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Foro Social Mundial de Porto Alegre - 2002

16 de abril del 2002

¿"Gauche divine" o izquierda cretina?

Luis Alsó Pérez

Arrecian las críticas al Foro Social Mundial de Porto Alegre por parte de los dogmáticos, obcecados en darle a los demás en la cabeza con los Libros Sagrados (la letra con sangre entra) o excomulgarlos. Destacando entre estos, una vez más, James Petras, quien sigue sin entender el movimiento antiglobalización neoliberal y, por ende, el Foro. Primero lo ignoró olímpicamente, despues habló de él despectivamente y por último -¡qué remedio!- acabó personándose allá. Claro que, según él, hubo dos Foros (v. Porto Alegre 2002: Una historia de dos foros) y él se fué al bueno, o sea al "revolucionario", que, a su juicio, debería escindirse ("otro Foro es posible" dice) en la próxima convocatoria si los "reformistas" no se avienen a razones.. Aunque parezca mentira, en una cita de la sociedad civil mundial, heterogénea por naturaleza, los dogmáticos- se empeñan en repartir certificados de ortodoxia; elevando el listón del consenso para dificultarlo (la propia CIA, una de cuyas máximas preferidas es "divide y vencerás", no lo haría mejor). Una izquierda, hasta ayer no más "desarmada y cautiva", se impacienta ahora por asaltar el Palacio de Invierno Global, equipada con el herrumbroso arsenal de armas remanentes de sus recientes derrotas. Afortunadamente, otros marxistas como Samir Amin (v. Convergencia en la diversidad), con una visión lúcida del Foro, hacen un esfuerzo de síntesis integradora. En esta misma línea clarificadora, vamos a tratar de aportar nuestro grano de arena antes de que esa izquierda lo desintegre de tal modo que proceda aplicarle aquella frase-epitafio de Groucho Marx "partiendo de la nada, hemos escalado las mas altas cotas de la miseria". Para ello empecemos por deshacer algunos malentendidos que se suelen aflorar en debates hablados o escritos:
El movimiento antiglobalización neoliberal –no antiglobalización, como matiza acertadamente N.Chomsky- no es un movimiento por el socialismo global, sino un frente antiimperialista. Esta es la primera confusión de la que parten muchos dogmáticos. Se opone al capitalismo en su versión neoliberal, salvaje y globalizadora, pero no excluye como alternativa teórica un sistema de mercado que se subordine a los imperativos sociales y ecológicos. Suponiendo que a la compleja sociedad civil que lo integra se la pudiese encajonar fácilmente en las categorías políticas clásicas, díríamos que es "de izquierda" sólo en un sentido amplio, que incluye desde la socialdemocracia clásica (la del "estado de bienestar", no de la "tercera vía") hasta el anarquismo mas radical. Por la misma razón, el Foro no trata de imponer un modelo para todos los países, pues su misión no es ni puede ser establecer una alternativa global integrista -como hace el neoliberalismo con el pensamiento único- sino unas líneas básicas de convivencia planetaria, algo así como un pacto social mundial (o Pacto Planetario como dice Susan George). Es decir, un pacto de mínimos, pero que supone un salto cualitativo con respecto al escenario actual en cuanto determinaría, si no el fin del mercado, el fin de la dictadura del mercado (Petras y sus acólitos exigen un pacto de máximos, como si el Imperio fuese un tigre de papel y la revolución mundial estuviese a la vuelta de la esquina). El Foro no es, por tanto, un encuentro de la izquierda mundial, sino un encuentro de la sociedad civil mundial insurrecta, que trata de consensuar alternativas a partir de una convergencia mínima, que no presupone la supresión de las diferencias (aunque algunas puedan limarse en el proceso). Ello no excluye que esa sociedad civil pueda constituirse hoy en nuevo sujeto revolucionario en países en una situación límite, como Argentina. Pero el Foro, por sí mismo, no es –ni puede ser hoy por hoy- un instrumento para la revolución socialista mundial, como sueña esa izquierda impaciente.
