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Sadam Hussein: juicio político, no jurídico
Augusto Zamora R.
El Mundo
El inicio del juicio contra el ex dictador y ex presidente de Iraq, Sadam Husein,
está siendo calificado de histórico por quienes creen que debe ponerse fin a la
impunidad y que dictadores como el iraquí tienen que comparecer ante los
tribunales. Nada que objetar a ese planteamiento, pues no cabe excusar bajo
ningún criterio la violación de derechos humanos o el atropello de pueblos o
minorías. No es menos cierto que la aplicación de la justicia exige el respeto
pleno y cabal de las leyes y procedimientos nacionales e internacionales, cuyo
acatamiento es esencial para una correcta aplicación de la misma.
El juicio que enfrenta el ex dictador está afectado, desde una perspectiva
jurídica internacional, de graves vicios que privan de legitimidad al tribunal
designado para enjuiciarlo. El mayor, aunque no único impedimento, es la forma
en que Sadam Hussein fue derrocado y capturado. Tal se logró perpetrando el
mayor de los crímenes contra la paz y la seguridad de la humanidad como es una
guerra de agresión, que viola las normas más sagradas del orden jurídico
mundial. Para entender mejor la trascendencia judicial de este crimen debe
recordarse que el Estatuto del Tribunal Penal Internacional (TPI) reafirma, en
su Preámbulo, la obligación de los Estados de abstenerse de recurrir a la
amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la
independencia política de cualquier otro. El artículo 5 del Estatuto incluye,
además, el crimen de agresión dentro de la competencia del TPI. No se admite,
pues, que la captura de personas acusadas de crímenes perseguibles
internacionalmente se haga perpetrando crímenes mayores. Admitir tal posibilidad
sería aceptar que, para capturar a un criminal, pueda un gobierno masacrar a
pueblos enteros. Tal aberración abriría la puerta a la comisión de crímenes aún
más horrendos que es, ni más ni menos, lo que viene ocurriendo en Iraq desde el
inicio de la agresión y la ocupación.
Otra cuestión es la referida a la legitimidad de las autoridades que nombraron
al tribunal y, en consecuencia, a la legitimidad e idoneidad de dicho tribunal.
El artículo 14 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos dispone
que "toda persona tendrá derecho a ser oída públicamente y con las debidas
garantías por un tribunal competente, independiente e imparcial". Iraq es un
país ocupado por 200.000 soldados y mercenarios extranjeros y la permanencia del
gobierno actual depende de las fuerzas de ocupación. Iraq, hoy, carece de
instituciones independientes, de Constitución y de un ordenamiento legal que sea
reconocido como tal. No hay, por tanto, un sistema jurídico fiable que pueda dar
garantías de juicio imparcial. El tribunal es casi secreto y, salvo para EEUU y
sus aliados, nadie puede creer que sea independiente. Es un remedo de tribunal o
un tribunal político, creado para legalizar la venganza de los enemigos internos
y externos del régimen baasista.
Un tercer aspecto se refiere a los crímenes por los que será juzgado el ex
dictador y ex presidente de Iraq. Las represiones internas, sobre todo en caso
de sublevaciones o de movimientos separatistas, tienen una interminable lista,
contándose por decenas los países, regímenes y tiranos que han ensangrentado sus
países. En Guatemala, por cuarenta años, los indígenas sufrieron una represión
brutal que dejó 200.000 muertos. Leyes de amnistía cerraron el capítulo sin
juicio contra nadie. Otro tanto ocurrió en Argentina, Uruguay o Chile. En la
última década, África ha sido escenario de las guerras más sanguinarias de las
últimas décadas, con millones de víctimas. Nadie ha sido perseguido ni
enjuiciado. Con excepción del genocidio en Ruanda y de la ex Yugoslavia, para lo
que se crearon tribunales internacionales ad hoc, el resto de los
crímenes no cuenta, preocupa ni perturba a nadie. Esta dolorosa realidad lleva a
considerar el juicio contra Sadam como una revancha. Se trata de una aplicación
selectiva de la justicia, donde lo que realmente se juzga no son los crímenes en
sí –que los hubo y deben ser juzgados- sino el desafío de Sadam a EEUU.
Interesante será ver la lista de cargos contra Sadam. Habrá un alarde de cinismo
si se le acusa, por ejemplo, del empleo de gases tóxicos o similares, prohibidos
por el Derecho Internacional Humanitario desde 1925. EEUU lanzó sobre Vietnam
80.000 toneladas de químicos, entre ellos el agente naranja, que además
de provocar centenares de miles de víctimas en la población civil, es causante
de miles de muertes y de deformaciones que aún hoy siguen afectando a la
población vietnamita. Nadie plantea perseguir y enjuiciar a los gobernantes
estadounidenses responsables de la barbarie. Por demás, las armas usadas en Iraq
fueron entregadas por Occidente a sabiendas del uso que tendrían, lo que
plantearía una cuestión de corresponsabilidad o de complicidad en la comisión de
crímenes de guerra. Los adversarios de Sadam le acusan también de la muerte de
15.000 personas. Desde el inicio de la guerra de agresión han muerto en Iraq más
de 100.000 seres humanos y decenas de ciudades y pueblos han sido bombardeados o
destruidos. ¿Quién juzgará esos crímenes?
Sadam, como en los 90 el ex presidente panameño Manuel Antonio Noriega, ha sido
llevado ante un tribunal espurio para satisfacer una política imperial, no para
mejorar el Derecho y la Justicia. Si de perseguir criminales se tratara, no es
Sadam el peor de todos. Hay otros, poderosos y blancos, que matan en nombre de
Dios y los gobiernos occidentales callan o dicen amén. No hay en Bagdad un acto
de justicia, sino su negación. El gobierno de EEUU, impulsor del juicio, daría
mejor ejemplo ratificando el Estatuto del TPI y aceptando un tribunal
internacional para Sadam. Otro tribunal habrá que pedir para los responsables de
la guerra de agresión contra Iraq.
Augusto Zamora R. es profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones
Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid a_zamora_r@terra.es