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Capítulo
I
Principios generales de la lucha guerrillera |
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3. Táctica guerrillera
En lenguaje militar, táctica es el modo
práctico de llevar a efecto los grandes objetivos estratégicos.
Es, en algunos modos, un complemento de la
estrategia y en otros una especie de reglamento de la misma; mucho más
variables, mucho más flexibles que los objetivos finales, los medios
deben adaptarse a cada momento de la lucha. Hay objetivos tácticos que
permanecen constantes durante una guerra y otros que van variando. Lo primero
que hay que considerar es el acoplamiento de la acción guerrillera a
la acción del enemigo.
Característica fundamental de una
guerrilla es la movilidad, lo que le permite estar en pocos minutos lejos del
teatro específico de la acción y en pocas horas lejos de la región
de la misma, si fuera necesario; que le permite cambiar constantemente de frente
y evitar cualquier tipo de cerco. De acuerdo con los momentos de la guerra,
puede dedicarse la guerrilla exclusivamente a huir de un cerco, única
forma de obligarla a una batalla decisiva que puede ser muy desfavorable, y
también a establecer luchas de contracerco (pequeñas partidas
de hombres presumiblemente están rodeadas por el enemigo cuando de pronto
el enemigo está rodeado por contingentes mayores, o esos hombres, colocados
en un lugar inexpugnable han servido de señuelo y todas las tropas y
el abastecimiento que va para el ejército agresor, han sido cercados,
han sido aniquilados de alguna manera). Característica de esta guerra
de movilidad es lo que se denomina minuet, por la analogía con
el baile de ese nombre: las guerrillas cercan una posición enemiga, una
columna que avanza por ejemplo: la cercan absolutamente, por los cuatro puntos
cardinales, pero con cinco o seis hombres en cada lugar y convenientemente alejados
para no ser a su vez cercados; se entabla la lucha en cualquiera de los puntos
y el ejército se moviliza hacia él; la guerrilla retrocede entonces,
manteniendo siempre contacto visual con el enemigo y se inicia el ataque desde
otro punto. El ejército repetirá la acción anterior y la
guerrilla también. Así sucesivamente se puede mantener inmovilizada
una columna enemiga haciéndola gastar cantidades grandes de parque, debilitándole
la moral a la tropa, sin mayores peligros.
Esta misma práctica debe aplicarse
a las horas de la noche, pero acercándose más, demostrando mayor
agresividad, porque es mucho más difícil un cerco en esas condiciones.
Es decir, la nocturnidad es otra característica importante de la guerrilla
que sirve para avanzar hacia posiciones que van a ser atacadas y también
para movilizarse en territorios no bien conocidos donde existe el peligro de
delaciones. Naturalmente, su inferioridad numérica hace muy necesario
que los ataques sean siempre por sorpresa, esa es la gran ventaja, es lo que
permite al guerrillero hacer bajas al enemigo sin sufrir pérdidas porque
no es lo mismo, en un combate entre cien hombres de un lado y diez del otro,
tener una baja por cada lado. La baja enemiga es recuperable en cualquier momento
y corresponde en este ejemplo a un uno por ciento; la baja de la guerrilla necesita
más tiempo para ser recuperada porque constituye un soldado de alta especialización
y es el diez por ciento del conjunto de las fuerzas operantes.
Nunca un soldado muerto de parte de las guerrillas
debe ser dejado con sus armas y con su parque. El deber de todo soldado guerrillero
es, inmediatamente que cae un compañero, recuperar estos preciosísimos
elementos de lucha. Precisamente, el parque, el cuidado que hay que tener con
él y su metodización al gastarlo, es otra característica
de la guerra de guerrillas. En cualquier combate entre una fuerza regular y
otra guerrillera se puede identificar a una y a otra por su manera de hacer
fuego: grandes concentraciones de fuego de parte del ejército regular
y tiros aislados y precisos de parte del guerrillero.
Cierta vez uno de nuestros héroes,
ya muerto, debió emplear su ametralladora durante casi cinco minutos,
ráfaga tras ráfaga, para impedir el avance de los soldados enemigos
y este hecho causó una considerable desorganización en nuestras
fuerzas porque consideraron, por el ritmo del fuego, que esa posición
clave estaba tomada por el adversario, pues era una de las poquísimas
ocasiones en que se había hecho caso omiso de la necesidad de guardar
tiros, precisamente por la importancia del punto defendido.
