VOLVER A LA PAGINA  PRINCIPAL
Opiniones

Argentina: la perversa racionalidad del hambre
Por Víctor Ego Ducrot
laotraaldea@hotmail.com

Según su ministro de Economía, Roberto Lavagna, es un país que "tiene alimentos para todo el mundo", pero el hambre al que están sometidos millones de argentinos no es un expresión de irracionalidad. Por el contrario, el hambre en este país encierra una perversa racionalidad.

Historia, Olvido, Estado y Latinoamericanismo: cuatro temas para una agenda seria sobre la crisis alimentaria.


Argentina puede proveer de comida a más de 300 millones de habitantes. Se encuentra entre los principales productores y exportadores de alimentos y posee un parque agroindustrial de considerable eficacia y desarrollo. Sin embargo se trata de un país en el cual siete de cada diez menores de catorce años sufren serias carencias alimenticias. En las últimas semanas las pantallas de la televisión locales e internacionales fueron sacudidas con imágenes de niños muertos por desnutrición.
En esos días un viajero británico, hombre de negocios aunque detractor de los efectos que los programas neoliberales provocaron en los países de América Latina, formuló un comentario que muchos argentinos se hacen a ellos mismos.
¿Cómo puede ser, preguntó, que un país que al viajero le ofrece horas y horas de recorrido a través de sus campos fértiles pueda estar sometido a la falta de comida? E inmediatamente agregó, "esto es irracional".
Los latinoamericanos estamos acostumbrados a las lecturas ingenuas, aunque a veces bien intencionadas, de muchos observadores de países desarrollados que se dejan atrapar entre las redes de cierto realismo mágico extraliterario, que poco tiene que ver con las condiciones de explotación al que se ve sometido nuestro continente.
Los cierto es que, más allá de esa aparente irracionalidad, el hambre de los argentinos obedece a causas múltiples pero todas partes constitutivas y sistémicas de una racionalidad tan implacable como perversa.
En este artículo no vamos a insistir en las no por reiteradas menos justas observaciones que desde distintos sectores políticos y sociales se viene haciendo en torno a la creciente concentración de riquezas que se operó no sólo en Argentina sino en toda la región y a la consiguiente crisis distributiva en materia de recursos. Tampoco repetiremos cifras ni nos adentraremos en complejos vericuetos técnicos.
Simplemente intentaremos introducir, aunque sea a título de agenda para el debate, cuatro temas cuyo tratamiento podrían ayudarnos a entender las causas últimas y la naturaleza misma de aquella perversa racionalidad.
El primero de los temas está relacionado con la Historia; el segundo con el Olvido; el tercero con la vigencia del concepto de Estado, y el cuarto con el reconocimiento de la categoría Latinoamericanismo; aunque, en rigor de verdad, todas estas ideas atravesaran nuestro texto por fuerza de sus propias y respectivas dialécticas.

La Historia

Lamentablemente, el hambre de los argentinos está anclado al fondo mismo de su historia como país capitalista dependiente. Argentina es un caso emblemático de lo que sucede en un país cuyo verdadero pasado y su emergencia actual sólo pueden explicarse porque se trata una larga sucesión de esquemas de poder amparados en el concepto de renta. Primero fue, a lo largo de casi toda su existencia, una sociedad que dependió de la renta agraria; después, especialmente durante las últimas décadas del siglo XX, pasó a convertirse en una sociedad que dependió de la renta financiera.
Y así llegamos a la pobreza y al hambre de hoy, que no es nuevo sino que significa el desenlace fatal de décadas de pobreza y subdesarrollo, conceptos estos, como el de las consecuencias del endeudamiento externo, que sólo puede sorprender a los recién llegados, a esos que creen que la película comienza cuando uno se sienta en el cine. Porque de esto viene hablando desde hace mucho la izquierda y todo el campo popular.
Los intentos del peronismo de postguerra de redistribuir la renta agraria con sentido productivo y progresista, a través la nacionalización parcial del comercio exterior, no fueron suficientes. En ese sentido cabe recordar que la primera medida de la dictadura surgida del golpe de estado de setiembre de 1955, la que derrocó a Perón para alinear definitivamente al país en el marco de la hegemonía norteamericana, fue justamente la desarticulación de todos los mecanismos que frenaban la voracidad de la renta agraria.
Veinte años después, tras otro golpe de estado -el más salvaje y asesino de nuestra historia- el sistema de poder terminó por ajustar los tornillos flojos de su estrategia y deslizó al país hacia una pendiente más perversa todavía, la de su sumisión al sector parasitario del rentismo financiero. Hace un año que ese modelo estalló por los aires, y actualmente el mismo sistema de poder -las corporaciones financieras y de capital concentrado, y sus mandatarios de la corporación política- están haciendo piruetas y malabares para ver como conservan sus privilegios.

