El pasado 2 de diciembre moría asesinado en Bagdad el doctor Akil Abdel Yabar,
catedrático de la facultad de Medicina de la una de las tres universidad de la
capital, la de Annahrain, y director del hospital de Adamiya, un barrio
particularmente combativo. El hecho lo aportaba el diario independiente, editado
en Londres en árabe, al-Quds al-Arabi. Poco a poco empieza a emerger una
realidad a la que a penas se le ha prestando atención hasta ahora, sin duda
debido a las dificultades de poner en conjunto hechos que parecían inconexos: el
asesinato sistemático de profesores y profesores de universidades iraquíes desde
el inicio de la ocupación.
De hecho, la cifra concreta de cuántos docentes universitarios han sido
asesinados en los últimos dos año y medio está aún pendiente de establecerse con
certeza, pero las fuentes más ponderadas —las del propio ámbito universitario
iraquí consultadas por la Campaña Estatal contra la Ocupaciuón y por la
Soberanía de Iraq (CEOSI)— sitúan este número en torno a 150. El pasado mes de
octubre el propio ministerio de Educación Superior iraquí reconocía el asesinato
de 146 profesores y profesoras universitarios desde abril de 2003. Por su parte,
la red internacional educativa Network for Education and Academic Rights
elevaba hasta 250 la estimación de personas asesinadas. El pasado mes de
noviembre al menos fueron cinco más, de dos universidades de Bagdad y de la
Nayaf.
Mientras se establece una lista definitiva y actualizada de docentes asesinados,
el impacto real y a largo plazo sobre la vida académica, investigadora e
intelectual de las universidades iraquíes es mucho mayor que el simple dato, en
realidad, es inconmensurable. Como ocurre en el sector sanitario —otro ámbito
igualmente castigados por la extorsión y los asesinatos—, profesores y
profesoras universitarios, como su propio alumnado, abandonan los campus
y procuran emigrar al exterior. Asimismo están siendo asesinados
sistemáticamente al parecer directores de colegios e institutos de secundaria,
particularmente en el sur del país.
La revisión de la lista disponible de los docentes asesinados permiten
comprender la magnitud del crimen y aventurar alguna consideración sobre quién o
quiénes están perpetrando estos asesinatos. En primer lugar destaca la amplitud
territorial de los asesinatos: se ha dado muerte a docentes en las distintas
universidades de Bagdad; en la de Basora y sus Institutos Técnicos, en la de
Hilla, la antigua Babilonia; en la de Kufa, en Nayaf; en la de Mosul, capital de
Nínive; en la de Diwaniya, en Qadisiya; en la de Tikrit, capital de la provincia
de Saladino; en la de Baquba, de Diyala; en la de Ramadi, capital de la
provincia de al-Anbar y vecina a Faluya.
Pero el hecho más llamativo es que la mayoría de los profesores y profesoras
iraquíes asesinados estaban relacionados con áreas de Humanidades, como las
distintas Filologías, Derecho, Geografía o Historia, o con la docencia
universitaria de la Medicina. Con ello se elimina, al menos parcialmente, la
consideración inicial de que las personas asesinadas había estado involucradas
en áreas asociadas al desarrollo de programas militares, si bien Israel tiene
una larga tradición de asesinatos de científicos árabes desde la década de los
años 50, particularmente de campos sensibles como la Física Nuclear o la
Balística. Asimismo, se ha descartado definitivamente que los docentes
asesinados fueran baazistas destacados, y que su muerte respondiera a
represalias o venganzas tras la caída del régimen de Sadam Husein. Es más, buena
parte de los asesinados eran directores de Departamento u ocupaban cargos en los
nuevos órganos universitarios democráticamente elegidos tras la invasión —si
bien hasta el momento no reconocidos ni por los ocupantes ni por las nuevas
autoridades iraquíes.
Además de Israel, Irán es considerado insistentemente en el interior de Iraq
como el responsable de al menos parte de los asesinatos de académicos,
probablemente para asegurar su control estratégico sobre su vecino, al igual que
las propias fuerzas de ocupación y los nuevos cuerpos de seguridad iraquíes,
esencialmente constituidos por milicianos de formaciones sectarias y
confesionales, particularmente de la organización al-Bader, el brazo militar del
Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Iraq, hoy fuerza hegemónica en las
nuevas instituciones colaboracionistas. En concreto, la denominada Brigada
Lobo de la nueva policía ha sido denunciada reiteradas veces por
organizaciones del interior como la ejecutora de asesinatos selectivos y
matanzas.
Como muy bien la ha definido el periodista británico Robert Fisk se trata de una
"Guerra contra el conocimiento". Sea quienes fueren sus ejecutadores directos,
el asesinato sistemático de académicos, científicos, profesores e intelectuales
iraquíes, hombres y mujeres, o su éxodo forzado, buscaría eliminar la capa
cualificada que pudiera hacerse cargo del futuro cultural, académico y
científico de un Iraq liberado y soberano.
El noviembre de 2004, la Coalición Internacional de Académicos contra la
Ocupación emitió un comunicado en el que señalaba que, pese a la trasferencia
formal de soberanía al gobierno iraquí de junio del pasado año, Iraq seguía
siendo —y lo es aún— un país ocupado y reclamaba a EEUU la protección de la
comunidad universitaria iraquí. Varias organizaciones internacionales vinculadas
a la iniciativa Tribunal Internacional sobre Iraq plantean desarrollar una
campaña de denuncia de estos asesinatos selectivos.
* Carlos Varea es coordinador de la Campaña Estatal contra la Ocupación y por
la Soberanía de Iraq (CEOSI). Una lista periódicamente actualizada de docentes
universitarios asesinados en Iraq puede consultarse en la web de la CEOSI:
www.iraqsolidaridad.org. Madrid alojará en abril un seminario sobre este tema.