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No
a la invasión Yanki en Irak
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Irak: superproducción de mentiras en serie
Víctor S. Pozas
En estas elecciones el pueblo iraquí ha tomado el control del destino de su
país y ha escogido un futuro de libertad y paz». (George W. Bush).
Apenas cerrados los centros de votación, el gobierno impuesto por EEUU en Irak
anunciaba una participación del 72%, que horas más tarde rebajaba al 58%. Y todo
en base a impresiones, una ojeada a las filas de votantes en el sur del país y
en el Kurdistán, y a sus propias predicciones. Muy científico. Muy fiable.
Tanto, como que la guerra se hacía para destruir las armas de destrucción masiva
de Sadam.
En Occidente, sin embargo, la mayoría de medios han repetido esas cifras sin
cuestionar su credibilidad. En Estados Unidos medios prestigiosos "The New York
Times", "The Washington Post" y "Los Angeles Times" sostienen que las
elecciones han sido una respuesta a quienes dudan de que la presencia
norteamericana en Irak es una causa justa; según estos medios, el mundo habría
contemplado cómo los soldados estadounidenses han hecho posible que un pueblo
oprimido escogiera su destino.
Para un exultante George W. Bush, las elecciones han justificado de forma
definitiva la guerra, han convalidado su pretendida apuesta por difundir la
democracia en Oriente Medio y han demostrado que los iraquíes controlan ya el
destino de su nación. Titulares impecables para la campaña de propaganda con que
el gobierno norteamericano pretende vender al mundo las elecciones en Irak. ¿Qué
importa si no coinciden con los hechos, y sólo han votado el 40-45% de los
inscritos, como asegura la revista electrónica Debka, próxima a los servicios
secretos israelíes? ¿Qué importa si el 20% de la población los árabes suníes
se han abstenido de forma masiva, y consideran ilegítimos los resultados? ¿Qué
importa si las elecciones se han celebrado en una atmósfera estado de sitio,
«protegidas» por un ejército de ocupación de 170.000 soldados? ¿Qué importa, si
ningún organismo independiente ha controlado la limpieza de la elecciones?
Lo que importa es quién manda, quién cuenta esa realidad, cómo la cuenta, que no
haya una oposición que cuestione ese relato y que al final la opinión pública
al menos la de Estados Unidos termine aceptándolo.
Los gobiernos norteamericanos tienen una larga experiencia en el uso de este
tipo de estrategias. Desde el Maine y la guerra de Cuba, hasta el Comité de
Información Pública que publicitó la participación de EEUU en la Primera Guerra
Mundial con el slogan de hacer del mundo un lugar seguro para la democracia, y
presentó a los alemanes como «los hunos salvajes» que ensartaban con sus
bayonetas a los bebés belgas. En la Segunda Guerra Mundial vendieron bien su
imagen de liberadores de Europa frente al nazismo y al fascismo, pese a que esa
libertad no llegó a quienes vivían al sur de los Pirineos bajo las dictaduras de
Franco y Salazar.
En Vietnam, su imagen resultó maltrecha fuera y dentro de su propio país.
Culparon a los medios de comunicación de su derrota, concluyeron que no se puede
hacer ninguna guerra sin contar con el apoyo de la opinión pública propia y
mejoraron sus tácticas de persuasión, como se demostró con la censura en la
invasión de Panamá en 1989 y con la manipulación en la primera Guerra del Golfo.
El falso relato de la hija del embajador kuwaití denunciando el asesinato de
cientos de recién nacidos sacados de sus incubadoras por las tropas iraquíes fue
determinante para que el Congreso por muy pocos votos diera luz verde al envío
de tropas norteamericanas.
Los atentados del 11 de setiembre dieron a la administración Bush la oportunidad
de desplegar una extraordinaria maquinaria de propaganda, como no se conocía
desde la Segunda Guerra Mundial. Con el pretexto de la guerra contra el
terrorismo, su principal objetivo fue dejar claro quién manda hoy en el mundo,
quién decide lo que es legal y lo que no, quién se sitúa fuera de la ley, quien
es terrorista y quién no, quién controla el petróleoŠ Así reza su "Estrategia de
Seguridad Nacional", escrita por la actual secretaria de Estado, Condoleeza Rice
y publicada en setiembre de 2002.
