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Babel al revés
Rosa Miriam Elizalde, enviada especial
PORTO ALEGRE.— Mientras escribo esta nota, a mi lado, en una sala de prensa
que parece una sauna promiscua en la era intergaláctica, dos colegas
se enredan en una charla que me da el pie para esta crónica. Oigo palabras
en portugués, inglés, italiano y español, y las manos
de ambas —y las risas— van y vienen, evidencia de que se entienden a la perfección
en este dialecto particular en el que nos hablamos todos en el Foro, independientemente
del idioma que una cargue en su mochila. Una de ellas comenta que llegó
ayer del Chaco paraguayo. La otra es vietnamita.
Las ideas que circulan son muy parecidas, y ante eso, el idioma no se resiste.
Había que estar en la marcha que inauguró este evento para darse
cuenta de la cercanía que existe entre un campesino filipino de Mindanao;
un muchacho de Villa Fiorito, en Buenos Aires, que te dice "cuando no tenés
nada, pensás que no vales nada", y un militante punk de pelo
verde y argolla en la nariz que está harto de las bandas neofascistas
en su ciudad.
Pero el problema no se resuelve con saber que uno tiene ideas comunes con
el vecino de al lado —todos entienden perfectamente que si sigue como está,
el planeta se va a bolina—, sino cómo organizarse para que este movimiento
dé en el blanco: en el corazón de ese poder invisible que a
todos gobierna, y que ahora se mudó a Nueva York, después de
hacérsele cada vez más difícil reunirse en secreto junto
a las pistas de esquí de la ciudad suiza de Davos.
¿SOLO ESPECTADORES?
Samir Amín, economista egipcio, es otro de los grandes "perseguidos"
en estos predios, por donde apenas ya se puede caminar, y en el que un bosque
de papeles —plegables, folletos, anuncios de citas urgentes— amenazan con
empapelar los salones de la Pontificia Universidad Católica de Porto
Alegre (PUC), la sede principal del Foro.
"No creo que eso pase exactamente así", contesta rápidamente
a la pregunta que más o menos todo el mundo se hace. Hay quien está
incluso temeroso de que este se convierta en una especie de "turismo progresista",
divorciado de los grupos sociales que más sufren la globalización
y que no podrán pagarse nunca un boleto para viajar ni siquiera a la
ciudad más próxima de la suya. "No, no creo que sea este un
foro para gente que solo mire y no pueda tomar decisiones. Aquí caben
todos aquellos que se reconocen en la Carta de Principios del Frente Social
Mundial", dice Amín, una voz verdaderamente prestigiosa.
Pero la realidad es que hay algunas tendencias que levantan comentarios entre
los participantes. Por ejemplo, la negativa del Comité Internacional
a invitar a partidos —se mete en un mismo saco a todos, deslegitimando las
estructuras políticas. O la renuncia a elaborar un documento final
para este segundo encuentro, que fije al menos posiciones en un frente común.
"No es nuestra idea enfrentar el pensamiento único con un documento
único", respondió Sergio Haddad, representante del movimiento
de Organizaciones No Gubernamentales de Brasil cuando se le preguntó
al respecto en una conferencia de prensa. Y, sobre todo, cierta pasión
por buscarle un "rostro humano" al capitalismo, con reformas que permitan
que sean menos los que se mueran de hambre. Pero, como diría un delegado
que intervino ayer en uno de los talleres dedicados a la lucha contra la Deuda
Externa, "el que no puede seguir siendo inmortal es el hambre. No podemos
resignarnos a que unos coman y otros no, a que unos sean personas y otros
criaturas desechables".
Y en eso de decir las cosas en pocas palabras y como deben ser, las mujeres
son sabias. Una red feminista del grupo MERCOSUR se apareció en Porto
Alegre con unos volantes que imitan las cajas amarillas que lanzó el
gobierno norteamericano a los afganos durante la guerra, para "ayudarlos"
con comida, mientras alfombraban de bombas aquel país. Es idéntica
la cajita, amarrada con sogas enceradas y con una etiqueta que dice "humanitarian
aid" (ayuda humanitaria). Adjunta, la lista con el menú: "Artículos
imprescindibles para la sobrevivencia: 10 kg de arroz/ mucha paz; 8 kg de
leche en polvo/ todos los derechos humanos; 7 kg de harina/ democracia verdadera;
3 kg de café/ justicia; 5 galones de agua potable/ equidad." Ni más,
ni menos.
DIVISION DEL TRABAJO
Ah, pero Babelia por fin se entiende, y eso es, definitivamente, lo que hará
posible el imposible. "Hace cinco años atrás poca gente le daba
fe a una reunión de este tipo, y míranos aquí, discutiendo",
me comenta Gennaro, corresponsal del semanario Brecha, de Uruguay, vecino
de la derecha en la sala de prensa, divertido también con la conversación
entre Paraguay y Vietnam, a un palmo de nuestras narices.
Y en un momento, estamos él y yo enredados en otra conversación.
Por muy tímido que parezca, cualquier proyecto de independencia de
los pobres de la tierra puede amenazar la división internacional del
trabajo, que atribuye a unos pocos la función activa de saquear las
riquezas mundiales y producir noticias y opiniones, y a todos los demás
la función pasiva de carecer de todo, y para colmo, consumir como si
fueran verdades las mentiras que nos cuentan.
Sobre la urdimbre de la realidad —"por jodida que sea la realidad", diría
en buen portuñol el gaucho Luiz, taxista de Porto Alegre—, nuevos tejidos
se están armando, y están hechos de muchos y muy diversos colores.
Los movimientos sociales alternativos cada vez se hacen sentir más.
"Somos como una nube de mosquitos, lanzados contra el sistema global", dice
el economista chileno Manfred Max-Neef en un plegable que ha circulado aquí.
"Más poderosa que el rinoceronte, es la nube de mosquitos. Que crecen
y crecen, zumban y zumban". Sí, Gennaro está de acuerdo, y yo
también, aunque antes de poner el punto final a la nota de hoy para
irme volando a alguno de los 800 talleres que andan sesionando, pienso que
por esta única vez la redacción de mi diario me permitirá
reconciliarme con los mosquitos.