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Jorge Luis Cerletti

 

"Sensatez y sentimientos"

Jorge Luis Cerletti
para La Fogata

"Sensatez."

La ya habitual recurrencia a los enormes números que dan cuenta de la crisis mundial provocan un nivel general de confusión por su gran distancia con la experiencia cotidiana. Y a esto se suman los sordos ruidos que generan los conflictos de intereses entre los principales actores del poder mundial que pugnan por transferir los costos de la crisis y ganar peso hegemónico luego de la tempestad.
Abordemos ahora algunas de las cifras que publica la prensa y procuremos que las fantásticas cantidades que nos abruman estén al alcance de la comprensión de los humildes mortales que somos, tan ajenos al conocimiento de "los expertos economistas" dueños del saber.
Comencemos por un repaso matemático. Un billón equivale a un millón de millones, o sea, a la unidad seguida de doce ceros y un millón es igual a la unidad seguida de seis ceros (hasta los millones aprobamos casi todos). Apliquemos estos números al compromiso asumido por el G-20 en la cumbre de Londres del 2/4/09. En Clarín del 3 de abril se lee: "Estímulos fiscales. Los países se comprometieron a lanzar planes de estímulo por US$ 5 billones (casi 10% del PBI. Mundial) entre este año y 2010." Y esa "promesa" surgida en medio de las discusiones y reyertas de los poderosos, no incluye los cuantiosos "socorros" ya empleados para auxiliar las "miserias" de la riqueza.
Consignemos que la población mundial ronda los 6.700 millones y pasemos ahora a hacer "cuentitas". Dividiendo los 5 billones de dólares por los 6.700 millones de humanos, da aproximadamente 746 dólares por cabeza, unos 35,5 dólares mensuales durante 21 meses (desde abril 09 hasta fin de 2010). Si la referimos a una familia tipo argentina daría un ingreso de 142 dólares mensuales para sus cuatro miembros, equivalentes a un subsidio familiar de unos $ 530.- hasta fin de 2010. Ahora si se destinara aquél monto a los mil millones de indigentes planetarios que "sobreviven" con un dólar diario promedio, éstos recibirían, durante el lapso señalado, una asignación aproximadamente 8 veces mayor.
Como nuestra temeraria ambición matemática no nos da resuello, vamos a realizar otra comparación. El gasto de 5 billones en 21 meses, comportaría un déficit fiscal cercano al 5% del PBI mundial anual (tasa atribuible a todas las naciones). O sea, sensiblemente superior al 3% de los déficits fiscales que autorizaba y exigía "la ciencia económica liberal" para cada país. Y ésta mal podía aconsejar distraer los dineros públicos en gasto social cuando tan necesario resulta el "ahorro" para la especulación financiera. Pero "cosas veredes Sancho", muchos de los mentores del sistema atribulados por el colapso actual, entre ellos los gurúes del FMI, claman por elevar el déficit para frenar "la caída de la demanda". Sin embargo, parece que la "tonificación de la demanda" de los pobres globalizados no entra en el cálculo de los expertos del establishment.
Añeja enseñanza aquélla de que el ocultamiento apadrina los intereses de los que medran con el saber. El enorme derrame de los dineros públicos (y de su amenazante deuda) se concentran en la cúpula de la pirámide para lubricar los comprometidos negocios de los culpables de semejante situación, cuestión de reanimar el funcionamiento del sistema. Es que los consabidos ajustes fiscales siempre estuvieron al servicio de imponer condiciones draconianas a los países periféricos alimentando a los pulpos internos en connivencia con los externos.
Y ya que mencionamos a la cúpula de la pirámide, sumemos otro dato para el espanto y que sólo puede regocijar a sus beneficiarios. ¡En el año 2007, 500 multimillonarios sumaban una fortuna de casi tres billones de dólares!