El Olvido

En forma inexplicable, quizá sólo comprensible a la luz de los devastadores efectos culturales e ideológicos que acarreó el discurso unilateral del neoliberalismo, la izquierda y el campo popular en general excluyeron de su agenda un tema capital. Nos referimos ni más ni menos que a la Reforma Agraria.
No se trata aquí de recurrir a consignas formales sino de recuperar la necesidad del debate en torno a una de las cuestiones centrales del modelo argentino dependiente y atrasado, la que, por supuesto va de la mano del punto anterior, el del país rentista y parasitario.
Tampoco se trata de extendernos en los vericuetos técnicos de lo que debería ser una Reforma Agraria a principios del siglo XXI, sino de proponerla para ser tenida en cuenta y de recordar que ningún país desarrollado y de esquema agroindustrial autosuficiente y exportador ha podido eludir la reformulación estructural de su actividad agraria, tanto desde el punto de vista de la propiedad como desde sus funcionalidades técnicas, científicas y productivas. En ese sentido basten sólo los ejemplos, correspondientes a distintas épocas y momentos históricos, de Estados Unidos y de los principales productores de la Unión Europea (UE).
Si Argentina hubiese llevado adelante su postergada y olvidada Reforma Agraria hubiesen aparecido los agentes económicos y sociales encargados de impedir, por ejemplo, que una buena parte de las tierras más feraces permanezcan anegadas como consecuencias de trastornos climatológicos, y que la pampa húmeda corra el peligro que está corriendo ante los alarmantes índices de desertificación que manifiesta la cuenca del río Salado.
El agro argentino no ha quedado en manos de la mala fortuna, ni de las inclemencias de la naturaleza ni de los errores humanos. El campo argentino es víctima de la falta de una Reforma Agraria y -valga reiterarlo- de la historia especulativa de un país que vivió al calor de la renta agraria primero y de la financiera en los últimos años. Allí se encuentra parte del complejo entramado del hambre en este país.

El Estado

Quizá suene a obviedad, pero creemos que es imprescindible recordarlo, sobre todo porque en ciertos sectores del campo popular también ha prendido el confusionismo ideológico que lleva a considerar que el Estado es una categoría perimida y pasible de ser sustituida por confusos conceptos como el del "contrapoder" o el de la autogestión idealizada.
Antes de continuar es necesario plantear dos aclaraciones.
Primero. No hay que confundir la necesidad de reformar -si se quiere, revolucionar- en forma profunda y decisiva el tipo de Estado que ha fraguado el sistema de poder imperialista en nuestros países con la errática -y en el fondo reaccionaria- propuesta de que hay que suplantarlo por formulas de ensueño idílico.
Segundo. No hay construcción histórica más racional que la del Estado como herramienta para promocionar el desarrollo democrático de las sociedades. El eje pasa por la modificación de la naturaleza del Estado, para ponerlo al servicio pleno de los pueblos, despojándolo de su contendido violento en manos de los grupos privilegiados.
En la actual etapa histórica -la que denominamos Imperio Global Privatizado (IPG)-, los principales detractores del Estado como organizador social democrático son los conglomerados corporativos, financieros y de capital concentrado, que se han propuesto tomarlo por asalto. El mejor ejemplo de esa tendencia está dado por la absoluta dependencia de la actual administración norteamericana respecto del sistema corporativo, al cual pertenecen la familia Bush y sus socios político-económicos.
Un nuevo tipo de Estado debe encarar la puesta en marcha de políticas estructurales y estratégicas que acaben con la pobreza, el subdesarrollo y la dependencia del centro del poder imperialista y de las distintas facciones en que éste se divide. Pero es ese mismo nuevo Estado el que debe tomar en sus manos las medidas de urgencia social para acabar con el hambre, con la desocupación creciente y con la marginación.
En esa prioritaria tarea el nuevo Estado no deberá desconocer las creaciones populares que han surgido al calor de la lucha contra el modelo imperialista, como redes solidarias y diversos emprendimientos de desocupados y vecinos reunidos en asambleas democráticas. Todo lo contrario, deberá articularlas en le marco de un programa general, pero debe ser él, el Estado mismo, el que tenga a su cargo los roles de selección y dirección de políticas. No considerar esa necesidad es hacerle el juego a quienes pretenden mantener la inmovilidad política y económica haciendo uso de discursos y estratagemas de maquillaje.