Al gobierno norteamericano le fue muy fácil convencer a su opinión pública
«humillada y atemorizada» de la bondad y justicia de la invasión de
Afganistán, pese a que ninguno de los terroristas del 11 de setiembre fuera de
nacionalidad afgana. Sin embargo, en el resto del mundo fue imponiéndose una
imagen de EEUU matón y prepotente. No sólo en los países musulmanes, sino
también entre algunos viejos aliados.
En la segunda guerra de Irak esta imagen se hizo más nítida. La ocupación
ilegal, las torturas, la destrucción de ciudades como Faluya, han desenmascarado
los bellos discursos del gobierno norteamericano sobre la democracia y la
libertad, y han elevado los niveles de antiamericanismo a unas cotas antes
desconocidas.
En ese contexto, las elecciones de Irak están siendo utilizadas, inicialmente
con éxito, por el gobierno estadounidense para amortiguar su imagen de
prepotencia y unilateralismo imperial. Con la valiente excepción de medios
alternativos y minoritarios (antiwar.com, zmag.org, media- channel.org,
democracynow.org, prwatch.org, commondreams.org, New Yorker, entre otros), los
gran- des medios de comunicación norteamericanos, al igual que hicieron con la
invasión, secundan la estrategia de la Casa Blanca y hablan de la generosidad de
Estados Unidos al promover las elecciones y la democracia en Irak.
Antes repitieron las mentiras del gobierno sobre las armas de destrucción
masiva, las vinculaciones de Irak con el terrorismo de Al Qaeda, incluso sobre
la responsabilidad de Sadam en los atentados del 11 de setiembre. Transmitieron
las imágenes de guerra que el Pentágono permitía a sus perio- distas
«encamados», y se plegaron a la censura sobre las imágenes de los soldados
norteamericanos muertos para no desalentar a la opinión pública.
Ahora olvidan que las elecciones se hicieron sobre los cadáveres de 100.000
civiles (revista británica Lancet), la destrucción del 75% de las casas de
Faluya hace dos meses y medio, las más de 200.000 personas huidas de esa ciudad
y los 2.000 muertos en su asalto, sobre los 700.000 refugiados en Siria, de los
que ni siquiera la ONU habla, y en medio de los bombardeos cotidianos en barrios
residenciales de las ciudades con el pretexto de combatir a los terroristas de
Al Qaeda.
Antes y ahora imponen el lenguaje orwelliano de la administración Bush: al
gobierno de Allawi impuesto por las tropas de ocupación lo llaman «interino», a
los miles de mercenarios extranjeros que colaboran con los ocupantes los
denominan «contratistas», a todos los insurgentes los consideran «terroristas»;
repiten las afirmaciones oficiales de que las tropas se retirarán si el nuevo
gobierno lo pide, mientras los ocupantes ya han construido 14 bases militares
para permanecer en el país. Identifican con democracia y libertad unas
elecciones sin ningún control, que el propio Estados Unidos consideraría una
farsa en cualquier otro país.
No es extraño, pues, que el inicial vencedor de las elecciones iraquíes haya
sido el presidente norteamericano, cuya popularidad ha repuntado hasta cerca del
60% gracias a la información actual sobre las elecciones en Irak. Extraña un
poco más, sin embargo, que los gobiernos europeos y la propia UE, de forma
unánime, hayan tragado la propaganda norteamericana y consideren un éxito el
resultado de las elecciones.
¿Un éxito que se haya votado por motivaciones religiosas y étnicas?, ¿que se
haya acentuado la división entre chiíes, árabes suníes y kurdos?, ¿que se haya
acrecentado la posibilidad de un enfrentamiento más abierto y sangriento entre
las distintas comunidades?, ¿que en el nuevo gobierno que va a redactar la
Constitución no haya representación formal del 20 % de la población iraquí? ¿Un
éxito, que el futuro gobierno de mayoría chií hable ya de imponer una
Constitución basada en leyes religiosas, que no toleran la separación
religión-estado y discriminan abiertamente a las mujeres?
Es poco inteligente y peligroso creerse las propias mentiras. Las estrategias de
propaganda pueden disfrazar, manipular e incluso ocultar la realidad por un
tiempo, pero difícilmente pueden hacerla desaparecer. Sobre todo, si los hechos
son tan tozudos como para seguir existiendo, si existe una opinión pública con
capacidad para informarse, y si hay medios para contarlo. No se puede asentar la
libertad y la democracia sobre cadáveres y falsedades. Y menos, cuando el engaño
es tan doloroso y recurrente.
Víctor S. Pozas es Profesor de la UPV-EHU
Fuente: Free Arab Voice