A nuestro querido pueblo mexicano
por Victoria Azurduy
Mañana, 2 de octubre, queremos que sepan que estaremos en la marcha
con ustedes, reclamando justicia por la masacre de aquella juventud que el 2
de octubre de 1968, se puso de pie para exigir otro mundo, digno y posible.
Un mundo para estudiar, amar, trabajar, vivir y seguir soñando, con plenos
derechos y deberes. Un mundo donde impere el ethos, eso es la ética del
deseo, donde la vida y la sonrisa de una criatura tiene esté valorada
cien mil millones de veces más que los diagnósticos de los economistas,
que las promesas de los políticos, que el arribo de los capitales extranjeros,
que el riesgo país, que las vicisitudes en las alianzas de los países
desarrollados, los errores fácticos y la entronización de la tecnología.
Han pasado treinta y cuatro años de la matanza de Tlatelolco, pero la
herida que ésta pesa sobre quienes se consideran seres humanos no ha
cicatrizado. Ni cicatrizará hasta que los culpables fácticos y
morales no reciban el castigo pertinente, que va mucho más allá
de la cárcel y el repudio de los directamente responsables. Los culpables
de la matanza de esos jóvenes que sin necesidades materiales reclamaban
por un mundo diferente, son los que defendieron y siguen defendiendo la hegemonía
del "sentido común", el sacrificio de miles y miles de hombres
y mujeres condenados día por día a la desocupación, al
hambre y a la mendicidad en pos de una política de ajuste y eficiencia.
Los culpables de la matanza de Tlatelolco son los que defienden la "democracia"
eternamente perpetrada entre actores con el mismo libreto, la educación
por la competencia, la comunicación de los que obtienen más "rating",
la justicia de los que posee más pruebas, la resignación frente
a la milenaria historia de la pobreza y también de aquellos que depositan
su confianza en una porvenir mágicamente justo y equitativo.
Mañana, 2 de octubre, quienes fuimos acogidos por ese pueblo mexicano,
generoso, amplio y luchador, cuando éramos perseguidos por las abiertas
dictaduras del resto del continente, estaremos en esa marcha por la dignidad,
clamando justicia por aquellos estudiantes torturados, masacrados, desaparecidos,
que hace treinta y cuatro años dieron su vida por un sueño y por
una realidad que sigue siendo tan o más trágica que por aquel
entonces. Diciendo a viva voz, ustedes nos enseñaron que otro mundo es
posible.
Estaremos marchando con la absoluta convicción de que ellos no se equivocaron.