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16 de abril del 2002
Foro Social Mundial: entrevista a Iosu Perales
En lucha con lo viejo, un nuevo mundo está naciendo
Marta Harnecker
HIKA
Formando parte de la delegación de la ONGD vasca, Hirugarren Mundua ta Bakea, Iosu Perales ha participado en Porto Alegre en la segunda edición del Foro Social Mundial, cuya capacidad de convocatoria ha roto todos los pronósticos. No ha sido, como dice Chomsky, un acto contra la globalización sino contra la globalización neoliberal. Ha sido una materialización mundial distinta orientada por los intereses de las grandes mayorías del planeta. Iosu Perales pasa revista a los aspectos más significativos de esta cita que es ya referencia para la izquierda social de los cinco continentes.
-¿Tú primera impresión del Foro Social Mundial?
-Iosu Perales- Es muy positiva. De hecho la fecha del 11 de septiembre está aún muy cercana y había algunas inquietudes derivadas de esa extensión del miedo a escala global que está desplegando Estados Unidos tirando del hilo de la militarización y de medidas policiales que amenazan gravemente las libertades. La tendencia a la criminalización del movimiento contra la globalización neoliberal podía influir negativamente en la capacidad de convocatoria del FSM y, sin embargo, las cifras han desbordado todas las previsiones, multiplicando por cuatro el número de participantes de la primera edición realizada también en Porto Alegre.
-¿No había asimismo ciertas reservas en torno a la unidad del movimiento tras los atentados de Nueva York?
-Es verdad que personalidades y organizaciones significativas que forman parte del movimiento reaccionaron de distinta manera tras el atentado de las Torres Gemelas, desde la condena a una comprensión cómplice, pero lo cierto es que el espacio del FSM, siendo plural, identifica en el neoliberalismo y la militarización del mundo a un adversario común. Por otra parte, la declaración final de los movimientos sociales condena los atentados del 11 de septiembre, calificándolos de terroristas. En realidad, por otra parte, hablar de unidad del conjunto del movimiento requiere matizar bastante. Han habido varios espacios dentro del marco general del FSM que expresan dicotomías o tensiones que yo destacaría al menos a modo de otros tantos ejemplos. Una primera tensión se ha dado entre instituciones, incluyendo en ellas a los partidos políticos y a las delegaciones parlamentarias, y los movimientos sociales. La presencia de la socialdemocracia en su diversidad, desde la vieja europea a otras versiones más críticas al neoliberalismo, ha tenido mucho peso en la participación de las instituciones, copando espacios centrales del FSM, los mejores auditorios. Lo cierto es que a diferencia de la primera edición del FSM, en esta oportunidad se ha dado un desembarco de la socialdemocracia, seguramente por dos razones: porque visualiza la doble dimensión, internacional y masiva, que va tomando el movimiento contra la globalización neoliberal, y porque necesita distanciarse en alguna medida de los centros económicos que imponen políticas transnacionales que generan más pobreza e inseguridad. Esta presencia ha sido incómoda para los movimientos sociales, situados en una crítica mucho más coherente y partidarios de una agenda de movilizaciones contra la causas estructurales de la pobreza y contra la guerra. Ciertamente era cuando menos contradictorio escuchar discursos por la paz y la justicia social de boca de ministros franceses o belgas, o del exministro español Borrell, o de decenas de parlamentarios y parlamentarias que apoyan de facto las guerras punitivas de Estados Unidos. Una segunda tensión, de acuerdo con lo anterior, podemos localizarla en la relación entre moderación y radicalidad. Los movimientos sociales, en general, no son partidarios del cabildeo y negociación con el Fondo Monetario Internacional, con el Banco Mundial y con los países más ricos del G-7. Su punto de vista es que es una ilusión pensar siquiera en la hipótesis de acuerdos para erradicar la pobreza, proteger la biodiversidad del planeta y construir una democracia participativa. De ahí que su agenda de luchas comprende ya más de veinte citas en todo el mundo, bajo el principio de que otro mundo es posible sólo mediante la movilización de los pueblos. Lógicamente, en el FSM, han estado presentes corrientes de pensamiento mucho más volcadas a la negociación, al desarrollo de lobbys con los gobiernos. De esta dicotomía podría extraerse la existencia de un campo de contradicción entre protestas y propuestas. Aceptarla de modo absoluto supondría creer que los movimientos sociales no hacen propuestas y de hecho son quienes plantean los puntos concretos más de fondo, cuando reivindican la abolición de la deuda externa, el fin de las actividades especulativas internacionales y la implantación de la Tasa Tobin, los derechos de las mujeres, la autodeterminación de los pueblos, etc. Lo que ocurre es que su programa, al ser radical, aparece como menos viable que las ofertas que pueden hacer los socialdemocratas y por consiguiente adquiere una dimensión de lucha de ideas y otra de manifestaciones en la calle. En todo caso en los movimientos sociales hay una gran variedad. No es lo mismo la red internacional Vía Campesina que incluye al Movimiento de los Sin Tierra de Brasil, cuya dinámica es de construcción de procesos sociales y económicos alternativos, y otras redes que se desenvuelven sobre todo en el ámbito de la ideología.