Otra característica fundamental del
soldado guerrillero es su flexibilidad para adaptarse a todas las circunstancias
y convertir en favorables todos los accidentes de la acción. Frente a
la rigidez de los métodos clásicos de guerrear, el guerrillero
inventa su propia táctica en cada momento de la lucha y sorprende constantemente
al enemigo.
En primer lugar, solamente hay posiciones
elásticas, lugares específicos de donde no puede pasar el enemigo
y lugares de diversión del mismo. Es frecuente observar la sorpresa con
que éste nota que un avance gradual, sorteando dificultades fácilmente,
se encuentra de pronto férreamente detenido y no hay posibilidades de
seguir adelante. Es que las posiciones defendidas por los soldados guerrilleros,
cuando se ha podido hacer un estudio cabal del terreno, son inexpugnables. No
se cuenta cuántos soldados atacan sino cuántos soldados pueden
defenderla, y una vez establecido ese número se defiende contra un batallón
y casi siempre, por no decir siempre, con éxito. Gran tarea de los jefes
es elegir adecuadamente el momento y el lugar en que una posición será
defendida hasta el final.
La forma de ataque de un ejército
guerrillero también es diferente; se inicia sorpresiva, furibunda, implacable,
y se convierte de pronto en una pasividad total. El enemigo sobreviviente, reponiéndose,
cree que el atacante se ha ido, empieza a tranquilizarse, a normalizar la vida
interior del cuartel o de la ciudad sitiada y de pronto surge un nuevo ataque
en otro lugar, con las mismas características, mientras el grueso de
la guerrilla espera los refuerzos presuntos; u otra vez, una posta que defiende
un cuartel es atacada de pronto, dominada, y éste cae en las manos de
la guerrilla. Lo fundamental es la sorpresa y la rapidez del ataque.
Muy importantes son los actos de sabotaje.
Es preciso diferenciar claramente el sabotaje, medida revolucionaria de guerra,
altamente eficaz y el terrorismo, medida bastante ineficaz, en general, indiscriminada
en sus consecuencias, pues hace víctimas de sus efectos a gente inocente
en muchos casos y que cuesta gran número de vidas valiosas para la revolución.
El terrorismo debe considerarse como factor valioso cuando se utiliza para ajusticiar
algún connotado dirigente de las fuerzas opresoras, caracterizado por
su crueldad, por su eficiencia en la represión, por una serie de cualidades
que hacen de su supresión algo útil; pero nunca es aconsejable
la muerte de personas de poca calidad que traen como consecuencia un desborde
de la represión con su secuela de muertes.
Hay un punto sumamente controvertido en la
apreciación de terrorismo. Muchos consideran que al usarse y exacerbar
la opresión policial, impide todo contacto más o menos legal o
semiclandestino de las masas e imposibilita su unión para las acciones
que serían necesarias en un momento determinado. Esto, en sí,
es exacto, pero sucede también que en los momentos de guerra civil y
en determinadas poblaciones, ya la represión del poder gobernante es
tan grande que, de hecho, está suprimida toda clase de acción
legal y es imposible una acción de masas que no sea apoyada por las armas.
Por eso hay que tener mucho cuidado en la adopción de medidas de este
tipo y analizar las consecuencias generales favorables que pueden traer para
la revolución. De todas maneras, el sabotaje es siempre un arma eficacísima,
bien manejada. No debe emplearse el sabotaje en inutilizar medios de producción
que deje paralizado algún sector de la población, es decir, que
deje gente sin trabajo, sin que influya esa paralización en la vida normal
de una sociedad; es ridículo un sabotaje contra una fábrica de
refrescos, pero es absolutamente correcto y recomendable un sabotaje contra
una central eléctrica. En el primer caso se desplazan unos cuantos obreros
y no se modifica el ritmo de la vida industrial; en el segundo caso también
habrá un desplazamiento de obreros, pero perfectamente justificado por
la paralización total de la vida de la región. Insistiremos en
la técnica del sabotaje en otro momento.
