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Porto Alegre y La Habana
El pasado mes de febrero fue escenario de dos grandes acontecimientos, de
diferente naturaleza pero de idéntico significado: el Segundo Foro
Social Mundial, reunido en Porto Alegre, y el IV Encuentro Internacional de
Economistas, convocado por la Asociación Nacional de Economistas y
Contadores de Cuba, para discutir en La Habana los problemas de la globalización
y el desarrollo. En el primer caso se trató de un evento multitudinario,
donde más de cincuenta mil personas registradas se dieron cita en la
emblemática ciudad brasileña para examinar los desafíos
teóricos y prácticos planteados por la globalización
neoliberal y para coordinar las distintas iniciativas nacionales de resistencia
a la misma. En Porto Alegre se refutó con la inapelable contundencia
de los hechos a los agoreros que a partir del 11 de setiembre pronosticaban
el debilitamiento del impulso contestatario como consecuencia de la creciente
militarización del sistema internacional promovida por Washington,
el recorte de las libertades civiles y la criminalización de la protesta
social tanto en los capitalismos metropolitanos como en sus satélites
neocoloniales.
En La Habana, por su parte, el fervor militante se combinó con la rigurosidad
académica del más alto nivel para analizar el fracaso del neoliberalismo
y el holocausto social que está produciendo en los cinco continentes.
Lo interesante del caso es que dicha conclusión brotaba no sólo
de las interpretaciones aportadas por los críticos del neoliberalismo
sino que ellas también se desprendían, si bien no siempre de
modo directo, de muchos de los análisis efectuados por economistas
inscriptos en el paradigma dominante del pensamiento económico contemporáneo
–como los dos Premios Nobel de Economía allí presentes, Josepth
Stiglitz y Robert Mundell; o el profesor de Harvard Jeffrey Sachs–, o los
que exponían los representantes oficiales de las instituciones financieras
internacionales que también pudieron hacer oír su voz en el
encuentro. Aun los voceros más identificados con el recetario del Consenso
de Washington, como los economistas del BM y el FMI, tuvieron que admitir,
abrumados por las evidencias que se alzaron en contra del mismo, que las recomendaciones
emanadas desde Washington no garantizaban el crecimiento económico
ni, mucho menos, la equidad en la distribución de sus frutos. Una vez
más el pensamiento crítico dio muestras prácticas de
su superioridad intelectual y moral. Intelectual, porque destruyó uno
por uno los argumentos del discurso neoliberal y demostró que la lucha
contra el neoliberalismo es una causa universal de la humanidad, y no sólo
de los socialistas. Superioridad moral, puesto que en el evento de La Habana
se tuvo especial cuidado de invitar a los representantes del saber convencional
de la ciencia económica, mientras que en los foros dominados por éste
los economistas e intelectuales de izquierda son sistemáticamente excluidos.
La razón es bien simple: las ideas económicas dominantes no
resisten el rigor de la prueba y se derriten al calor de una discusión.
El pluralismo evidenciado en La Habana es un lujo que sólo se puede
dar el pensamiento crítico. El neoliberalismo, doctrina que expresa
la tiranía de los mercados, sobrevive tiranizando el pensamiento, silenciando
a sus adversarios y ninguneando a sus críticos. Claro está que
la historia nos enseña que cuando un sistema ideológico llega
a esos extremos sus días están contados. Con esas tácticas
podrá tal vez retrasar, mas no impedir, su ocaso definitivo.