-¿Puede decirse, en consecuencia, que la unidad del FSM es sólo una apariencia mediática?
-En mi opinión es más acertado no caer en conclusiones simplificadoras, en ninguno de los sentidos. Lo cierto es que el FSM ha logrado un impacto mediático internacional muy considerable, y ello es posible en virtud de su pluralidad. Todo el que quiera otro mundo, otro desarrollo y otra democracia, tiene un lugar en el FSM. Precisamente puede decirse que es un acierto la no pretensión de llegar a conclusiones cerradas para todos y todas las participantes. El FSM es un marco facilitador de reflexiones y debates, de intercambios de experiencias, de fortalecimiento de redes, todo lo cual permite que los movimientos sociales se reunan y acuerden sus conclusiones, que las delegaciones parlamentarias hagan lo propio, al igual que las y los alcaldes de todo el mundo, y lo mismo las ONG de cooperación al desarrollo, los sindicatos, etc. De manera que las disensiones hay que considerarlas como un motor que multiplica la capacidad de convocatoria y las posibilidades de relaciones dialógicas. Si el FSM fuera monolítico seguramente no valdría la pena.
-Sin embargo, algunos principios deberán ser parte de la señas de identidad del FSM.
-En un plano teórico desde luego. Hay una carta de principios contra el neoliberalismo y el militarismo, y a favor de la justicia social, la equidad y la paz. Pero estos mismos principios pueden ser asumidos en una gradación que va desde la crítica moderada a la radicalidad. En otra esfera como es la moral, creo que el FSM en su conjunto tiene una dimensión humanista post-capitalista muy interesante, mas allá de las discrepancias internas. Sin embargo, no me parece tan revelador el que exista o no una gran unidad de criterios y enfoques, en una etapa que es de construcción de una alternativa global al neoliberalismo. Me parece más significativo el que exista una agenda de movilizaciones y nuevas citas para el debate, el que haya igualdad de oportunidades para las distintas corrientes de pensamiento, para instituciones y movimientos sociales, algo en lo que actualmente hay un cierto déficit.
-¿Quieres decir que ha habido un retroceso en este punto con respecto a la primera edición del 2001?
-Francamente sí. La primera edición tuvo acentos más sociales. En esta oportunidad, como ya he dicho, el desembarco de expresiones institucionales ha desplazado el centro de gravedad de la convocatoria. Pero, a pesar de todo, hay que matizar las críticas y considerar que es bueno que haya espacios para todos. En cierto modo puede producirse una cierta cooptación a favor de los movimientos sociales, pues el hecho mismo de arrastrar a delegaciones parlamentarias y de partidos políticos, quiere decir que el movimiento antiglobalización en su conjunto dispone de un gran potencial que está siendo valorado.
-Has comenzado a proponer algunas dicotomías, ¿hay alguna otra que consideras de importancia?