Una de las armas favoritas del ejército,
arma que se ha pretendido constituir en definitiva en los actuales momentos,
es la aviación; sin embargo, ésta no tiene acción ninguna
mientras la guerra de guerrillas esté en sus etapas primarias, con poca
concentración de hombres en lugares abruptos. La eficacia de la aviación
consiste en la destrucción sistemática de defensas organizadas
y visibles; para esto debe haber grandes concentraciones de hombres que hagan
estas defensas, lo que no ocurre en este tipo de guerra. También es eficaz
en las marchas de columnas por lugares llanos o lugares no protegidos; sin embargo,
este último problema se elude fácilmente realizando marchas nocturnas.
Uno de los puntos más débiles
del enemigo es el transporte por carretera y ferrocarril. Es prácticamente
imposible vigilar metro a metro un transporte, un camino, un ferrocarril. En
cualquier lugar se puede poner una carga considerable de explosivo que inutilice
la vía, o también explote en el momento de pasar un vehículo,
provocando, además de la inutilización de las mismas, una considerable
pérdida en vidas y material al enemigo.
La fuente de explosivos es variada: se puede
traer de otras zonas, o pueden servir las mismas bombas tiradas por la dictadura,
que no siempre estallan, o fabricarse en laboratorios clandestinos y dentro
de la zona guerrillera. La técnica para hacerlas explotar es muy variada:
la fabricación de los mismos también depende de las condiciones
de la guerrilla.
En nuestros laboratorios hacíamos
pólvora que utilizábamos como fulminante e inventamos varios dispositivos
para hacer estallar estas minas en el momento indicado. Los que daban mejor
resultado eran los eléctricos, pero la primera mina que se hizo explotar
fue una bomba arrojada por los aviones de la dictadura, a la que se le introdujeron
varios fulminantes y se le agregó una escopeta cuyo gatillo era halado
por un hilo. En el momento en que pasó un carro enemigo se disparó
el arma, provocando su explosión.
Se pueden ir perfilando esas técnicas
hasta un grado extremo y tenemos noticias de que en Argelia, por ejemplo, en
la actualidad se usan contra el poderío colonial francés minas
teleexplotables, es decir, por un sistema de radio a larga distancia del punto
donde ellas están situadas.
La técnica de emboscarse en los caminos
para hacer explotar minas y aniquilar a los sobrevivientes es de las más
remuneradoras en cuanto a parque y armas; el enemigo sorprendido no usa sus
municiones, no tiene tiempo de huir y con poco gasto de parque se consiguen
resultados apreciables.
A medida que se golpea al enemigo va cambiando
su táctica también y en vez de salir carros aislados transitarán
verdaderas columnas motorizadas. Sin embargo, eligiendo bien el terreno se puede
lograr el mismo resultado fraccionando la columna y acumulando fuerzas sobre
un vehículo. Hay que considerar siempre en estos casos, los elementos
esenciales de la táctica guerrillera, que son: el conocimiento absoluto
del terreno, la vigilancia y previsión de los caminos de escape, el conocimiento
y vigilancia de todos los caminos secundarios que pueden llevar al atacante
hacia ese punto, el conocimiento de la población de la zona; el apoyo
total de ésta en cuanto a abastecimientos, a transporte, a ocultación
transitoria y a ocultación permanente, cuando es necesario dejar compañeros
heridos, la superioridad numérica en un punto determinado de la acción,
la movilidad total y la posibilidad de contar con reservas.
Si se cumple con todos estos requisitos tácticos,
la sorpresa en las vías de comunicación del enemigo da dividendos
notables.
Parte fundamental de la táctica guerrillera,
es el trato a todos los seres humanos de la zona. Es importante, asimismo, el
trato dado al enemigo; la norma a seguir debe ser una implacabilidad absoluta
en la hora del ataque, una implacabilidad absoluta con todos los elementos despreciables
que se dediquen a la delación o al asesinato y una clemencia lo más
absoluta posible con los soldados que van a combatir cumpliendo, o creyendo
cumplir, su deber militar. Es buena norma, mientras no haya bases considerables
de operaciones y lugares inexpugnables, no hacer prisioneros. Los sobrevivientes
deben ser dejados en libertad. Los heridos deben ser cuidados con todos los
recursos posibles en el momento de la acción. La conducta con la población
civil debe estar reglada por un gran respeto a todas las tradiciones y normas
de la gente de la zona, para ir a una demostración efectiva, con los
hechos, de la superioridad moral del soldado guerrillero sobre el soldado opresor.
No debe ajusticiarse sin dar oportunidad de descargo al reo, salvo momento especiales.
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