Latinoamericanismo

América Latina está viviendo horas cruciales. El poder monolítico del imperialismo en su etapa neoliberal -en la cual el IPG es su desenlace más descarnado- se está resquebrajando. Sería un autoengaño de tontos considerar que el imperialismo está siquiera cerca de ser derrotado, pero también sería miope desconocer la fortaleza de los nuevos vientos que soplan en la región.
Allí esta Cuba, sobreviviendo y plantada ante Washington; allí está el proceso abierto en Venezuela; el flamante triunfo electoral de Lucio Gutiérrez en Ecuador; las perspectivas favorables que se le abren al Frente Amplio en Uruguay; y sobre todo la conmoción mundial que significaron los 54 millones de votos que llevan a Lula a la presidencia de Brasil, la novena economía del planeta.
Esos nuevos vientos indican, con sus más y sus menos, una clara tendencia contra el modelo neoliberal y sus consecuencias, una firme vocación de reformas políticas y sociales y una ruptura del alineamiento automático con Estados Unidos y con las políticas del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el sistema impuesto por las corporaciones financieras.
Esos nuevos vientos también hablan de notorias coincidencias a la hora de reafirmar los mecanismos de integración regional con distintos niveles de enfrentamiento al ALCA, lo que necesariamente deberá implicar un reformulación del "quiénes", del "cómo" y del " para qué" llevar adelante esa integración.
En ese marco, el presidente electo de Brasil acaba de lanzar una propuesta de indudable valor estratégico: la creación de una moneda propia del Mercosur, destinada a funcionar como divisa no acuñada sino compensatoria para los intercambios comerciales entre sus miembros.
Si ese proyecto finalmente se pone en marcha -fue una de las medidas fundacionales del Mercado Común Europeo (MCE)- se vería limitada la funcionalidad del dólar dentro de ese escenario, y los países miembros del Mercosur podrían destinar una parte importante de esa moneda fuerte ya a sus propias reservas, a otros tráficos comerciales o, lo que sería mejor aún, a inversiones directas de carácter productivo y social.
Es cierto que el éxito de esos mecanismos dependerá de que los estados que integran el Mercosur asuman un efectivo rol como reguladores de sus propias economías, pero no es menos cierto que se trata de una medida inteligente de cara a las pretensiones hegemónicas del ALCA, que no significan otra cosa que más dominio norteamericano sobre nuestras sociedades.
También es lícito considerar que en el marco de esa propuesta habrá diferencias -y posibles ganadores tácticos- entre las empresas exportadoras de uno y otro país, pero ello no habilita a que, por ejemplo, la burguesía argentina la rechace de plano -como parece que va hacerlo- para defender el superávit en dólares que disfruta frente a sus colegas brasileños.
Es justamente en este punto donde la iniciativa de Lula se entronca con el problema del hambre. Si la burguesía argentina no fuese lo que es, una casta parasitaria especialista en vivir del Estado y en fugar capitales- estaría ahora pensando en dos niveles.
Por un lado estaría buscando fórmulas imaginativas para competir con sus socios comerciales en un marco de integración y en beneficio del mercado interno, es decir del conjunto de la sociedad -sin renunciar a hacer buenos negocios por supuesto-, a la vez que contemplando la posibilidad de utilizar ese proyecto como un incentivo para fuertes inversiones internas.
Pero no: así como hace más de un siglo la burguesía argentina renunció a un proyecto independiente y prefirió convertirse en agente o empleado del poder imperialista de turno, en la actualidad sólo piensa en la renta fácil -¡otra vez la renta!-, con la colocación de activos financieros en el exterior. Por eso se calcula que por cada uno de los 140 mil millones de dólares que componen la deuda externa argentina, otro dólar de argentinos se encuentra colocado fuera del país, muy especialmente en los circuitos de la banca off shore.
Este artículo no pretende dejar agotado el tema. Simplemente se propuso el planteo sintético de cuatro puntos que pueden ayudar a entender que el hambre en Argentina no es consecuencias de una incompresible irracionalidad que anida por estas costas, ni siquiera de una machacante injusticia distributiva, sino que emerge desde una profunda y perversa racionalidad.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Argentina: ¿Por qué la izquierda y el campo popular deberían concurrir a las elecciones?


