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Fuera Yankis en Irak
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Iraq se parte
Patrick Cockburn
Znet
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández
Iraq se está partiendo en tres zonas diferentes. Por todos lados se abren
fallas entre sunníes, chiíes y kurdos. En los días inmediatamente siguientes al
estallido de las bombas colocadas en el santuario chií en Samarra el 22 de
febrero, en Bagdad y en sus alrededores se hallaron unos 1.300 cuerpos, de
sunníes mayoritariamente. El Ministerio del Interior bajo control chií [*],
cuyos comandos de policía adoptan modus operandi similares a los de
los escuadrones de la muerte, pidió al Ministerio de Sanidad que rebajara las
cifras. Un amigo mío, un hombre habitualmente pacífico que vive en un distrito
sunní al oeste de Bagdad, me llamó. ‘Me voy de mi casa’, dijo. ‘La pasada noche,
los comandos de la policía arrestaron a quince personas de aquí, incluido el
panadero del barrio. Estoy sentado en mi casa con un Kalashnikov, tengo 60 balas
y como vengan a por mí voy a empezar a disparar.’
Resulta extraño oír a George Bush y a John Reid negar que se esté desencadenando
una guerra civil con tantos cadáveres descubriéndose cada día –todos ellos
estrangulados, con disparos o ahorcados, únicamente a causa de su adscripción
religiosa-. A primeros de marzo explotaron varios coches-bomba en los mercados
del inmenso suburbio marginal chií de Ciudad Sadr. Varios días después, un grupo
de niños que jugaba al fútbol en un campo percibió un hedor muy fuerte. La
policía encontró una fosa con los cuerpos de 27 hombres en su interior,
probablemente todos ellos sunníes, con sólo los calzoncillos; todos habían sido
torturados, después les habían pegado un tiro en la cabeza. Hace dos años y
medio, cuando el primer suicida-bomba atentó contra los chiíes, matando a 85
personas en el exterior del santuario del Imam Ali en Nayaf, no hubo represalias
por parte chií. Fueron contenidos por el Gran Ayatollah Ali al-Sistani con la
esperanza de conseguir el poder a través de las elecciones legales. Desde las
bombas de Samarra, esa moderación se ha agotado de forma definitiva: las
milicias chiíes y los escuadrones de la muerte están masacrando a sunníes cada
vez que un chií muere, en la idea de ojo por ojo, diente por diente.
Los iraquíes se engañan a sí mismos a menudo sobre la profundidad de las
divisiones sectarias en su país. Dicen, con razón, que hay muchos matrimonios
mixtos entre sunníes y chiíes y proclaman que las diferencias sectarias son
menos extremas que lo son en Belfast, donde católicos romanos y protestantes
apenas se casan. Pero esos matrimonios son más habituales entre las educadas
clases medias de Bagdad y, en cualquier caso, han sido menos frecuentes desde
2003, cuando las diferencias sectarias se agrandaron después de que los sunníes
se rebelaran contra la ocupación y no hiciera lo mismo la comunidad chií. Mis
amigos kurdos y chiíes, que en absoluto se consideran sectarios, creen
sinceramente que los tres años de rebelión sunní es obra de unos cuantos
oficiales baazistas haciendo causa común con los fanáticos islamistas importados
de Arabia Saudí. ‘No son auténticos iraquíes’, dicen. A pesar de la evidencia de
las encuestas de opinión, rechazan aceptar que las guerrillas cuentan con el
apoyo de la mayoría de los cinco millones de miembros de la comunidad sunní. Por
su parte, los sunníes y los kurdos ven a los dirigentes chiíes como marionetas
manipuladas por la inteligencia iraní. No tienen en cuenta que los 15 o 16
millones de chiíes, que suponen el 60% de la población, no cederán en su puja
por el poder tras siglos de marginación. La hostilidad kurda hacia los árabes es
igualmente subestimada tanto por chiíes como por sunníes. Mientras estuve en
Arbil, la capital kurda, dos amigos sunníes me enviaron correos diciendo que
planeaban ir a verme conduciendo desde Bagdad. Se me pasó advertirles que era
probable que pasaran la noche en la cárcel como si de un hotel se tratara,
porque los kurdos miran con profundas sospechas a todos los árabes que les
visitan desde otras partes de Iraq.
