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Fuera Yankis en Irak
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No son mis secuestradores
Giuliana Sgrena
Con cada nueva noticia de un secuestro vuelvo a vivir la angustia del mío,
con cada liberación siento la alegría que yo misma no he podido probar, con cada
testimonio o arresto de uno de mis raptores o similares excavo en mi memoria y
vuelvo a descubrir aquellos rostros que quisiera olvidar para siempre de mis
recuerdos. Pero no creo que tenga derecho a hacerlo.
Me siento satisfecha si se identifica a la persona que me ha hecho daño -a mí
como a cualquier otro- y se le impide que siga secuestrando a las personas que
intentan informar honestamente con su trabajo. No se puede aceptar que quien
lucha por una causa justa pueda usar la violencia contra los civiles, sean
iraquíes o extranjeros. Desde que he vuelto a Baghdag ya no he podido despegarme
de Iraq: sigo con atención las noticias, respondo a los correos de los amigos e
intento comprender qué se esconde tras cada secuestro a través de los
testimonios de otros rehenes.
Y justo por este motivo las noticias que salen de Iraq -por parte del gobierno
iraquí o del comando norteamericano- son demasiado genéricas y confusas como
para ofrecer alguna certidumbre sólida que pueda ayudar a archivar nuestro caso.
Así ha ocurrido ayer, por ejemplo, con la noticia del arresto Mohammed al Obeidi
del Ejército islámico de Iraq, vinculado a Al Zarqawi -¿o es quizá del Ejército
islámico secreto, la versión iraquí de tal organización?-. El ejército de Iraq
ha reivindicado los secuestros de Christian Chesnot y George Malbrunot, además
del de Enzo Baldoni, todos ellos secuestrados en la misma zona de Mahmudia, al
sur de Baghdad. Pero nunca ha reivindicado el mío (firmado por un improbable
comando de «mujahidin sin fronteras» que nunca hasta entonces lo había escuhado)
ni el de Florence Aubenas, ambas secuestradas en el mismo lugar: a la salida de
la universidad Nahrein de Baghdad. ¿Por qué? Quizá sencillamente porque no se
trata del mismo comando.
Esta idea se hace evidente comparando el comportamiento de los raptores de los
dos periodistas franceses -cuyo libro acabo de leer en estos días- y de los
míos. También era evidente que los militantes del Ejército islámico de Iraq eran
salafitas y yihadistas desde el momento en que pidieron la abolición de la ley
francesa del velo, planteamiento que se nos acerca más a la visión global del
islam que a la lucha por la liberación del Iraq ocupado, como quiere remarcar la
resistencia. Sin embrago, mis raptores, por cuanto he llegado a saber -a pesar
de que me decían que no eran «mercenarios de Zarqawi», a cuyas palabras no daba
crédito- parecían menos ortodoxos en sus prácticas religiosas (yo nunca me he
puesto el velo y ellos a veces me hacían bromas poco propias de fundamentalistas
islámicos).
Está claro que los comandos que practican secuestros son muy heterogéneos. Pero
las noticias que nos sirven en bandeja de plata a los periodistas para demostrar
el éxito de la lucha contra el terrorismo llegarían a ser más eficaces si fueran
ratificadas con nuevas pruebas. Y para transmitir una mayor certidumbre bastaría
con que se respondiera a las rogatorias y se permitiera a los magistrados
italianos interrogar a los diferentes raptores o presuntos, arrestados por las
fuerzas américo-iraquíes.