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La Izquierda debate

15 de septiembre de 2003

La izquierda en Europa y América Latina

Guillermo Rodríguez Rivera
La Jiribilla
En los últimos años el panorama de la región ha cambiado y hoy por hoy, tras más de una década de políticas neoliberales, la población de nuestros países solo parece seducida por opciones de claro enfrentamiento a estas.
Casi no hay quien se atreva a negar el curioso resurgir de la izquierda latinoamericana en los últimos años.
Cuando se inició el aparatoso derrumbe del socialismo europeo, le escuché al periodista, poeta y novelista catalán Manuel Vázquez Montalbán, en una entrevista radial, las razones que lo hacían perseverar en sus ideas comunistas. Lo explicó con la brutal simplicidad de las grandes verdades:
«Cada día hay más personas pobres en el mundo y menos personas ricas. Los ricos son más ricos cada día, y los pobres más pobres. Ese orden no puede durar».
Por esos mismos años, sin embargo, el panorama de América Latina y del mundo parecía anunciar un camino muy distinto para el universo y para nuestra región.
Acababa de ser vencido electoralmente el sandinismo en Nicaragua, después de la guerra que los Estados Unidos le impusieron con los «contras» basados en Honduras y sus armas apoyadas en turbios negocios con Irán Era una guerra que desangraba y empobrecía más al ya desangrado y empobrecido país.
Cuba volvía a su habitual soledad en el continente, apenas iluminada por chispazos que rápidamente habían sido sofocados, llamáranse Salvador Allende, Omar Torrijos o Maurice Bishop.
El panorama resultaba tan desolador para la izquierda que, en las cumbres iberoamericanas que se efectuaban en los primeros años de la última década del siglo XX, Felipe González y Carlos Andrés Pérez conminaban a Fidel Castro a que procurara una salida a la crisis que vivía la Revolución cubana tras la desaparición de la URSS y del llamado campo socialista. La salida era, claro, encontrar un camino capitalista para el país.
Cuba tenía el 85% de su comercio comprometido con los países socialistas, y el fin del sistema imperante en ellos, la dejó prácticamente huérfana de socios comerciales. Cuba necesitaba inversores, y claro que el Fondo Monetario Internacional no anda secundando proyectos comunistas. No es mi propósito referir aquí las predicciones que se hicieron en aquellos momentos. Los entonces presidentes de España y Venezuela querían convencer a Fidel de que la presencia de ambos en el poder de sus respectivos países representaba una garantía para el cambio en Cuba.
Eran amigos, decían, y siempre procurarían que la salida fuera airosa para la Isla, pero Fidel debía aprovechar ese momento en que eran amigos quienes le pedían el cambio.
Lo que observamos una década después, da una idea de los diversos y aun opuestos caminos que han seguido, en estos pocos años, Europa y América Latina.
Desde años atrás, el socialismo español había optado por su unión con Europa que iba a conducir al país a la OTAN y a una vinculación estratégica con las mayores potencias del capitalismo. La posibilidad de un estrechamiento de vínculos con sus antiguas colonias americanas, solo podía fructificar con la creación de una alianza desarrollista que implicaba riesgos para España que Felipe y sus socialistas no estaban dispuestos a correr, porque ello produciría un inevitable enfrentamiento con los intereses de Estados Unidos, que desde un siglo atrás habían ocupado el papel de metrópoli que España había tenido en Hispanoamérica.
El PSOE, al ascender al poder en 1982, parecía capaz de emprender una reactivación de la izquierda española que sería, al menos durante veinte años, la inderrotable alternativa en la vida política del país. Recuerdo que, al producirse el triunfo de los socialistas españoles, algún analista caracterizó el papel de Felipe González respecto de Estados Unidos y su hegemonía en Europa, como el de un corrosivo análogo al que representaba Lech Walesa respecto de la URSS.
Pero la primera acción del gobierno de Felipe fue desconocer el programa anti-OTAN que había sido el principal estandarte de su campaña electoral: esto es que, en ese sentido, el PSOE aspiró al poder con un programa pero, desde el primer momento, gobernó con otro.
El derrumbe del socialismo en Europa del este debilitó pavorosamente a los partidos comunistas que se quedaron como representantes de una causa perdida, desacreditada; que tuvieron que cambiar de nombre cuando no desaparecer. Sin alternativa del lado de la izquierda, solo le quedaba al socialismo español, la disputa con la derecha.