Las diferencias entre chiíes y kurdos explican por qué en Iraq todavía no hay
nuevo gobierno tres meses después de las últimas elecciones de diciembre. El
gobierno actual es el que tomó posesión en enero de 2005; se basa en una alianza
kurdo-chií y tiene al frente a Ibrahim al-Yaafari, del Partido chií Dawa.
Durante el pasado año, los dirigentes kurdos han llegado a detestarle y rechazan
comprometerse en un nuevo gobierno que le tenga al frente. A primeros de marzo,
se enfurecieron cuando vieron que había hecho una visita relámpago a Turquía
para (sospechaban) reclutar apoyos turcos en un intento de arrebatarles e
impedir su casi independencia dentro de Iraq. Los dirigentes kurdos temen, sobre
todo, que Yaafari esté maniobrando para malograr un acuerdo mediante el cual
podrían conseguir el control permanente de la provincia petrolífera de Kirkuk,
de la que se apropiaron al comienzo de la guerra.
Kirkuk, que alberga en su subsuelo reservas de alrededor diez mil millones de
barriles de petróleo, es un premio por el que bien merece la pena luchar.
También es, incluso para los niveles iraquíes, una ciudad deprimente y
peligrosa. Se asienta en la llanura, a unos 241 kilómetros al norte de Bagdad, y
aparece sobrevolada por una ciudadela cuyas casas antiguas fueron destrozadas
por Saddam Hussein cuando fracasó el levantamiento kurdo de 1991. Por todas
partes aparecen montones de basuras. A pesar de las reservas de petróleo, se ven
colas de vehículos de hasta kilómetro y medio esperando conseguir petróleo. Las
tiendas son pequeñas y humildes. En el centro de la ciudad, en un conjunto de
destartalados puestos de mercadillo, se vende fruta y pan. ‘Kirkuk es una ruina,
es la ciudad más estropeada en Iraq’, me dijo un funcionario kurdo con amargura
según íbamos conduciendo por la ciudad. Durante los pasados cincuenta años los
kurdos fueron sistemáticamente expulsados de Kirkuk. Después de 1991, empezó un
programa de limpieza étnica a gran escala: entre 120.000 y 200.000 kurdos y
turcomanos fueron obligados por Saddam a marcharse de sus hogares. Casi todas
las ciudades y pueblos pequeños en la provincia fueron arrasados para reducir la
población kurda e impedir que los edificios fueran utilizados por las
guerrillas. La constitución iraquí, junto con el acuerdo chií-kurdo, prometió
expulsar a los colonos árabes y devolver a los kurdos a Kirkuk. A pesar de que
es un lugar lúgubre, la posesión indiscutible de la provincia y sus campos
petrolíferos son vitales para los kurdos, si es que quieren llegar a conseguir
la autodeterminación.
Según la nueva constitución, el destino de Kirkuk se decidirá el 31 de diciembre
de 2007. Si Kirkuk se une a la región kurda, los kurdos tendrán todos los
derechos para llevar a cabo nuevas prospecciones petrolíferas. Saddam no sólo
les había negado una porción en los ingresos por petróleo: cualquier kurdo al
que se encontrara trabajando en la industria petrolífera era despedido. ‘De los
9000 empleados que trabajaban para la Compañía del Petróleo del Norte en 2003,
sólo 18 eran kurdos, y su cometido era casi de sirvientes’, manifestó Rezgar Ali
Hamacan, el presidente del consejo provincial de Kirkuk. Ahora los kurdos están
intentando tener su propio petróleo. Dado que la necesidad de compartir el
petróleo es casi lo único que mantiene unido a Iraq, la secesión de Kirkuk, si
se llega a fusionar con el Gobierno Regional Kurdo, podría ser el momento
decisivo en la disolución del país.