Por Víctor Ego Ducrot

laotraaldea@hotmail.com

Una parte importante de la izquierda y del campo popular están al borde de cometer un grave error histórico. No se trata sólo de un error político sino de una equivocación más grave todavía: creer que la realidad es lo que pasa por la cabeza de uno y estar convencidos de que esa realidad se puede leer en forma antojadiza, incluso hasta la tergiversación.
No nos vayamos por la ramas ni nos perdamos en disquisiciones teóricas. La izquierda y el campo popular que propone distintas formas de boicot al turbio y manipulado proceso electoral argentino pretende convertir en táctica política lo que no es otra cosa que propia incapacidad o imposibilidad.
Consultados al reparo de la exposición pública, la inmensa mayoría de los dirigentes y militantes políticos y sociales del sector reconocen que de haberse podido construir un frente o un eje amplio, sin ninguna duda todos estarían hablando de presentarse a elecciones.
Ese frente o eje amplio, al que nosotros venimos denominando herramienta político- social de cambio y transformación, es exactamente lo que necesita Argentina y es exactamente lo que no se pudo construir.
Es esa herramienta la que hubiese permitido quizá no ganar las próximas elecciones pero si darle organización, discurso y energía militante a una conformación política amplia y abarcativa del hartazgo popular que hace casi un año puso en jaque al sistema perverso que conforman la corporación financiera y de capital concentrado y sus mandatarios de la corporación política, matemáticamente funcional a los intereses estratégicos de los Estados Unidos.

Pero no pudo ser

Por diversos motivos esa herramienta sigue siendo una cuenta pendiente. Es cierto que la propia conformación política y el pasado reciente -una sangrienta derrota del campo popular en manos de la más bárbara dictadura de la historia local- importaron serias dificultades objetivas.
Pero no es menos cierto que, sobre todo la dirigencia emergente, no acertó a la hora de la reflexión histórica (ver Argentina: Copérnico al poder, en La Otra Aldea 16), y desaprovechó el nuevo escenario que vino delineándose, especialmente durante la década del ´90 y en forma muy particular a partir de las jornadas del 19 y el 20 de diciembre del año pasado.
Allí están los movimientos sociales de desocupados y piqueteros, los sectores medios -pequeños empresarios, comerciantes y profesionales- que salieron a la calle en defensa de su patrimonio; las Asambleas vecinales; los estudiantes, el inmenso contigente juvenil cada vez más excluido de las fuentes de estudio y de trabajo; los pequeños y medianos propietarios rurales en ruinas, los campesinos pauperizados; los trabajadores que aún conservan sus puestos tratando de organizarse, y los trabajadores de los establecimientos recuperados.
No tiene sentido seguir con la enumeración de los protagonistas naturales de esa gran herramienta que aún no supimos construir. Sólo un dato más: vivimos en un país donde más del 50 por ciento de su población está sometido a la pobreza o directamente a la indigencia.
Al observar lo que pasa en la otra orilla, en el bloque de poder, podemos concluir que pocas veces la historia argentina ofreció circunstancias objetivas tan favorables para la articulación de una propuesta de cambio. Desde hace un año que el poder no hace otra cosa que tratar de recomponerse, pero no lo logra. Tal es el nivel de rechazo y repudio que despierta entre la mayor parte de la población.
Dentro de esa estratagema de recomposición es que se inscribe el proceso electoral amañado y cuasi fraudulento que el bloque de poder trata de fraguar, entre marchas, contramarchas y conspiraciones varias. Apenas si tiene tiempo para jugar a las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI), como si acaso un eventual acuerdo no significase mas de lo mismo (mejor dicho, justamente por eso).
Sin embargo, entre enero y mayo pasados aproximadamente, ese bloque de poder vivió asustado y protegido de las iras populares. Luego, y porque la izquierda y el campo popular no pudieron y no supieron saldar sus cuentas con la necesidad histórica, es que las corporaciones dominantes encontraron oxígeno y tiempo para maniobrar.

¿Qué pasó?

