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Opiniones


Los progresistas, la involución política y la democracia

Marcos Roitman Rosenmann
LA JORNADA

Para quienes se definen progresistas, la posibilidad de un proceso degenerativo de la democracia y de sus instituciones no es comprensible. Por el contrario, aceptan hablar de corrupción, abuso de poder, tráfico de influencias o cualquier otro comportamiento delictivo con tal de no cuestionar los considerados grandes avances democráticos en el orden internacional. La explicación es sencilla: según sus argumentos, vivimos un tiempo caracterizado por niveles cada vez más amplios de tolerancia, desde los cuales se construye un mundo más igualitario y justo. Sus ejemplos para avalar dicha afirmación los encuentran en la constitución de tribunales para juzgar crímenes de lesa humanidad, en la firma de tratados sobre limitación y proliferación de armas nucleares, de defensa de la biosfera y del medio ambiente, de la lucha contra el hambre, la discriminación, la violencia sexual, la explotación infantil o el reconocimiento de derechos a los emigrantes del tercer mundo al primero.
Esta voluntad de firmar acuerdos o protocolos ratifica la existencia de una mayoría de países comprometidos con los valores democráticos, cuyo objetivo no sería otro sino abrir nuevos espacios para establecer un orden en permanente progreso, tolerancia y democracia. Confundir los deseos con la realidad, negando la evidencia en beneficio de un discurso huero, hace que estos planteamientos sean, cuando poco, insultantes a los ojos de una población mundial que mira atónita a diario el atropello de los derechos más elementales, dizque reconocidos en tratados y acuerdos de validez universal.
No se trata de negar el alcance jurídico que tiene la creación del tribunal internacional penal, lo que pretendo es poner de manifiesto la incapacidad del mismo para juzgar a posibles imputados, debido a cláusulas restrictivas que los eximirían de personarse en dicho tribunal. Las grandes potencias se han dotado de una capa protectora y sólo se sienten comprometidas con su funcionamiento cuando afecta al tercer mundo o a ex dirigentes políticos del extinto bloque comunista. Exonerados de cumplir la legislación, tienen patente de corso para hacer y deshacer. Cada vez es más frecuente constatar el menosprecio de Estados Unidos a cumplir la legislación internacional en materia de derechos humanos y el doble rasero para juzgar el comportamiento de países aliados, que, como Israel, bombardea población civil palestina, comete genocidio o practica el terrorismo y la tortura. Asimismo, gobiernos que en la esfera de influencia de Washington acatan sus directrices en materia de política internacional se sienten inmunes y soberbios al saberse libres de ser llevados al banquillo de los acusados; Aznar, por ejemplo. Mas aun, no dudan en utilizar todo tipo de subterfugios a la hora de construir su mundo de hipocresía y falsedad. Pero los progresistas, a pesar de las evidencias, no se cansan de señalarnos que vivimos en el mejor de los mundos posibles, donde la democracia es por excelencia la forma política que prevalece en la era de la globalización.
Si ello hace al contexto internacional, en el plano interno de los estados podemos constatar la aplicación de políticas y leyes discriminatorias que encubren falsas igualdades bajo la palabra mágica: tolerancia. Así, se admite que otros puedan existir en su diferencia, sea ésta de género, cultural, étnica o social. Nada más lejos de un comportamiento democrático que declararse tolerante. La democracia es de por sí una práctica intransigente en cuanto a sus principios y sus valores éticos. Militar en la tolerancia puede encubrir conductas altamente totalitarias. Veamos ejemplos de lo apuntado.
Yo tolero, por decir del caso, la existencia del diferente siempre y cuando no vea afectada mi propia razón cultural dominante. Tolero al nacionalismo vasco si se somete a mis condiciones. Tolero las demandas de autonomía de los pueblos indígenas si aceptan mi posición dominante. Tolero a los homosexuales si se les controla. Tolero la igualdad de género siempre y cuando no afecte el orden de explotación de los sexos. Tolero la diferencia étnica si no es peligro para la unidad del país. En fin, tolero lo finito y lo infinito mientras ello no suponga una ruptura en las formas de socialización. Puedo incluso tolerar una educación en la que los estudiantes tengan la libertad de expresar sus discrepancias en clases y verter opiniones, por supuesto, sin que ello altere la relación de subordinación con el profesor. En otras palabras, los criterios para aprobar son exclusiva competencia del profesor. ĦAh, pero soy demócrata, porque soy tolerante! Mucho cuidado con los tolerantes: tras ellos se encubre una práctica grosera de autoritarismo y desprecio a la diferencia.
Vivimos un proceso de involución política. La pérdida continua de derechos sociales adquiridos en años de luchas sindicales y políticas son hoy un recuerdo para la mayoría de los jóvenes trabajadores sometidos a contratos temporales en los que las condiciones de trabajo se asemejan más a una esclavitud asumida que a las propias de un régimen democrático. Estamos siendo testigos y vemos cómo se nos reduce continuamente la capacidad de control social sobre los gobernantes. También comprobamos la escasa preparación, cuando se nos invita a votar, de los candidatos a representarnos en las instituciones públicas, parlamento o gobiernos estatales o federales. En ocasiones, y no pocas, la opción se reduce a elegir entre personajes de la farándula, gerentes de empresas o individuos de baja moralidad. No debe sorprender, por ello, el bajo nivel de participación de la ciudadanía que se siente defraudada y engañada. Cuando un presidente, caso de Colombia, decide hablar a los miembros de un programa de voyerismo social, como lo es El Gran Hermano, para concitar su apoyo y atención hacia su programa político, constatamos la miseria humana, no la existencia de un orden democrático.
La democracia como proyecto político no confluye con el progresismo político, propio de la ideología liberal y no de la izquierda. Las luchas democráticas están inscritas en la mejor tradición de los movimientos populares, las clases subordinadas y explotadas. En América Latina se identifican con los caracoles, el proyecto hambre cero, la defensa de las riquezas naturales y las demandas de un poder político apegado al derecho internacional y defensor de la soberanía nacional. En este sentido, el proceso de involución política puede coexistir con una idea progresista y tolerante con la explotación humana, la democracia no. Esta se afinca en los valores éticos, la dignidad humana y los principios del bien común, y es parte de un orden fundado en la justicia social, la igualdad, la libertad política.