Kirkuk, habitado por kurdos, turcomanos y árabes, es un lugar apropiado, aunque
desconcertante, desde el que observar el odio creciente entre las comunidades
étnicas de Iraq. En las elecciones parlamentarias de diciembre, los kurdos
consiguieron cinco de nueve escaños parlamentarios. ‘La seguridad no es tan mala
como en Bagdad’, dijo Rezgar Ali, un anterior agrimensor y fumador impenitente
que fue durante años un comandante Peshmerga [**] de la Unión Patriótica del
Kurdistán (UPK), aunque admitiendo que esto no supone decir gran cosa. Se quejó
de que los medios exageran la violencia en la ciudad. ‘Un día fue secuestrada
una señora kurda de clase acomodada’, dijo. ‘Afirmaron que era una dirigente
kurda. En realidad sólo fue un secuestro ordinario’, dijo. Concedió que muchos
oficiales árabes de policía estaban colaborando probablemente con los
insurgentes y que varios jefes de policía árabes habían sido arrestados. Como
muchos funcionarios kurdos en Kirkurk, lleva una pistola en el cinturón y tiene
una ametralladora siempre a mano. Lo que sucede, dijo, es que los kurdos no
quieren salir de Kirkuk. Aunque tuviéramos sólo dos mil Peshmergas, no nos
iríamos de aquí’.
Pero un suceso reciente ha conmocionado incluso a Rezgar Ali. En el centro de
Kirkuk hay un edificio que resulta impresionante comparado con las destartaladas
casas de alrededor: es el Hospital Republicano. Es ahí donde se lleva a la mayor
parte de las víctimas por disparos de combate, por bombardeos y asesinatos. En
2005, unas 1.500 personas fueron asesinadas o heridas en la provincia de Kirkuk.
Gran número de los que fueron llevados al hospital murieron, y había una razón
extraordinaria para que ocurriera así. Algún tiempo antes, el hospital había
reclutado a un entusiasta y joven doctor llamado Louay que estaba siempre
deseando ayudar. Lo que los otros doctores no sabían era que Louay, árabe, era
miembro de una célula insurgente del grupo Ansar al-Sunna. Utilizaba su cargo
para asegurarse que soldados, policías y funcionarios del gobierno murieran a
causa de sus heridas. Una investigación policial encontró que el Dr. Louay era
culpable de haber matado a 43 pacientes. No le había resultado muy difícil
conseguirlo. Muchos de los heridos llegaban sangrando al hospital y, según el
coronal Yadgar Shukir Abdullah Yaff, un antiguo policía, ‘Louay inyectaba a los
pacientes que quería matar una dosis alta de una medicina que les hacía sangrar
más’.
Teniendo en cuenta que los hospitales iraquíes tienen un equipo médico escaso y
que hay poco tiempo para hacer autopsias, el Dr. Louay podía haber seguido
cometiendo sus asesinatos de forma indefinida. Pero a principios de año, la
seguridad kurda en Suleymaniya arrestó al dirigente de su célula, Abu Muhiyiz,
cuyo nombre real es Malla Yassin, quien confesó que Louay era miembro de su
grupo y detalló el macabro trabajo que estaba llevando a cabo.
En Kirkuk, las unidades militares y policiales más efectivas son kurdas. Lo
mismo pasa en Mosul, la principal ciudad sunní junto al Tigris, más hacia el
oeste. Normalmente, hay 12.000 policías en la provincia de Mosul que proceden
fundamentalmente de la tribu Yabur. Pero, según Saadi Pire, anterior dirigente
de la UPK en Mosul, ‘son policías sólo durante el día y terroristas por la
noche’. Por su parte, los sunníes de Mosul consideran que cuando EEUU habla de
guerra contra los insurgentes, en realidad no es más que un ataque
kurdo-estadounidense contra su comunidad.
Por todo Iraq, las lealtades basadas en la pertenencia a una comunidad por parte
de los miembros de las unidades del ejército y de la policía están minando el
poder del estado. Hay una escalada de la guerra étnica y sectaria, la gente no
quiere más que milicianos de su propia comunidad defendiendo sus calles,
independientemente de que pertenezcan o no, en teoría, al ejército o a la
policía. En zonas sunníes, la única gente suficientemente armada para organizar
una defensa son los combatientes de la resistencia y el temor a los escuadrones
de la muerte crece entre sus filas. En las zonas chiíes, los tiroteos y la
colocación de bombas de carácter sectario están llevando a una mayor dependencia
del ejército Mehdi del clérigo nacionalista Muqtada al-Sadr. Mientras tanto, el
número de bajas estadounidenses ha disminuido a una al día, comparado con las
dos o tres que había el año pasado. Los insurgentes creen que los
estadounidenses se van a marchar pase lo que pase, ya que en EEUU está bajando
el apoyo popular a la guerra y esos ataques contra las tropas estadounidenses
son, por tanto, menos urgentes. Pero en los núcleos sunníes del norte de Bagdad,
la resistencia sigue siendo tan firme como siempre. El 21 de marzo, cien
combatientes armados con rifles automáticos, lanza-granadas y lanza-morteros
propulsados por cohetes capturaron un cuartel de la policía e irrumpieron en una
cárcel en Muqdadiyah, a unos noventa y seis kilómetros al norte de Badad. Cuando
se retiraron, habían matado a 19 policías, liberado a 33 prisioneros y capturado
equipo de radio suficiente como para hacer que el resto de la red policial se
sienta insegura. Las autoridades provinciales afirman que el jefe de policía de
Muqdadiyah era un doble agente de la resistencia.
