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4 de febrero de 2002
Porto Alegre: entre Davos y Guantánamo
M. Vázquez
Montalbán
El País
Porto Alegre
Noam Chomsky llegó al festival inaugural en mangas de camisa, acompañado
del señor alcalde del ala moderada del Partido del Trabajo y del señor
gobernador, que tal vez por pertenecer al ala izquierdista del mismo partido
iba vestido de gaucho. Desde Rio Grande do Sul hasta la Patagonia, el gaucho
fue la medida de un paisaje ganadero de la América blanqueada y el
Partido del Trabajo es la resultante de una suma de lo que fueron las izquierdas
del siglo XX. Su máxima figura, Luiz, tal vez presidente de Brasil
en 2006, tuvo tiempo y ganas de saludar a Ignacio Ramonet, Pepín Vidal-Beneyto
y un servidor.
Lula departía con Mario Soares o Danielle Miterrand o José Bové
a la espera de Chomsky, la guest star de la fiesta. En Ramonet saludaba Lula
al español que desde Le Monde Diplomatique ha dirigido una implacable
operación crítica del economicismo, propiciadora del espíritu
de Porto Alegre.
Hubo que esperar como se debe esperar a los mejores cometas, pero por fin
allí estaba Chomsky, rodeado de todos los rojos y los verdes del mundo,
asumiendo su condición de referente intelectual de una reconstituida
cultura de la protesta y del cambio.
Un Chomsky que más tarde analizó el sentido actual de la violencia
y de la industria de guerra, muy en la línea de su último libro
balance de lo que ha representado el 11 de septiembre del 2001.
Miles de contestatarios protagonizan en Porto Alegre la escenificación
de una catarsis de fuerzas de progreso que asumen la dialéctica del
conflicto del siglo XXI entre globalizadores y globalizados.
La trama del Foro Social se ha diversificado en frentes de dimensión
local
Cuando se decretó la dictadura de la teología neoliberal en
los años noventa del siglo XX, cualquier resto de cultura emancipadora
o simplemente contestataria fue señalado como muestra residual de las
utopías o nostalgias revolucionarias del siglo XX, pero el siglo XXI
ha inutilizado este discurso ante la evidencia de que el supuesto nuevo orden
internacional recuerda demasiado al antiguo desorden, aunque un nuevo lenguaje
trate de balsamizar la cruda tensión entre globalizadores y globalizados.
El primer Foro Social de Porto Alegre fue un ensayo general de convocatoria
de representantes de diferentes movimientos críticos o incluso repudiadores
de la globalización, y aquel ensayo general ya contrajo el compromiso
de ir más allá de la queja para acceder a la propuesta de una
alternativa al pensamiento único y al neodeterminismo del economicismo
neoliberal. Con todo, me confiesan los promotores del primer Foro, eran conscientes
de la carga de voluntarismo de aquella primera convocatoria y de las excesivas
posibilidades de fracaso.
Ahora el éxito del II Foro Social no sólo se demuestra en el
aumento milenario de los participantes o en que los medios de comunicación
de todo el mundo, entre ellos los españoles, hayan pasado del desdén
al envío de más de dos mil informadores, sino en que durante
el año que media entre el primer y el segundo Foro, las redes de movimientos
emancipatorios han aumentado en todo el mundo, como expresión de ese
nuevo sujeto histórico de cambio que se está conformando. La
nueva actitud de los medios de información se debe a que en el pasado
apostaron por el Foro Económico de Davos como políticamente
correcto y ahora han tenido que asumir el de Porto Alegre como lo informativamente
necesario.
La trama del Foro Social se ha diversificado en diferentes foros de dimensión
local y de distintos frentes emancipatorios, a manera de trama organizativa
globalizada que, al margen de la lógica del mercado informativo, debe
encontrar la fórmula de aunar y comunicar culturas críticas
pos-socialistas, neoanarquistas, poscomunistas, las diferentes gamas del verde
que componen la apuesta ecologista, antiguos movimientos sociales como el
sindical que tratan de reciclarse y nuevos movimientos que van de los Sin
Tierra de Brasil, los boveístas franceses o la Vía Campesina
hasta los indigenistas, neozapatista