-Ya el año pasado se dio la convivencia de posiciones clásicas dentro de la izquierda con otras más frescas que cuestionaban aspectos centrales del ideario general del movimiento socialista. Esta misma dicotomía se ha producido ahora, pero con la novedad de que ha surgido la democracia participativa como un eje que parece unir a las diferentes izquierdas. No es casual la emergencia de este eje que tiene en Porto Alegre una experiencia exitosa. Ciertamente la democracia participativa puede ser útil en la regeneración de la vida política, pero también de los propios partidos demasiado cautivos de estrategias electoralistas. Hay varios ámbitos en los que podemos identificar las bondades de un esfuerzo que trata de hacer de la participación ciudadana un elemento significativo en las tomas de decisión, cuando menos de los poderes locales. En primer lugar puede contribuir al desarrollo de un nuevo enfoque en la construcción de estrategias de ruptura con el sistema económico y el parlamentarismo actual, superando las concepciones vanguardistas por una nueva disposición de las fuerzas sociales. Es desde abajo que deben articularse los procesos sociales, las luchas y las tomas de decisiones. El comité central sustituido por una alianza horizontal entre fuerzas políticas y sociales. En segundo lugar, la democracia participativa, supone experimentar nuevas modalidades democráticas superadoras de la arcaica democracia liberal y de los enfoques reduccionistas de la democracia que también han circulado y aún circulan por las izquierdas. En tercer término, es un camino interesante para el rescate de una ciudadanía amenazada por una globalización que desterritorializa a la gente. En cuarto lugar, la democracia participativa puede ayudar al fortalecimiento de identidades nacionales, sobre todo en países como los centroamericanos donde la globalización económica succiona a los estado-nación que son sumamente débiles. Finalmente la democracia participativa unida a una estrategia de desarrollo humano sostenible, al desarrollo endógeno, puede ayudar mucho a la superación de economías dependientes del exterior que deben ser re-orientadas hacia las necesidades internas. En todo caso, no hablo de una panacea sino de un grupo de oportunidades. Creo que en este FSM, este eje democrático alternativo ha sido providencial, en todo caso, para unir líneas de pensamiento que en algunos casos tienen componentes generacionales.
-Tú has participado en representación de Hirugarren Mundua ta Bakea que ha sido proponente de un Seminario, ¿puedes explicar cómo os ha ido?
-El Seminario surgió como respuesta necesaria al actual déficit de comunicación y debate entre ONG de la llamada Cooperación al Desarrollo y el movimiento antiglobalización neoliberal. Urge abrir vías de reflexión conjunta desde la convicción de que nuestros espacios se complementan y pueden multiplicar sinergias en orden a impulsar procesos sociales, económicos, políticos y culturales, tanto en el Norte como en el Sur, y a concertar una agenda global de movilización. Nuestra propuesta de diálogo en Porto Alegre, a partir de una alianza de 25 ONGD, parte de la asunción de un buen número de críticas de que es objeto el fenómeno general de las ONGD, en tanto que instrumentos potenciales de los gobiernos para la gestión tecnócrata de la pobreza. Lo que ocurre es que, al igual que entre los partidos políticos y lo sindicatos, hay una importante variedad de ONGD, de modo que sus conductas y su trabajo no pueden interpretarse de forma unívoca. Afirmamos que es posible una cooperación alternativa orientada al impulso de procesos sociales transformadores, de economías populares alternativas, de participación ciudadana, de defensa radical de los derechos humanos, de lucha por la igualdad de género, etc. Con esta filosofía realizamos un Seminario con la participación de delegadas y delegados de más de 20 países, logrando un marco de acuerdos que nos van a permitir abrir nuevos espacios en los próximos foros continentales.
-Hemos visto en las imágenes de televisión una gran cantidad de símbolos y colores, algo ya olvidado por estas tierras. Algunas voces han señalado que son expresiones de una izquierda algo ingenua...
-Bueno, está bien la racionalidad para tener los pies en el suelo, no hacer discursos ideológicos finalistas, no poner al enemigo más malo de lo que es ni embellecer nuestra propia imagen. Sin embargo, los símbolos e incluso los rituales forman parte de la necesidad de un mundo subjetivo, de un entramado de ideas y de sentimientos consistentes. En el marco del Foro Social Mundial, la imagen ganadora, con diferencia, ha sido nuevamente la del Che Guevara y en segundo lugar la bandera del Movimiento de los Sin Tierra. En el caso del Che creo que se trata sobre todo de un referente moral, con las luces de la entrega coherente hasta al final y las sombras que emanan de toda moral normativa. Por su parte la derecha tiene su símbolo en el dinero. Prefiero los símbolos que representan la fuerza del Ideal. Ese Ideal que siempre se anticipa a lo real y que constituye un hilo inspirativo, una fuerza espiritual. Creo que en Porto Alegre los símbolos han llenado las calles porque ha habido mucha fuerza social, donde no hay esa fuerza los símbolos son apenas reliquias. Esos símbolos, paradójicamente, nos dicen que, en lucha con lo viejo, un nuevo mundo está naciendo, precisamente porque son símbolos que se vuelcan al futuro como tantos valores de la izquierda de siempre.