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País Vasco

Euskadi, PP y Zapatero
El peso de la demagogia

Javier Ortiz
Apuntes del Natural

El PP acusa a Rodríguez Zapatero de haber hecho posible que la izquierda abertzale esté en el Parlamento vasco. No tiene razón. A quien hay que achacar que el Partido Comunista de las Tierras Vascas (EHAK, en euskara) lograra nueve escaños el pasado domingo es, en primer y destacado lugar, al 12,5% del electorado vasco, que dio su voto a esa candidatura.
Ésa es la verdadera cuestión.
El PP sigue empeñado en ilegalizar la realidad. Lo hace apelando a argumentos de escasa consistencia jurídica (sus defensores a ultranza harían bien en repasar la sentencia 68/2005 del Tribunal Constitucional, en la que se afirma, entre otras cosas, que a ningún partido político se le puede exigir como condición para su existencia legal que condene de manera expresa el terrorismo de ETA). Pero eso es secundario, a estos efectos. Lo que me parece más digno de mención es que, además, esa política no sirve para los fines que pretende. A las pruebas me remito: tras cuatro años de esfuerzos sistemáticos para silenciar la expresión política de la izquierda abertzale, ésta ha pasado de tener siete escaños a contar con nueve.
No puede haber demostración más clara de los efectos contraproducentes que se derivan de la obsesión prohibicionista.
Zapatero parece haber entendido que por esa vía no se avanza en la transformación de la realidad social vasca, necesaria para asentar sobre bases firmes la pacificación y la normalización política de Euskadi. Quisiera dar un giro, y en parte lo está dando, pero tropieza con muchas dificultades. Él y su partido han pasado demasiado tiempo coreando las consignas del PP, y ahora se encuentran con que buena parte de su base social y de su electorado no entienden que explore otras vías.
Durante años ha contribuido a que algunos tópicos hueros pasen por principios incontrovertibles y ahora no sabe cómo orillarlos. ¿Por qué, cada vez que los del PP proclamaban que con Batasuna no se podía ni hablar, no les contestó que ellos bien que lo habían hecho, y al más alto nivel, aunque fuera en Burgos y a escondidas? ¿Por qué llegó a rivalizar con los del PP, presumiendo de que él, por no hablar, no hablaba ni siquiera con el presidente del PNV? ¿Por qué no recordó que Aznar envió a sus emisarios a negociar con la dirección de ETA? Y, sobre todo, ¿por qué no explicó a la ciudadanía que nada de eso tenía nada de infamante, porque un Gobierno debe moverse en todos los terrenos cuando están en juego intereses superiores?
Maleducó a sus seguidores y ahora es rehén de lo que dio por bueno, sabiendo que no lo era. Va a costarle contrarrestar tantos años de demagogia.