Los socialistas en el poder se propusieron desbancar a la derecha española robándole el programa, y demostrándole a los sectores más conservadores del mundo, que ellos eran totalmente confiables. Eso tiene el nombre de oportunismo pero, además, los socialistas españoles se desgastaron porque la absoluta confianza en la perdurabilidad de su poder los condujo a abusar de él (Lord Acton, ¿no?) con la corrupción que se entronizó en el gobierno y con violaciones de la legalidad y los derechos humanos como fue el sombrío asunto de los GAL.
El voto de castigo que la mayoría de los españoles les inflingió en 1996, llevando al poder al Partido Popular, ha convertido a España en una aliada total de la política guerrerista de la actual administración norteamericana.
La izquierda comunista europea ha sido casi totalmente desarbolada, y la izquierda reformista que podría representar la social democracia, por regla general se ha pasado con armas y bagaje al puro ámbito de los intereses burgueses.
La social democracia tiene sus orígenes en el pensamiento marxista y asumió una postura reformista desde los tiempos de Kautsky y la Segunda Internacional, pero sin desconocer sus vínculos genéticos con el marxismo. Ese era el socialismo del partido de Pablo Iglesias, que luchó en alianza con los comunistas durante la Guerra Civil.
Pero en uno de sus recientes congresos, el PSOE formalizó su renuncia a una apoyatura en el marxismo que había descartado prácticamente desde mucho antes.
La social democracia europea conserva seriedad en Alemania y en los países nórdicos. En casi todo el resto del continente, su camino se ha vuelto claramente burgués y puede ser perfectamente ilustrado por el del laborismo inglés liderado por Anthony Blair.
La situación de América Latina respecto de su gigantesca deuda externa y a los males estructurales que ha arrastrado desde sus orígenes, le han ido creando una perspectiva diferente de sus propias necesidades.
En los últimos años el panorama de la región ha cambiado y hoy por hoy, tras más de una década de políticas neoliberales, la población de nuestros países solo parece seducida por opciones de claro enfrentamiento a estas. Acaso la derecha norteamericana esté convencida de que ella derrotó al socialismo a escala planetaria, pero los dirigentes comunistas, desde los tiempos de Stalin, hicieron mucho más que ella para conseguir ese revés. Al neoliberalismo le está ocurriendo lo mismo, y mucho más rápidamente, en lo que en Cuba cabría llamar una suerte de «estrategia de Chacumbele» quien, como conoce cualquier persona nacida en la Perla de las Antillas, «él mismito se mató».
La ruina económica de países colocados históricamente entre los más desarrollados de América Latina, como Argentina; las privatizaciones de industrias exitosas que solo han perseguido el enriquecimiento de los gobernantes privatizadores, como es el caso de Carlos Menem, y que finalmente ha conducido al gobierno de Néstor Kirchner a decretar unilateralmente una moratoria de los pagos al FMI, están ilustrando situaciones que nunca antes se habían presentado en nuestros países.
Acaso una de las situaciones más candentes esté manifestándose por estos años en Venezuela.
Desde la caída de la tiranía de Marcos Pérez Jiménez, en 1958, dos partidos se habían alternado invariablemente en el poder, adecos y copeianos, quienes decían representar respectivamente la social democracia y la democracia cristiana.
Los políticos de ambas tendencias que han ocupado la presidencia, con Carlos Andrés Pérez a la cabeza y en dos ocasiones (hoy vive exiliado en la República Dominicana) han acumulado fortunas multimillonarias.
El alzamiento comandado por el capitán de paracaidistas Hugo Chávez, desataría acontecimientos que cerraron una época en el país y abrieron otra. Amnistiado tras su rebelión contra el gobierno de Acción Democrática, Chávez aunó en torno suyo una fuerza política que hizo evidente a adecos y copeianos que los tiempos habían cambiado.
Los dos partidos siempre rivales, optaron por una inesperada (y desesperada) solución frente al emergente chavismo, y se aliaron para una batalla electoral en la que fueron vapuleados: nunca un presidente venezolano había sido electo por tal mayoría de sufragios como la que consiguió el poco antes desconocido Hugo Chávez. Además de elegir a un presidente que no solo no tenía vínculos con el pasado político del país, sino que lo combatió con las armas, el pueblo venezolano emitió un clarísimo voto de castigo a los corrompidos gobiernos de los dos partidos que se habían enriquecido en 40 años de poder. Solo que, a diferencia de lo que ocurrió en España, el voto de castigo no se inclinó a la derecha sino a la izquierda.