En el Foro inevitablemente se reflejan, junto a las zonas de convergencia, las diferencias ideológicas de aquella sociedad civil, así como las de la propia izquierda. Estas son anteriores al Foro y no creadas por él, ni es misión del Foro zanjarlas. Pretenderlo como precondición para la lucha contra el Imperio globalizador equivale a desear larga vida a éste. Por ello, cuando Petras habla de "dos Foros", estableciendo una arbitraria división entre "revolucionarios" y "reformistas", demuestra concebirlo, erróneamente, como un instrumento vertebrador de la izquierda mundial para el asalto al Imperio. Esa visión distorsionada, de generalizarse, acabaría provocando una división de ese amplio movimiento, antesala de su destrucción. Por ello dice Samir Amin: "construir la convergencia del conjunto de movimientos y fuerzas sociales a través de las cuales es expresan las víctimas del capitalismo neoliberal globalizado exige, sin duda alguna, el respeto a su diversidad".
¿Podemos, por otra parte, hablar de ortodoxia socialista?; ¿es que dentro de la propia izquierda "revolucionaria" no hay diferencias profundas de concepción de la revolución?; ¿cabe equiparar, por ejemplo, la práctica supresión del estado que postula el pujante movimiento anarquista con el estado hiperburocratizado con el que sueña aún alguna izquierda nostálgica?; ¿por qué hablar entonces –dando por supuesta una unanimidad que no existe- de dos Foros en Porto Alegre y no de tres o de cuatro?. Los dógmáticos olvidan que la izquierda ha dejado de ser "divina" y ya no hay dogmas ni libros revelados en que basar una alternativa integrista. Esa izquierda, por otra parte, sigue concibiendo la revolución como un acto y no como un proceso; y. tampoco entiende la difererencia entre "tomar el poder" y "condicionar el poder", como diría el comandante Marcos. Su impaciencia revolucionaria está detrás de la critica a las luchas sectoriales contra el Imperio, aplicándoles el despectivo calificativo de "reformistas" si no postulan un asalto frontal al mismo: ATTAC (¿era un "reformista"el pobre Pierre Bordieu por pertenecer a este movimiento?; ¿lo es Fidel Castro por haber defendido la Tasa Tobin en la Cumbre de Monterrey?), la práctica totalidad de las ONGS y numerosos movimientos sociales quedan descalificados de un plumazo. Llevando esa lógica a su extremo, cabe preguntarse: ¿fue una muerte estúpida -en vez de heroica- la de los "mártires de Chicago" porque su reivindicación de la jornada de ocho horas no implicaba el fin del capitalismo?; ¿es reformista el movimiento de oposición al ALCA porque no postula la implantación del socialismo en America Latina?; ¿debemos ignorar la lucha de los pequeños granjeros norteamericanos presentes en Seattle contra las multinacionales porque no piden la colectivización del agro estadounidense?. Esas luchas no son reformistas ni antirreformistas; establecer esa dicotomía es, sencillamente, improcedente, porque se trata de luchas sectoriales que no excluyen objetivos mas amplios, como tampoco los excluye el Foro. Como apunta acertadamente Buades Castell (v. Discrepando de Jesús Blanco, REBELIÓN 21 Febrero, sección "Lucha antiglobalización") : "EL Foro Social no tiene por qué ser un Foro Revolucionario, un Foro Socialdemócrata o un Foro Libertario, sino un punto de debate, de encuentro y de reflexión entre gentes que dicen que tienen por objetivo común la lucha contra el neoliberalismo......No conozco ninguna Asociación de Vecinos Revolucionaria, ni ninguna Asociación de Consumidores Revolucionarios.....".