La solidaridad dentro de cada comunidad –sunní, chií o kurda- es fuerte. Pero
ninguna es monolítica. En general, los iraquíes se muestran irónicos sobre la
honestidad y competencia de sus propios dirigentes. Los cuatro o cinco millones
de kurdos tienen un fuerte sentimiento de identidad nacional y están bien
organizados. Sin embargo, el 16 de marzo, los miles de kurdos que hicieron una
marcha en Halabya para conmemorar la muerte de las 5.000 personas asesinadas en
1988 con el gas venenoso que se lanzó sobre la ciudad, incendiaron su propio
monumento, que era completamente nuevo. Es un curioso edificio circular que
albergaba un museo fuera de los límites de la ciudad; desde lejos parecía una
extraña mezquita. Fue inaugurado por Colin Powell en 2003 y contenía figuras de
cera de tamaño natural que trataban de representar a los muertos y a los
agonizantes, con fotografías de los muertos. Durante dos años, los funcionarios
kurdos habían llevado a funcionarios extranjeros a visitar el monumento
considerado un símbolo de los sufrimientos del pueblo kurdo bajo el gobierno de
Saddam. Sin embargo, la gente en Halabya había contemplado a los visitantes con
rabia creciente. Muy pocos de esos visitantes se aventuraban un kilómetro más
allá, al interior de la ciudad, para conocer los sufrimientos actuales de sus
habitantes – por los cuales muy poco se ha hecho desde 1988. Los fondos enviados
desde el extranjero para ayudar a los supervivientes de las atrocidades más
famosas de Saddam Hussein parece que no llegaron nunca.
Llegué a Halabya una vez que amainaron los disturbios. Los guardias del
monumento todavía parecían conmocionados. El mismo edificio había sido destruido
por el fuego: largos jirones de plástico colgaban de uno de los techos y varios
fuegos pequeños seguían ardiendo. Kana Tewfiw, uno de los guardias Peshmerga,
que había sido herido en la columna vertebral por una piedra arrojada desde la
multitud, dijo que los manifestantes habían sacado ‘gasolina y petróleo del
generador del museo para avivar el fuego’. Un segundo grupo de peshmergas había
llegado disparando contra la multitud, matando a un manifestante de 17 años e
hiriendo a otra media docena. Shako Mohammed, el dirigente de la UPK y
representante del gobierno en la región de Halabya, llegó con dos grupos de
guardaespaldas para inspeccionar los daños. Explicó que le había pedido a la
gente que no se manifestara mientras trasladaba sus peticiones al gobierno de la
UPK en Sulaimaniyah. Sospechaba que entre la multitud se habían infiltrado
miembros del Movimiento Islámico del Kurdistán, que en otro tiempo controlaban
la región.
En el hospital local, un hombre de 29 años llamado Ozman Ali Gaffur yacía en una
cama con una bala que le había atravesado la pierna. Sus heridas parecían
serias: había perdido parte de su mano izquierda y tenía un solo ojo. Pero esto
parecía ser consecuencia de una explosión de una pieza de artillería cuando
jugaba de niño. Ozman trabajó como periodista en la revista que edita la
asociación de minusválidos de Halabya, a la cual pertenecen cinco mil personas.
Dijo que el primer objetivo de la manifestación había sido para pedir que se
largaran los funcionarios del gobierno. ‘Siempre están prometiéndonos ayuda pero
nunca llega nada. No hay carreteras ni calles allí, no hay nada más que barro.
Sólo traen a gente para que vea el monumento a los muertos y nunca ven lo que
soportan los vivos. Por eso me convertí en un blanco para ellos’. Otro hombre,
Omar Ali, dijo que estaba en contra de la violencia, pero que ‘si no hacemos
nada, nunca nos van a escuchar’.
