se ponen al servicio de prácticas económicas que, como poco, tienen 2.000 años de antigüedad y que, cada vez más, juegan un papel fundamental en la economía mundial.
La esclavitud sexual constituye un negocio a escala planetaria. The New York Times informa de que 50.000 mujeres y niños entran en Estados Unidos cada año para ejercer de esclavos sexuales; el Weekly Guardian escribe que «el tráfico sexual de mujeres de la Europa del Este es una de las grandes plagas de la criminalidad de la Europa poscomunista».
El comercio del sexo está empezando a ser más provechoso que el narcotráfico y se encuentra detrás del enorme incremento del dinero que se lava en bancos multinacionales europeos y estadounidenses. ¿Qué hay detrás de este espectacular crecimiento de la esclavitud sexual?
La razón principal reside en una combinación de factores: la llegada al poder de cleptocráticas élites pro libre mercado en la antigua URSS, la Europa del Este, Asia y Latinoamérica y la quiebra de la Administración del Estado. El segundo factor consiste en el apoyo político de Estados Unidos y de Europa occidental a estos nuevos cleptócratas, lo que les confiere impunidad por sus delitos, a cambio de que abran sus economías a los bancos y empresas multinacionales de Occidente. El tercer elemento se basa en la alianza política entre los nuevos cleptócratas y la OTAN. La esclavitud sexual es un coste menor que la OTAN está dispuesta a pagar por la creación de nuevas bases militares.
Resulta de utilidad examinar el caso de Kosovo para ilustrar la conexión de la OTAN con la esclavitud sexual. The Washington Post describe un panorama de miles de mujeres de Europa del Este que se ven retenidas contra su voluntad en burdeles de Kosovo, «reducidas a la esclavitud», según un alto mando militar italiano. Los burdeles y la esclavitud sexual han surgido y han proliferado precisamente después de la conquista de Kosovo a cargo de la OTAN y el ELK (Ejército de Liberación de Kosovo).
Muchas de estas muchachas no tienen más que 15 años de edad y han sido llevadas a Kosovo por bandas albanesas con el fin de servir a las necesidades de los soldados de la OTAN, los pudientes funcionarios de la ayuda internacional y los voluntarios de las ONG.
Los proxenetas albaneses compran por 1.000 dólares mujeres en subastas en Macedonia (un cliente de Estados Unidos) y las explotan con la cobertura del ELK, obligándolas a practicar relaciones sexuales sin ninguna protección y sin recibir pago por ello. La OTAN no aplica ley alguna y, en seis meses, la policía de las Naciones Unidas ha rescatado a 50 mujeres (entre varios miles).
A pesar de los centenares de millones de dólares de ayuda, el asilo en el que se refugian las esclavas del sexo que han conseguido escapar alberga sólo a 21 mujeres. Está claro que los amos de las esclavas actúan con total impunidad porque trabajan para los mandos del ELK, que son aliados de la OTAN. Los militares estadounidenses y europeos toleran a los kosovo albaneses amos de esclavas porque están al servicio de los objetivos hegemónicos de la OTAN en los Balcanes.
Al otro lado del Atlántico, en Brasil, tenemos a otro empleado político del imperio euroamericano, el presidente Cardoso. Aprimeros de mayo, más de 150.000 familias de campesinos sin tierra ocuparon 300 fincas sin cultivar, mientras que 30.000 trabajadores agrícolas ocupaban edificios gubernamentales en demanda de tierras con las que alimentar a sus familias.
El presidente Cardoso y los gobernadores locales dieron a la Policía Militar la orden de desalojar sin contemplaciones a los campesinos sin tierra: cientos de ellos fueron encarcelados y resultaron heridos; otros fueron asesinados o desaparecieron. Algunos de los funcionarios locales confesaron a los campesinos sin tierra que simpatizan con sus objetivos de reforma agraria, pero que carecen de fondos del Gobierno federal. Cardoso ha reducido de manera drástica el presupuesto en favor de los pequeños agricultores y de los campesinos sin tierra con el fin de subvencionar a las poderosas minorías agroexportadoras y hacer frente al pago de la deuda externa.
Según la Comisión Pastoral de la Tierra (un grupo de confesión católica), más de 1.100 agricultores, campesinos sin tierra y otros activistas rurales han sido asesinados durante el mandato de Cardoso y de los presidentes civiles que le precedieron y sólo 11 asesinos han sido condenados.
Más de cuatro millones de campesinos han sido expulsados de sus tierras en el curso de los últimos 10 años y viven en suburbios de las ciudades. Cardoso ha creado un cuerpo especial de policía para desalojar por la fuerza «los asentamientos ilegales» y restaurar el orden con un estilo que recuerda a las dictaduras militares del pasado.
Entretanto, los representantes de las administraciones, los banqueros y los directivos empresariales estadounidenses y europeos aplauden a Cardoso por privatizar empresas públicas y por permitir que las multinacionales euroamericanas controlen los sectores de las tecnologías de la información y las comunicaciones.
Ni una sola crítica se alza ante la represión de millones de campesinos sin tierra y ante la injusticia de que el 1% de los terratenientes sea propietario del 50% del suelo. Antes al contrario, las multinacionales estadounidenses y europeas equipan a la policía especial de Cardoso con el último grito en tecnologías de la información para proteger a los latifundistas y para mantener a los campesinos en situación de semiservidumbre.
Al igual que en el caso de Kosovo, la justicia humana (que consistiría, en un caso, en la liberación de las esclavas sexuales y, en el otro, en la concesión de tierras a los empobrecidos trabajadores agrícolas) se ve sacrificada por las potencias de la OTAN, porque entra en conflicto con sus objetivos estratégicos de establecimiento de una hegemonía planetaria y de dominación de los mercados mundiales.
Las nuevas tecnologías, lejos de representar una nueva fuerza de progreso, han resucitado y reforzado las relaciones económicas precapitalistas (la esclavitud y la semiservidumbre), en todo un ejercicio de retroceso. La combinación de tecnologías avanzadas con relaciones sociales de tiempos pasados en la actividad económica describe lo que de verdad está ocurriendo en la economía mundial. La llamada era de la información no existe en un vacío políticamente neutral: su significado más profundo se revela en las condiciones de hegemonía imperial y en las mafias político económicas que actúan a su amparo.
La tecnología no impone sus normas: son las minorías privilegiadas de la economía y de la mafia las que determinan el tipo de información y el uso de las tecnologías de comunicación.
Por el correo electrónico y por la Red circula -a buen seguro- información de suma trascendencia e importancia, que critica, entre otras cosas, la esclavitud sexual y la represión de los campesinos sin tierra.
Sin embargo, y éste es el punto más crítico, lo que habrá de definir si las nuevas tecnologías de la información van a jugar un papel progresivo o regresivo a partir de ahora dependerá del contexto político en que se incardinen esos nuevos métodos tecnológicos. Y hoy por hoy, para los dirigentes de Europa y de Estados Unidos, «justicia en la era de la información» equivale a alianzas con los amos de las esclavas sexuales de Kosovo y con la protección presidencial de los latifundistas de Brasil.