VOLVER A LA PAGINA  PRINCIPAL
 
Fuera Yankis de Irak

 

No está más cerca el final de la guerra

Robert Fisk
The Independent
Traducción para La Jornada de Gabriela Fonseca

A sí que ya hay otra "misión cumplida". El hombre inmortalizado por Estados Unidos como el más peligroso terrorista (desde el último más peligroso terrorista), fue asesinado por estadunidenses.

Un muchacho jordano como el que se puede encontrar en cualquier esquina, que ni siquiera sabía cargar ni disparar una ametralladora, fue hecho estallar por la fuerza aérea de Estados Unidos; y Bush y Blair creen adecuado alardear por este deceso. Esto es lo que defienden nuestros líderes. Qué corta memoria tenemos.

"Lo buscan aquí, lo buscan acá.

Esos francesitos lo buscan por doquier.

¿En el cielo estará? ¿En el infierno está? Ese escurridizo Pimpinela Escarlata".

Sir Percy Blakeney, desde luego, se escapó de los franceses revolucionarios. Pero la baronesa Orczy, a diferencia de Bush, no se hubiera molestado con Abu Musab Zarqawi, el matón jordano cuya dudosa alianza con Al Qaeda lo convirtió en otro "Enemigo Número Uno" para aquellos que creen estar combatiendo una eterna "guerra contra el terror".

Así de breve es nuestro lapso de atención, y en eso confían Bush y Blair, por supuesto. Ya se nos olvidó que a nuestros líderes sólo les interesó Zarqawi después de la invasión ilegal angloestadunidense a Irak de 2003, y que antes de eso lo que querían era propagar la mentira de que Osama Bin Laden estaba coludido con Saddam Hussein.

Sólo porque Zarqawi se reunió con Bin Laden en 2002 y luego se fue a vivir a un miserable valle del norte de Irak; dentro de Kurdistán, pero fuera tanto del control de los kurdos como de Saddam. A partir de esto, Bush y Blair inventaron la fábula de que quedó "comprobado" un nexo esencial entre la Bestia de Bagdad y los crímenes internacionales contra la humanidad del 11 de septiembre de 2001.

La fecha en que se proclamó esta alianza ficticia -y que es más importante política e históricamente que la fecha de la muerte de Zarqawi- es el 5 de febrero de 2003. El lugar de esta mentira fue la sede del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y el hombre que la pronunció fue el entonces secretario de Estado, Colin Powell. Qué suspiro de alivio deben haber soltado en Washington cuando se supo que Zarqawi fue ultimado y no capturado. El podía haber dicho la verdad.

El jueves, gracias a la inevitable y absolutamente falsa promesa de que el baño de sangre en Irak está rindiendo dividendos, se suponía que debíamos creer que la muerte de Zarqawi fue una famosa victoria. La prensa estadunidense desempolvó su frase favorita: "mente maestra del terrorismo".

Sospecho que nadie podrá reclamar los 25 millones de recompensa que se ofrecieron por la cabeza de Zarqawi, a no ser que éste haya sido traicionado por uno de sus hombres armados y enmascarados. Pero el ejército estadunidense, manchado de la sangre de Haditha, recibió de su comandante en jefe una ritual palmada en la espalda.

Vencieron al enemigo, al instigador de la guerra, a la llama del odio sectario, al verdugo que supuestamente decapitó a Nicholas Berg.

Quizá Zarqawi era todas estas cosas, Quizá no. Pero no por ello está más cerca el final de la guerra, y no porque sea verdad la inevitable retórica islamita sobre los "mil zarqawis" que tomarán su lugar, sino porque el infierno de Irak ya no está bajo el control de individuos, si es que alguna vez lo estuvo.

La muerte de Bin Laden no dañaría a Al Qaeda, pues él ya creó a esta organización, como si se tratara de un científico nuclear que ha fabricado una bomba atómica. La desaparición de Zarqawi no implica una pizca de diferencia en las matanzas que ocurren en Mesopotamia. Si acaso los asesinos de Al Qaeda lo escuchaban, pero de ninguna manera lo obedecían los ex oficiales del ejército iraquí que conforman la insurgencia real.

Esto fue lo que Bush y Blair admitieron tramposamente el jueves, al advertirnos que la insurgencia continuará, pero de esto surge otra pregunta: ¿Será la futura salida de Bush y Blair lo que dé la oportunidad para poner fin a este desastre infernal? ¿O será que los resultados de su estupidez ya tienen vida propia y serán incontenibles a pesar de cualquier cambio político en Washington y Londres?
 
Ya se nos olvidó también la forma en que el mismo ejército estadunidense que hoy se adjudicó el crédito por la muerte de Zarqawi, aseguró hace apenas unas semanas que éste era un torpe y un incompetente. La Bestia de Ramadi -o de Fallujah, de Baquba, o de donde fuera- difundió un video disparando una ametralladora y prometiendo la victoria para el islam. Días después, los estadunidenses encontraron tomas que fueron editadas del mismo video en las que se podía ver a Zarqawi pidiendo ayuda a sus hombres después de que se le encasquilló una bala y se le trabó el arma.

En la prisión de Jordania, en los días en que era más un mafioso que un combatiente islámico, Zarqawi solía cubrir con cobijas su cama, a manera de un cortinaje que lo ocultaba de sus compañeros de cárcel formando una cueva -una cueva como la de Bin Laden- de la que salía para alentar o golpear a sus compañeros de celda.

Era muy posesivo con su esposa, pero la dejó con tan poco dinero que ella tuvo que volver a su nativa Zarqa a trabajar. Cuando su madre murió, Zarqawi no envió condolencias.

Al igual que Bin Laden -un hombre por el que sentía a la vez agradecimiento y una intensa envidia- había cambiado del todo su naturaleza, y de alguna forma logró acrisolar a todos los hombres violentos: se transformó de lo personal hacia lo inmaterial, de la incertidumbre de la vida a la certeza de la muerte.

El video de Zarqawi fue un acto de vanidad extrema que pudo haber contribuido a su muerte, y tal vez lo grabó con la intención subconsciente de que éste fuera su último mensaje.

El que los servicios de inteligencia del rey Abdullah de Jordania -descendiente de aquel monarca a quien Winston Churchill colocó en el trono Hachemita- hayan localizado el escondite de Zarqawi en Baquba fue un acto de apropiada ironía histórica.

Después de todo, el hombre que creía en los califatos atacó al reino -matando a 60 inocentes en tres hoteles- y el antiguo mundo colonial contraatacó. La furia de un rey bien puede acoger a un duque o dos. Incluso a un ex presidiario, cosa que, al final, probablemente es lo único que era Zarqawi.  

Fuente: lafogata.org