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¿Quién llora en Puerto Alegre?
Rosa Miriam Elizalde, Juventud Rebelde
PUERTO ALEGRE.— Canta Elis Regina desde un altoparlante, y la voz dulce se
instala, soberana, en el parquecito: "Puerto Puerto Alegre/ antiguos amores/
nostalgia de tiempos que no veremos más...". Su voz se entrelaza con
la tarde, que se va a poquitos, entre los sauces llorones y las araucarias,
y la gente se queda quieta, disfrutando el espectáculo más preciado
de esta ciudad: la puesta del sol.
Sobre un lago que parece un mar, el Guaíba, va cayendo el sol más
anaranjado que pueda soñarse. A medida que se acerca a la superficie
del agua, otro sol, idéntico, se le acerca desde abajo, hasta que se
besan y se funden, y se pierden, y la noche todavía se resiste a llegar
como si se complaciera en dejarnos disfrutar un rato más la belleza
del mundo.
Dicen que los primeros habitantes de Porto Alegre fueron guaraníes
que llegaron hasta acá obedeciendo una ley ancestral. Tenían
por costumbre caminar y caminar la selva hasta que encontraban un lugar mágico
donde su brujo pudiese ver el nacimiento o la caída del sol. El antropólogo
Arno Kern explica: "Con palabras mágicas ellos pedían protección
para los herederos de los dioses y luz para encontrar el camino de la tierra
sin males. Solo en un lugar así podían hacerlo."
Habían echado a andar porque se sentían abandonados por sus
deidades, que en el pasado convivieron con ellos. Los guaraníes dedicaban
su vida a la perfección que los conduciría al reencuentro con
sus divinidades, y estaban convencidos de que eso podía suceder durante
la vida. Hablarle a los dioses frente al sol se repitió siglo tras
siglo en las colinas frente al lago.
ENTRE BÉLGICA Y LA INDIA
Solo se alcanza a ver toda la ciudad desde la Torre del Gasómetro,
el punto más alto, lugar donde dos alpinistas de Greenpeace colocaron
el viernes una enorme tela con el dibujo de un termómetro: en un extremo,
Bush; del otro lado, la Tierra. Pero no hay que subir tan alto para darse
cuenta de que la mayoría de los habitantes de Porto Alegre viven en
los barrios de la periferia, muchos en casas milagrosamente colocadas sobre
los peñones de los cerros próximos, en casuchas que en la noche
son solo lucecitas que cuelgan desde un balcón frente a un enorme y
quieto estanque.
Aquí se ha experimentado un proyecto, dirigido por el Partido de los
Trabajadores (PT) que ha ganado reiteradamente las elecciones en el estado,
en el que los ciudadanos intervienen directamente en la elaboración
del presupuesto del municipio, y como resultado, en trece años ha podido
invertir en escuelas, hospitales, pavimentación, alcantarillado, transporte,
recogida de basura, parques y jardines... Eso explica la razón por
la que esta ciudad de tradición gaucha, con un millón y medio
de habitantes, ha sido escogida para el Foro Social Mundial contra la Globalización,
y será también la sede del encuentro del próximo año.
"Es posible repartir mejor la riqueza, incluso en Brasil, el país donde,
según las estadísticas mundiales, más abrumadoramente
se marcan las diferencias sociales. Tal es así que el brillante economista
Edmar Bacha ha bautizado a su país con otro nombre: Belindia, `porque
una minoría consume como los más ricos de Bélgica, mientras
que la mayoría vive como los pobres de la India".
"En Porto Alegre vivimos también entre el sueño y la desesperación,
angustiados porque podamos perder lo que hemos logrado, con apenas un golpe
de dados: el ALCA, las crisis económicas de la región o, sencillamente,
que el PT pierda el poder", dice Sebastiâo Alvares, estudiante de Derecho
de la PUC, la universidad donde sesiona una buena parte de los eventos del
Foro. Habla bajo ahora, como si se tratara de una conspiración que
me involucra: "Pero tenlo por seguro, cubana, en lo que el mundo va y viene
seguimos probando también que otro Brasil es posible."
AGUA POR TODAS PARTES
Puerto Alegre fue llamado por los primeros conquistadores, portugueses cazadores
de indios, Esquina del Río Grande. Recibió ese nombre por estar
a la vera del Lago Guaíba, que une dos grandes extensiones de aguas
navegables, el Río Jacuí y el Lago de los Patos, en un extremo
de la provincia Rio-Grandese, la mayor del Estado Rio Grande do Sul.
En tierra fascinada por el agua, donde llueve intespestivamente casi todos
los días, hasta las calles tienen nombres marcados por húmedas
evocaciones. Es muy difícil que el forastero que camine el centro de
Porto Alegre no se dé cuenta, yendo a pie, que de la Rua (calle) de
la Playa se alcanza la Rua del Aguador, y luego, Arroyo, y de ahí a
Riachuelo, y más adelante a Molino de Agua.
Pero en este punto, el detalle más conmovedor lo descubrí gracias
a Teresinha, una mujer que vende empanadas cerca del viaducto Obirici, en
el barrio Passo da Areia, al norte de la ciudad. Allí está la
estatua de una muchacha guaraní que implora al cielo, sentada sobre
una roca, mientras una lágrima enorme, como una perla, cae de sus ojos.
Teresinha me cuenta que la bella Obirici, hija de caciques, y su amiga Iurá
amaban al mismo hombre, Arakém, quien enamoraba a las dos y sugirió
un duelo con arco para forzar el destino. Obtendría todo su amor quien
hiciera llegar la flecha más lejos.
Aunque Obirici era más hábil, prefirió perder para no
apenar a su amiga. Cuando Iurá partió del brazo de Arakén,
Obirici lloró. Lloró tanto que sus lágrimas corrieron
y formaron un riachuelo, el Ibicuareta, que a su vez se enlaza con otro que
va a morir al Guaíba. Teresinha dice que ese lago-mar está hecho
de las lágrimas de Obirici, y de las de ella también, y de la
otra vendedora, y de toda la gente que pasa. De todos los que nada tienen,
de todas las mujeres y los hombres que sufren.
Casi no puedo creer lo que me acaba de decir esta mujer, con su lógica
aplastante. Ella, precisamente, que debe conocer muy bien la otra historia,
la del brujo que supo adivinar que Porto Alegre era un lugar mágico.
Le pregunto. Teresinha se ríe. Claro que se la sabe. Es ley guaraní:
la tierra sin males es posible encontrarla en esta vida.