Llevados por su integrismo, los dogmáticos resaltan las divergencias entre los participantes en el Foro, minimizando las importantes zonas de convergencia que justificaron su convocatoria. De aplicarse ahora mismo las reivindicaciones sectoriales mayoritariamente consensuadas en sus dos ediciones, harían ya posible otro mundo. La tasa Tobin, por sí sola, no es revolucionaria; como tampoco lo es la supresión de los paraísos fiscales, la cancelación de la deuda externa, la soberanía alimentaria, la supresión de las patentes de biodiversidad, el rechazo al FMI-BM, al ALCA y un largo etcétera. Pero todas esas reivindicaciones juntas trastocarían profundamente el escenario actual, diseñando otro en el que la propia alternativa revolucionaria sería mucho más viable. Incluso el modelo de "estado de bienestar" resulta hoy inasumible –casi revolucionario- para el imperialismo en su actual etapa neoliberal (el caso Lafontaine es harto elocuente al respecto). Aunque, repetimos, lo que pretende el movimiento "antiglobalización"en Porto Alegre no es difundir ese modelo a escala planetaria, sino, en cualquier caso, establecerlo como referente mínimo para una economía de mercado. Hoy por hoy, la correlación de fuerzas y, sobre todo, el consenso democrático en la sociedad civil, no permite ir mas allá. Por la misma razón, la guerrilla marxista de las FARC colombianas – a la que los dógmáticos consideran víctima de la discriminación reformista en Porto Alegre- no fueron tampoco más allá en sus exigencias al gobierno de Pastrana durante las recién truncadas conversaciones de paz (lo que por cierto provocó un rasgado de vestiduras entre los dogmáticos canarios presentes en la charla de un representante de ese movimiento guerrillero). Tampoco el movimiento bolivarista –en el que las FARC se inscriben- pretende ir mas allá de una recuperación de la soberanía nacional, amenazada por el imperialismo yanqui, y algunas reformas de carácter socialdemócrata o populista (cabe señalar, por cierto, el contraste entre la comprensión y el apoyo incondicional prestado por Fidel Castro a Hugo Chaves, y la descalificación sistemática de Petras, que le tacha de "reformista"). No es improbable, además, que el Imperio, al no poder asumir las exigencias reformistas, se decante aún más hacia la dictadura mundial. Ello conllevaría una radicalización que favorecería la alternativa revolucionaria. La globalización neoliberal no sólo es incompatible con el "estado de bienestar", sino que -como bien se ha señalado- no puede admitir siquiera áreas de capitalismo autónomo, como Mercosur.
El frente antiglobalización neoliberal –y, por extensión, Porto Alegre- no trata de sustituir a los partidos ni a otros movimientos sociales, que siguen teniendo su propio ámbito de actuación. Se trata, como bien se ha descrito, de una red de redes, que conforma un frente antimperialista. Si recela de los partidos de izquierda es porque la mayoría de éstos, al implicarse en las instituciones, han abandonado y traicionado a la sociedad civil (y al internacionalismo), obligándola a autoorganizarse como fuerza extraparlamentaria. El movimiento antigobalización neoliberal no pretende constituirse en partido ni presentarse a las elecciones, sino constituirse como un contrapoder social global frente a un poder a su vez globalizado. No pretende tampoco anular las luchas locales sino insertarlas, coordinándolas, en un marco global para que sean eficaces; o, como dice Samir Amin: "asociar los avances locales (nacionales) a una perspectiva globalizadora universalista y antimperialista".
La izquierda dogmática parece incapaz de comprender que hoy lo prioritario es la creación de un frente antimperialista amplio y potente, ya que el actual escenario mundial hace prácticamente inviable la construcción del socialismo en un país aislado (como lo ilustra la precaria situación de Vietnam, Corea del Norte o la propia Cuba). Es decir, dar paso a un nuevo escenario en el que el capitalismo salvaje y globalizador –la dictadura del mercado- sea inviable; y propicie, por tanto, el paso a la fase socialista. Ello no lo puede conseguir la izquierda "pura" por sí sola, sino apoyándose en –y siendo respetuosa con- el grueso de la sociedad civil mundial, insurrecta pero plural. Como dice Samir Amin: "Construir esta convergencia es el desafío.....ninguna fuerza puede ignorar que en soledad es imposible cumplir con sus objetivos". Por ello Fidel Castro, a quien los dogmáticos consideran asimismo víctima de la censura reformista en Porto Alegre por no habérsele invitado (en un encuentro de la sociedad civil, esa invitación carece de sentido), en el IV Encuentro de Economistas sobre la Globalización celebrado en La Habana, afirmaba que esa tarea requiere el concurso de los socialistas de todo el mundo, "pero tambien de los ecologistas, los pacifistas, los defensores de los derechos humanos y las minorías, y de todos aquellos que encuentren intolerable el estado de cosas actual". ¡Que diferencia con esos dogmáticos que ven en cualquier ONG un enemigo embozado!. Resulta además incongruente que muchos dogmáticos defiendan el pacto con los "reformistas" en los parlamentos, en torno a un programa mínimo nacional (p.e.. en Francia) y lo rechace fuera de ellos en torno a un programa mínimo global.