Chávez está llevando adelante un proceso masivamente apoyado por los pobres venezolanos, que no deberían serlo en uno de los países más ricos de América.
Esos pobres han entendido que el programa de Chávez y sus obras hasta el día de hoy (reparto de tierras, alfabetización, programas de salud para los venezolanos pobres, construcción de viviendas) representan la única alternativa de progreso que han tenido en un siglo. La desplazada oligarquía venezolana está ante un fenómeno social revolucionario, porque los de abajo han cuestionado el poder de las clases hasta ahora dominantes y lo han hecho con éxito. Los desacreditados partidos políticos de oposición han dejado el protagonismo a las grandes empresas privadas de comunicación masiva: Venevisión, Radio Caracas Televisión, el periódico El Universal, que son las fuerzas que llevan adelante la campaña desestabilizadora contra el gobierno, a la vez que proclaman, con total libertad, que el presidente Chávez conculca la libertad de expresión.
El panorama latinoamericano ha visto, recientemente, los triunfos de Luis Ignacio Lula da Silva, en Brasil, quien aparece con un proyecto alternativo al ALCA, promovido por los Estados Unidos; a Nicanor Frutos Duarte que ha triunfado en Paraguay con el tradicional Partido Colorado, pero con un programa incuestionablemente antineoliberal. El Presidente del Ecuador, quien ya en el poder ha desconocido el pacto con los movimientos indígenas que lo llevaron a él, parece hallarse ante una crisis que difícilmente logre conjurar.
Uno de los más puros neoliberales que le queda a Suramérica, Alejandro Toledo, presidente del arruinado Perú, modifica sus proyectos aproximándose discretamente a Brasil y Argentina, acaso para detener el galopante derrumbe de su popularidad.
Vicente Fox y el PAN parecen condenados en las próximas elecciones mexicanas.
En el país ha emergido con nueva fuerza el PRD, con la conducción de López Obrador en el Distrito Federal. El PRD o el propio PRI parecen ser las alternativas al neoliberal gobierno panista, que ha producido un claro incremento del desempleo en el país.
Los próximos meses acaso vean el arribo al poder de tres nuevos gobiernos que lleguen a sumarse a la democrática ola izquierdista en América Latina: el de Martín Torrijos, el hijo del general Omar, quien aspira a la presidencia de Panamá enfrentando al partido de la actual gobernante, Mireya Moscoso; el de Tabaré Vázquez, candidato del Frente Amplio a la presidencia del Uruguay, y el de Shafick Handal, del Frente Farabundo Martí que, en El Salvador, debe desplazar del poder al oficialista ARENA. Eso, al menos, es lo que proclaman todas las encuestas.
¿Qué fuerza le opondrían los Estados Unidos a esos movimientos populares que se van volviendo incontrolables en América Latina y que están demostrando que pueden llegar al poder incluso en el marco de elecciones burguesas?
La derecha lo tiene difícil, porque la ceguera de la política neoliberal de los últimos años ha dejado a la izquierda como única alternativa.
Esa fue justamente la respuesta que dio Néstor Kirchner cuando un funcionario norteamericano intentó reprocharle las buenas relaciones de su gobierno con los de Hugo Chávez y Fidel Castro: el total fracaso del neoliberalismo y el clarísimo empobrecimiento del país han fortalecido, entre las masas populares argentinas las ideas de izquierda.
Si no hay partidos políticos capaces de asumir exitosamente la batalla contra la izquierda y ni siquiera se puede contar con la otrora dócil OEA (ahora están en ella las mucho menos manejables islas de las repúblicas anglófonas y francófonas del Caribe), ¿volverán los milicos? ¿Tendremos nuevos Pinochet, nuevos Videla, nuevos Castelo Branco en el continente?
Los Estados Unidos los promovieron y los sostuvieron en el pasado reciente pero, con todo el repudio que le hacen hoy a la Revolución cubana, en el que la ha secundado la Unión Europea en los últimos tiempos, ¿admitirían las grandes naciones del capitalismo desarrollado, regímenes militares que derrocaran a gobiernos electos en consultas pluralistas? Pese a todo, yo estoy dispuesto a apostar que sí lo aceptarán.
