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10 de febrero de 2002
Porto Alegre 2002
Inmanuel Wallerstein
La gran ofensiva neoliberal para socavar las ganancias que habían obtenido
las poblaciones del mundo en el periodo posterior a 1945 se lanzó de
manera simbólica (y real, en cierta medida) al convocarse la primera
conferencia de Davos, en 1971. Se planeó como un lugar de encuentro
para los poderosos del mundo ?directores de los más grandes bancos
y corporaciones, líderes políticos, figuras clave en los medios?
para consultar unos con otros, crear una retórica propia y coordinar
estrategias.
Hasta mediados de los años 90 esto parecía sorprendentemente
exitoso. Los principales regímenes soviéticos fueron desmantelados,
los movimientos históricos nacionales de liberación quedaron
desprestigiados o reducidos. La retórica del desarrollo (ya no digamos
la del socialismo) había sido remplazada en todo el mundo por la retórica
de la globalización, para la cual, se dijo, no había alternativa
posible. Los partidos comunistas del mundo se habían convertido en
socialdemócratas, y los partidos socialdemócratas ya estaban
casados con el liberalismo de mercado que aparecía co-mo la versión
apenas diluida del liberalismo ligado a los partidos conservadores.
Las fuerzas de Davos aceleraron a toda máquina y de pronto se toparon
con problemas. El Acuerdo Multilateral de Inversiones, discutido en secreto,
que hubiera hecho ilegales legislaciones nacionales que restringían
las facultades de las corporaciones extranjeras, fue hundido en 1998, en parte
debido a la oposición de Francia.
Al año siguiente, en Seattle, una inesperada coalición de ambientalistas
y sindicatos estadunidenses se manifestó tan vigorosamente contra el
lanzamiento de una nueva ronda de pláticas de la Organización
Mundial del Comercio (OMC), que la reunión planeada ni siquiera procedió.
Esto fue un logro, principalmente, de los manifestantes estadunidenses. Y
siguió una cascada de protestas en Quebec, Niza, Gotemburgo y Génova,
todas exitosas. Y después llegó el Foro Social Mundial de Porto
Alegre, en 2001: 15 mil personas de todo el mundo, de toda clase de organizaciones,
que insistieron en que "otro mundo es posible".
La prensa occidental se mantuvo escéptica, pero la gente de Davos se
sintió perturbada. Decidieron llevar sus reuniones a lugares más
seguros, desde Doha, en los Emiratos Arabes Unidos para la reunión
de la OMC, hasta una remota localidad montañosa de Canadá para
la junta del Grupo de los Ocho, y a Nueva York para el Foro Económico
Mundial.
El ataque del 11 de septiembre de 2001 sirvió a los intereses de las
fuerzas de Da-vos. Las manifestaciones a gran escala, con sus riesgos de violencia,
parecían amenazadas por acusaciones de terrorismo. La bien protegida
reunión de la OMC en Doha re-lanzó las pláticas mundiales
sobre comercio. Pero ahora, cinco meses después de los atentados, se
llevó a cabo Porto Alegre II. Esta vez, los primeros cálculos
de asistencia ascendían a 50 mil personas. Esta vez, la prensa mundial
está prestando mayor atención a Porto Alegre que a Davos, salvo
en Estados Unidos, por supuesto.
Es un momento que hay que atesorar. ¿Cuáles han sido las fortalezas
de la coalición antiglobalización? La primera es que demostró
la amplitud y profundidad del apoyo popular del que goza en todo el mundo,
lo cual deja claro que en efecto hay una alternativa a la agenda neoliberal
de las fuerzas de Davos. El 11 de septiembre parece haber frenado el movimiento
sólo momentáneamente.
En segundo lugar, la coalición ha demostrado que la nueva estrategia
antisistema es factible. ¿Cuál es esta estrategia? Para en-tenderla
claramente debe uno recordar cuál fue la vieja estrategia. La izquierda
mundial en todas sus muchas formas -partidos comunistas y socialdemócratas,
movimientos nacionales de liberación- argumentaron por al menos cien
años (de 1870 a 1970, aproximadamente) que la única estrategia
practicable incluía dos elementos clave: la creación de una
estructura organizacional central y tener el objetivo primordial de llegar
al poder estatal de una forma u otra. Los movimientos prometieron que, una
vez en el poder de Estado, podrían cambiar al mundo.
Esta estrategia parecía muy exitosa, en el sentido de que en los años
60 una u otra de estas tres clases de movimientos había lo-grado llegar
al poder estatal en la mayor parte de los países de la Tierra. Sin
embargo, era evidente que no habían logrado transformar al mundo. De
esto se trató la revolución mundial de 1968; del fracaso de
la vieja izquierda en su intento por transformar al mundo. Esto llevó
a 30 años de debate y experimentación sobre las al-ternativas
a la estrategia orientada hacia el Estado que ahora parecía equivocada.
Porto Alegre es la protagonización de la alternativa. No existe una
estructura centralizada. Por el contrario, Porto Alegre es una muy flexible
coalición de movimientos trasnacionales, nacionales y locales, con
múltiples prioridades unidas primordialmente en su oposición
al orden mundial neoliberal. Y estos movimientos, en su mayoría, no
están buscando el poder del Estado, y si lo están buscando,
lo hacen partiendo de que ésta es sólo una táctica entre
otras, pero no la más importante.
Hemos dicho suficiente sobre las fortalezas de Porto Alegre. Es momento de
señalar sus debilidades. Sus fortalezas son sus debilidades. La falta
de centralización pue-de hacer difícil coordinar tácticas
para las batallas más duras que quedan por delante. Y tendremos que
ver también qué tan grande es la tolerancia hacia todos los
intereses que se representan, la tolerancia ha-cia las prioridades de unos
y otros.
Y si lograr el poder desde la estructura del Estado ya no es el objetivo primordial,
¿entonces qué lo es- Hasta ahora las fuerzas de Porto Alegre han luchado,
sobre todo, batallas defensivas: impedir a las fuerzas de Davos llevar a cabo
su agenda. Esto es importante, útil, y ha sido más exitoso de
lo que muchos hubieran predicho hace algunos años. Pero tendrá
que adoptarse una agenda seria y positiva. El im-puesto Tobin (para combatir
la especulación en los flujos de capital), eliminar la fórmula
del impuesto sobre la vivienda, cancelar la deuda de los países del
Tercer Mundo son todas propuestas útiles, pero ninguna es suficiente
para cambiar la estructura fundamental del sistema-mundo.
Lo que las fuerzas de Porto Alegre necesitan hacer de manera más clara
es: 1) analizar hacia dónde va, estructuralmente, la economía
capitalista mundial y cuáles son sus debilidades inherentes. 2) Comenzar
a delinear un orden mundial alternativo. En cierto sentido, el mundo está
nuevamente donde estaba a mediados del siglo XIX, pero tiene una ventaja:
cuenta con la experiencia y el aprendizaje a partir de los errores de los
pasados 150 años. Un nuevo mundo es posible, aunque no exista la seguridad
de que logre concretarse.
Traducción: Gabriela Fonseca