En ese momento, varios peshmergas entraron en el patio y me dijeron que me
fuera. Rechacé irme y dudaron sobre qué hacer. Cuando salí, rodearon el coche y
dijeron que me quedara donde estaba mientras llamaban a sus cuarteles. Cuando
finalmente volvieron, me dijeron que me dejaban marchar. Más tarde, la UPK
afirmó que los fundamentalistas islámicos y siniestros grupos pro-iraníes habían
fomentado los disturbios. Al día siguiente, en Kirkuk, un funcionario de la UPK
admitió que eso era una tontería. ‘Lo que sucedió en Halabya podía suceder en
cualquier lugar de Iraq porque la gente ve lo que les ha sucedido y no piensan
que sus dirigentes sean precisamente buenos dirigentes’.
Iraq está dividido y los combatientes de la resistencia son fuertes, pero la
razón real del hundimiento de Iraq está en la debilidad del estado. Ali Allawi,
el ministro de hacienda, me dijo que la corrupción ha alcanzado niveles
nigerianos y que el gobierno es sólo una entidad parasitaria viviendo de los
ingresos del petróleo. No es simplemente que una parte del gasto desaparezca en
los bolsillos oficiales: desaparecen presupuestos enteros. EEUU y Gran Bretaña
están intentando promocionar a Iyad Allawi hacia una especie de super-ministerio
encargado de la seguridad. Pero, durante 2004-2005, mientras fue primer
ministro, desapareció todo el presupuesto de 1.300 millones de dólares que había
para organizar la defensa. Muchos millones más se gastaron en un contrato para
proteger el vital oleoducto Kirkuk-Baiji, pero el dinero resultó malversado. Los
pocos hombres contratados para vigilar el oleoducto normalmente resultaban ser
los mismos que estaban dinamitándolo. Ali Allawi dice que la resistencia está
financiada en gran medida por el contrabando de petróleo y que entre el 40 y el
50% de los amplios beneficios van a la resistencia.
Probablemente, se ha esfumado ya la oportunidad para que Iraq pudiera mantenerse
unido como estado verdaderamente unificado. Pero les conviene a muchos, de
dentro y fuera del país, que siga existiendo un Iraq débil, por lo cual ese
nombre todavía seguirá apareciendo en los mapas. El poder estadounidense está
menguando velozmente y las fuerzas británicas están confinadas en gran medida en
sus campamentos alrededor de Basora. Puede que se establezca un ‘gobierno de
unidad nacional’, que estará desunido y gobernará muy poco. ‘El gobierno podría
acabar siendo unos cuantos edificios en la Zona Verde’, dijo un ministro. ‘El
ejército y la policía están divididos ya en zonas étnicas y sectarias. Los
iraníes han sido los vencedores principales en las luchas por hacerse con el
país. EEUU han resultado ser tanto militar como políticamente más débiles de lo
que muchos creían. La cuestión real ahora es si Iraq se disolverá con o sin
guerra civil generalizada’.
Lo más probable es que haya guerra, pero no se va a combatir por todos los
lugares de Iraq. La batalla tendrá lugar, esencialmente, en Bagdad entre árabes
sunníes y chiíes. ‘El ejército se desintegrará en los primeros momentos de la
lucha’, me dijo un dirigente kurdo. ‘Los soldados obedecerán cualquier orden que
reciban de sus propias comunidades’. Las zonas del país que tienen una población
homogénea, ya sea chií, sunní o kurda, permanecerán tranquilas. Pero en el gran
Bagdad, se ha desencadenado ya la limpieza sectaria. El lugar semeja cada vez
más el Beirut de hace treinta años. Los árabes chiíes tienen ventaja porque son
mayoría en la capital, pero los sunníes podrían aferrarse a sus baluartes en el
oeste y sur de la ciudad. Quizá el nuevo equilibrio de poder en Iraq no se
decida mediante negociaciones sino en el combate entre milicianos calle a calle.
Patrick Coburn ha estado informando desde Iraq desde el año 1978. En octubre
publicará "The Occupation: War, Resistance and Daily Life".
N. de T.:
[*] Véase en Rebelión el artículo de Richard Becker "Estrategia colonial: divide
y vencerás" :