No sería la desembozada aceptación que tuvo el coronel Carlos Castillo Armas cuando en 1954 derrocó en Guatemala al democráticamente electo gobierno de Jacobo Arbenz, liderando una expedición organizada por la CIA; no sería acaso el apoyo inmediato que en 1973 le dieron los Estados Unidos al general Pinochet, quien fue el fruto del apareamiento de Henry Kissinger y de la ITT y que derrocó y mató al presidente constitucionalmente electo de Chile, Salvador Allende, y, pero ¿acaso no recordamos la cautelosa estrategia de laisser faire, laisser passer?
Esperarían a que se consolidara el régimen contrarrevolucionario surgido del golpe y a que este liquidara los signos izquierdistas que hubiera dejado el gobierno derrocado. Solo entonces exigirían una controlada consulta democrática que estableciera un nuevo poder donde todo esté en su lugar.
En abril de 2002, tanto José María Aznar como la administración Bush se apresuraron a aceptar al golpista venezolano Carmona como un «régimen de transición» que llevaría al país a la democracia. Los demás gobiernos de la Europa democrática no se pronunciaron. ¿Es que no era democrático un presidente electo por la más abrumadora mayoría de votos que recuerde la historia de Venezuela?
¿Es necesario un régimen de transición para ir desde la democracia a la democracia? ¿Hay democracias buenas y democracias malas?
Olvídese el lector de la democracia, si es que quiere entender algo. No es la democracia lo que cuenta ni lo que ha contado nunca. Los Estados Unidos promovieron y sostuvieron las más crueles y antilibertarias tiranías latinoamericanas, siempre que fueran capaces de defender sus múltiples intereses económicos en la región. Y lo harán otra vez si fuera necesario.
Aunque algunos pretendan que pertenece al reino de lo desfasado, de lo «demodé», de «lo que no se lleva», yo insto a los interesados a releer (o leer) El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, que escribió hace alrededor de siglo y medio un antiguo pensador alemán llamado Karl Marx. Allí se dice, justamente, que la burguesía solo respeta sus propias instituciones democráticas mientras triunfa con ellas. Si no, lo que ha hecho siempre es volarlas en pedazos.
Seguramente, si se produce un golpe militar, aparecerá el politólogo que nos demuestre cómo puede no haber democracia en un gobierno escogido en elecciones pluralistas.
Si el golpe de Estado no se produce, no será porque la comunidad internacional (entiéndase la administración Bush y los principales gobiernos europeos) se apresten a enfrentarlo por antidemocrático, sino porque los mismos militares teman lo que puede esperarles, si se echan nuevamente a las calles a torturar, desaparecer y asesinar a sus conciudadanos para defender los privilegios norteamericanos y de sus oligarquías, como ocurrió en las décadas del 70 y del 80.
Hace alrededor de tres años, el anciano general Pinochet pasó casi uno en una cárcel de Londres, temiendo ser enjuiciado como criminal de guerra; la presidencia y el congreso argentinos acaban de derogar las leyes de Obediencia Debida y Punto Final que perdonaban a los criminales de la horrenda tiranía fascista argentina. Han decretado que los crímenes de guerra no prescriben. Los militares deberán pensárselo mejor.
En abril de 2002, los militares venezolanos se lo pensaron, y el golpe de Carmona el Breve apenas tuvo el apoyo de unos pocos oficiales.
En Chile, país donde se cometieron crímenes horribles, el democrático gobierno de Ricardo Lagos, ha propuesto resolver el tema al modo más ortodoxamente neoliberal: pagar, simplemente pagar por los asesinados, torturados y desaparecidos, pesos por sangre y por dolor, para ver si al cabo no se habla más del asunto y los asesinos chilenos quedan en la impunidad listos, ellos u otros, para hacerlo nuevamente si es que hiciera falta. Porque, si ya hubo perdón, ¿por qué no ha de haberlo otra vez?
Sus específicos problemas, sus específicos modos de vivir, van separando cada vez más las preocupaciones europeas y latinoamericanas. Europa ha encontrado un bienestar que la ha amansado y la ha hecho ocupar, dócilmente, el lugar que le asigna el orden internacional del que participa y del que se beneficia, pero nada parece estar más lejos del panorama latinoamericano que el bienestar y que la mansedumbre. Los años que vienen lo dirán.

Notas:

1. Leo en un artículo de Ignacio Ramonet, que el ex general John Poindexter, condenado en los años ochenta por su papel de director en el ilegal asunto de Irán-contras, está hoy al frente del programa Terrorism Information Awarness, con el objetivo de confeccionar para la CIA, caracterizaciones de todos los habitantes del planeta, en un proyecto que convierte en un niño de teta al Big Brother que George Orwell ideó en 1984.