Hubo dirigentes políticos que no estuvieron a la altura de las circunstancias y no se animaron a asumir el espacio que habían logrado como posibles puntos convocantes con voluntad de poder transformador. Ante esa falencia se cobijaron detrás de discursos postmodernos acerca de supuestos "contrapoderes".
Hubo otros que no hicieron otra cosa que ser lo que son, funcionales al sistema de poder del cual ellos emergieron, pese a sus diatribas mediáticas. Terminaron reeditando aparatos con muchos de los conocidos de siempre, pertenecientes al "progresismo" que durante el gobierno defenestrado en diciembre pasado apoyaron el poder de lo más granado entre los operadores de la corporación financiera.
También los hubo de las organizaciones sindicales y sociales que no pudieron romper con la lógica del poder, más allá de sus proclamadas y muchas veces auténticas propuestas de cambio.
Y por supuesto estuvieron las organizaciones de la izquierda que tampoco pudieron romper con su tradición de "acumular para sí" en una absurda confrontación de aparatos, hecho que en algunos casos deja abierta la sospecha acerca de cuál es la última intención de sus dirigentes.
Dentro de una lógica simplista, esa izquierda se enamoró de la consigna "que se vayan todos" sin animarse a sondear en todo el país si ése es el sentimiento real de la inmensa mayoría o cuanto menos hasta qué punto es más fuerte que el clima de mínimas expectativas que se instala con todo proceso electoral.
Así fue como, hace aproximadamente tres meses, unos y otros, desde distintas perspectivas y ámbitos de unidad, convocaron a una serie de jornadas masivas para "que se vayan todos", jugada política que culminó en un estrepitoso fracaso. ¿Quién ganó en esa oportunidad? Debemos admitirlo, el bloque de poder.
Siguiendo con nuestro razonamiento, es probable -podría decirse seguro- que las urnas arrojarán un muestrario de abstenciones, votos en blanco e impugnados como nunca antes se vio en este país. Es cierto que la mayoría de esas manifestaciones serán formas de voto repudio a toda la corporación política. Pero lo que no es tan seguro -podría decirse que improbable- es que esos repudios signifiquen, mayoritariamente, un consenso a la izquierda y al campo popular abstencionista en cualquiera de sus variantes.
Existe la posibilidad incluso de que, debido a las propias contradicciones que imperan dentro del bloque de poder y a la escasa representatividad de sus candidatos, el proceso electoral termine por abortar, abriendo un escenario de imprevisibles consecuencias. Pero aún dentro de ese cuadro de posibilidades, la izquierda y el campo popular deberían tener una presencia y una voz clara, ofreciendo alternativas creíbles o vistas como posibles por el conjunto de la población.

Se necesitan políticas adultas

La imaginación, la creatividad y la capacidad de maniobra que han sabido ofrecer las nuevas organizaciones sociales -entre ellas el movimiento piquetero y las asambleas vecinales- no han tenido su correlato dentro de las estructuras políticas tradicionales de la izquierda y del campo popular, a pesar de que muchas de ellas desempeñan un rol activo dentro de esas mismas organizaciones.
¿Será acaso necesario que nuevas direcciones y nuevos liderazgos surjan de los propios movimientos sociales? Es probable.
Mientras tanto, debería tenerse en cuenta que el oportunismo tendiente a tener un diputado más o menos o de hacerse relativamente fuerte en un distrito más o menos va de la mano con el infantilismo de considerar que la capacidad de movilización y de enfrentamiento a la represión forman parte de una vereda distinta a la lucha electoral o al aprovechamiento de ese escenario para hacer llegar a la población un mensaje claro, alternativo y factible. Ambas falencias conforman las dos caras de una misma moneda, la del nuevo infantilismo de izquierda, que consiste en olvidarse que, en política, los espacios nunca quedan vacíos.
¿Cómo puede ser que las organizaciones de izquierda no vean con claridad que la tarea a cumplir, con toda la energía y la inteligencia posible, pasa por la constitución de una gran herramienta político social que se proponga, con los tiempos del caso, modificar la naturaleza íntima del poder actual?
En ese sentido ¿por qué no aprender de los movimientos piqueteros más combativos, los que no resignan espacios. Así como están en los cortes de caminos y puentes también se sientan con en el poder en sus distintos niveles a forzar y negociar los recursos que necesitan para llevar adelante emprendimientos solidarios entre desocupados y marginados?
Para el final dos reflexiones.
Primero, que las organizaciones de izquierda y del campo popular que tienen participación activa en los movimientos sociales no incurran en la barbaridad metodológica de pretender convertir a esos movimientos en herramientas político-electorales. Los movimientos sociales, desde su propio ámbito y con sus propias características, deben concurrir a la creación y dirección de la herramienta política transformadora, pero sin perder su propia identidad y sus propias funcionalidades.

Y segundo, llamemos a las cosas por su nombre. Pese a la voluntad y al deseo de quienes queremos acabar con este sistema de poder injusto, Argentina no está hoy en medio de una escenario que nos permita vislumbrar una insurrección popular o un proceso decididamente revolucionario, pero sí vive tiempos en los que el propio decurso de los acontecimientos reclaman una izquierda y un campo popular realista y lo más amplio posible, organizado y con voluntad de poder.