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Heinz Dieterich Steffan

29 de noviembre del 2002

Cómo se capitaliza una oportunidad imperial?

Heinz Dieterich Steffan
Rebelión

Poco después de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington, la asesora del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos (NSC), Condoleeza Rice, convocó a los más importantes miembros del NSC y les dejó la siguiente tarea: "Cómo se capitalizan esas oportunidades" (11/9) para una potencia mundial? "Yo realmente creo que este periodo es análogo al de 1945 a 1947...Las placas tectónicas de la política internacional están reacomodándose y es importante tratar de aprovechar esto y posicionar los intereses e instituciones americanas...antes de que vuelvan a petrificarse."
Otro funcionario del gabinete de Bush coincidió con la definición del 11 de septiembre como un "momento de transformación", porque los atentados habrían reducido "drásticamente la habitual resistencia de la opinión pública estadounidense al empleo de nuestras fuerzas armadas en el exterior", un bono de incalculable valor para un gobierno que representa el complejo militar-industrial-financiero de la Unión Americana.
George W. Bush y Colin Powell, presidente y secretario de Estado respectivamente, coincidían plenamente con esa lógica de la oportunidad de oro, como recuerda Bob Woodward del Washington Post en una columna sobre una reunión del gabinete, del 14 de septiembre. Bush y Powell ven los ataques como "una oportunidad para reconfigurar las relaciones mundiales" escribía el confidente periodístico de la clase política estadounidense, en un artículo de enero del 2002. Esa reconfiguración de las relaciones del mundo (reshape relationships throughout the world) es lo que estamos viviendo en este momento: el proyecto del Tercer Orden Mundial (TOM) de la burguesía atlántica impuesto por la violencia y diseñado para convertir al mundo en una gran maquiladora global militarizada, al servicio de las corporaciones transnacionales.
No es la primera vez que la elite estadounidense tiene que decidir sobre el aprovechamiento bélico de una coyuntura que le permita rehacer el mundo a su imagen. Henry Luce, el influyente editor de la revista Life, expresó las ideas respectivas sobre la participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial de la siguiente forma: No había ninguna necesidad para Washington de entrar en la conflagración bélica, porque su situación geográfica y su poder lo hacían inconquistable. Sin embargo, habiéndose convertido en la nación "más fuerte y vital del mundo", debía asumir "de todo corazón" su papel de potencia mundial hegemónica, "para los objetivos y con los medios que le conviniesen".
Si Estados Unidos supiera aprovechar la oportunidad histórica de reemplazar la pax britanica por la pax americana, podría crear el "primer gran siglo americano". Sería imperdonable, desaprovechar de nuevo "la oportunidad áurea del liderazgo mundial", tal como la había desaprovechado el presidente Woodrow Wilson en 1919.
El director del liberal Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), Isaiah Bowmans y el presidente Franklin D. Roosevelt, concordaban categóricamente con Luce: "Estados Unidos tiene que aceptar su responsabilidad mundial...La medida de nuestro triunfo será el grado de nuestra dominación después de la victoria" (Bowmans). No debía repetirse el grave error de Woodrow Wilson, de no convertirse en amo de la sociedad global. El ultimátum a Japón sobre la intocabilidad del gobierno chino de Tchiang Kai Chek, que provocó el ataque japonés contra la colonia estadounidense de Pearl Harbour en el Pacífico, y el llamado "Lend-Lease Program" con Inglaterra que llevó a la declaración de guerra de Hitler en el Atlántico, fueron los mecanismos usados para aprovechar el "movimiento de las placas tectónicas" de la Segunda Guerra Mundial.
El lamento sobre la "tontera" de Wilson de no quedarse con el poder mundial, no significaba, por supuesto, que el "imperialismo republicano" de Washington no obrase constantemente para desplazar a sus rivales europeos de las fuentes de la riqueza y del poder. Terminada la Primera Guerra Mundial, Sir Winston Churchill entendía bien las intenciones de sus hermanos anglosajones allende del mar. "He llegado a la conclusión que mientras los Americanos son excluidos de una participación en el petróleo de Irak, no veremos el fin de nuestras dificultades en Medio Oriente", escribía.
Y en otra formulación que revela la misma, profunda comprensión de los problemas de Medio Oriente y de sus vías de solución, aconsejaba el uso de gas tóxico contra los árabes rebeldes de Mesopotamia, incluyendo mujeres y niños, porque las naciones civilizadas tienen el derecho de usar todas las armas a su alcance contra naciones o tribus "incivilizadas". Las recetas civilizadoras de Sir Winston Churchill ---recién considerado por los ingleses el más grande de los británicos, por encima de Isaac Newton y William Shakespeare--- se adelantaron ochenta años a las de George Bush, Ariel Sharon y Saddam Hussein.
Zbigniew Brzezinski, exasesor del Consejo de Seguridad Nacional de James Carter, entiende que la capitalización del "momento de transformación" creado por la caída de la Unión Soviética y los atentados del 11 de septiembre, debe realizarse en Eurasia. El poder que domina Eurasia, domina el continente más grande del globo y su "eje axial geopolítico", junto con alrededor del 60 por ciento del Producto Mundial, 75 por ciento de la energía mundial y 75 por ciento de la población mundial. Es por eso, que Eurasia es "la tabla de ajedrez, sobre la cual se continúa jugando la lucha por la primacía global".
En ese ajedrez, George Bush es el rey. Sus oficiales eurasiáticos se llaman Ariel Sharon, Pervez Musharref, Tony Blair, José Maria Aznar, Silvio Berlusconi y Vladimir Putin. El jaque mate definitivo a los intereses de los pueblos y a la democracia burguesa, es el fin estratégico. El establecimiento del Departamento de Seguridad Nacional (Department of Homeland Security), que, contrario a su nombre, es el centro de inteligencia y represión global; la ampliación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y su conversión en una fuerza militar de agresión global, con la nueva Doctrina Bush; la abrogación del convenio contra misiles estratégicos (Salt II) y la iniciativa de la guerra del espacio ( Starwars); la sustitución de las armas de fuego por armas de alta energía (laser) y el sabotaje a la Corte Penal Internacional, son algunas de las posiciones que Bush y sus oficiales han conquistado en muy poco tiempo, aprovechando la coyuntura del 11 de septiembre al máximo.
Si los otros jugadores no se dan cuenta pronto del grave peligro para la humanidad que implica este avance de las fuerzas de la antihistoria, las consecuencias pueden ser terroríficas. Las placas tectónicas se están moviendo, como dice "Condy" Rice. Hay que impedir que sepulten la escasa democracia que hoy disfrutamos.