Extrapolando la rígida estructura centralista de un caduco modelo partidario, los dogmáticos impacientes afean la heterogeneidad y "falta de organización" del movimiento contra la globalización neoliberal, que lo convierten, dicen, en una especie de "cajón de sastre" del que nada práctico puede salir (está claro que el Imperio tiene otro diagnóstico, porque, de lo contrario, dejaría de preocuparse y estigmatizarlo). Exigiendo la unanimidad propia de los integristas, no sólo no ven los trascendentales puntos de convergencia antes señalados, sino que su impaciencia les impide, asimismo, ver que una amplificación de la convergencia puede y debe darse a lo largo de un proceso. Como señala Samir Amin en el trabajo mas arriba citado:
"estos movimientos (presentes en Porto Alegre) no conseguirán constituirse en en una izquierda alternativa a la nueva derecha, a menos que construyan una coexistencia, pese a su diversidad", y sean capaces de "formular objetivos inmediatos que abran camino a esta evolución". Para los dogmáticos, de acuerdo con su mecanicismo seudodialéctico, las masas no consolidan nada mientras no asalten el poder. Antes de ese momento no se puede hablar, según ellos, de revolución (la "hegemonía" gramsciana sería, pues, una ilusión y una pérdida de tiempo). Olvidan que conseguir la uniformidad ideológica, la organización centralizada y el poder institucional, tampoco garantiza nada, porque todo ello puede devenir instrumento de contrarrevolución, como ocurrió en la URSS y aledaños. Olvidan que la única revolución consolidada es la que se produce en las mentes y los corazones de las masas protagonistas (en las cuales los dogmáticos tienen muy poca fe, aunque no lo confiesen), y ésto requiere una revolución cultural –una interiorización de valores- que no se consigue en un día. Además, a estas alturas de la historia y ante esa impaciencia por "tomar el poder", cabe preguntarse, como hace buena parte de los teóricos de la izquierda latinoamericana: ¿pero qué es "el poder"?. En Argentina no se ha tomado la Casa Rosada, pero se ha derrocado a dos presidentes y se está configurando un poder popular paralelo (al ser hereogéneo y sin cabeza visible ha imposibilitado un descabezamiento a la chilena). El movimiento por las Asambleas del Pueblo (v. Rebelión 23 de Marzo, seción "Internacional") ha hecho una lúcida llamada desde Chile a construir ese poder paralelo en toda Latinoamérica.
No hace falta repetir que Petras sigue siendo un gran valor –en el doble sentido, intelectual y personal- para la izquierda mundial, pero que, aunque no es un dogmático, se comporta como tal ante el movimiento antiglobalización (y ante Porto Alegre) al que sigue viendo con viejas anteojeras deformantes. Se alinea entonces con – y sirve de poderoso estímulo a- esa izquierda integrista e impaciente que, creyéndose "divina", se comporta como cretina, y pretende sustituir, desde ya, la dictadura del mercado por la dictadura del proletariado. Aquel movimiento, que ha sobrevivido a las maniobras del Imperio para criminalizarlo y destruirlo, encuentra ahora su peor enemigo en estos dogmáticos que, sin haber participado en su gestación, no soportan que no se ponga a sus órdenes, y se aprestan a obsequiar, desintegrándolo, una nueva y definitiva victoria al capitalismo.

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