Otro argumento "fuerte" sobre los socorros es la "preocupación por los despidos" dado el sensible aumento de la mano de obra desocupada que está en plena expansión. Vayamos ahora al corazón industrial y dejemos de lado al parasitario sector financiero, responsable mayor de la crisis. Tomemos como caso testigo a la General Motors, una de las corporaciones más poderosas del planeta (hasta hace muy poco). Leemos que desde 2005 ha tenido pérdidas por 82.000 millones de dólares y que prácticamente ya ha consumido los 13.400 millones de dólares del préstamo de emergencia concedido en diciembre de 2008. Para evitar su bancarrota se impulsa ahora un último auxilio a condición de que realicen una reestructuración a fondo y que hagan las cosas bien. ¿Y de dónde brota la ola de despidos imprescindibles para "salvar" de la quiebra a semejante monstruo? Expliquemos la cuestión con un dato sugestivo: la demanda de 14 millones de automóviles cero kilómetros de la G.M. mermó a 9 millones. Típico caso de sobreproducción que tomó estado público en virtud de la crisis.
Obviamente, el "saneamiento" supone el cierre de sucursales, despidos y caídas de salarios. Lógicamente, peor sería que cerrara la transnacional arrastrando al conjunto de empresas a ella ligadas, sean filiales, autopartistas, tercerizados y demás yerbas. Pero si se nos permite un instante de sensatez, pensemos que la desocupación no proviene de la insuficiencia del aparato productivo de la empresa sino de su utilización en exceso como resultado de su avidez por la ganancia. El instrumental de trabajo vaya si existe y no obstante, quedará ociosa buena parte de él (y descartable otro tanto) mientras que numerosos trabajadores irán a la calle. Por supuesto que esto no es una novedad, es una característica inherente al régimen capitalista. De acuerdo a la dinámica del sistema, son fenómenos que ocurren cíclicamente (más allá de su escala) y cuya resolución termina dejando un tendal de heridos y de sufrimiento que aqueja fundamentalmente a la base de la pirámide. ¿Y esta "racionalidad" del sistema se aviene a una racionalidad al servicio del ser humano?
¿Es sensato reducir a las personas a meros consumidores? Debiera avergonzarse Descartes por no haber parido la idea de "consumo, luego existo". Injusto "cargo" que le hacemos al filósofo que lejos estaba de imaginar derivaciones semejantes. Es que el racionalismo en Occidente lleva su marca y sigue vivo a través de esta suerte de "racionalismo económico" afín a la idea de progreso. Dupla que se asocia al proceso de acumulación capitalista con sus logros materiales y sus miserias humanas. Y a la par que se potencia la ciencia, la tecnología y la producción, progresa el fetichismo de la mercancía y crecen exponencialmente los objetos a disposición de los consumidores cuya subjetividad adictiva depende de la posesión de aquéllos y ésta, de su capacidad para adquirirlos. Luego, el afán de lucro y la carrera por el prestigio social y el poder que emana de la concentración del capital, ha erigido al dinero y a todos sus derivados cada vez más abstractos, en los reyes de la creación. La "ética" del "tanto tienes tanto vales" ha progresado encubierta por los alegatos "democráticos" y de "derechos humanos" que el establishment y sus voceros esgrimen como pantalla de sus intereses.
Los grupos hegemónicos suelen ningunear las valoraciones críticas atribuyéndolas a sentimientos y principios éticos anacrónicos. Por supuesto que tales jueces nada dicen de la patética "moda retro" de recurrir a Keynes como salvavidas de ocasión y menos aún de la exhumación de Marx de buena parte de sus detractores. Al primero, lo invocan hasta afligidos liberales que, en medio de la tormenta, resucitan sus recetas intentando capear la crisis. Al segundo, lo leen los que quieren entender las causas profundas de dicha crisis detectando pistas que les sirvan para hallar remedios. Devaluado "realismo" que busca auxilio en las "anticuadas" ideas de quien conmovió al capitalismo y supo desentrañar las raíces del sistema. Lo cierto es que dentro del barco sistémico de la gran burguesía todos adhieren a la misma consigna: "sálvese quien pueda".

Sentimientos y subjetividad.

En el párrafo precedente quedó boyando una tácita imputación referida a los sentimientos y a los principios éticos. Y al margen del discurso dominante, es oportuno volver la mirada hacia nuestro propio campo.
La pasión y la consecuencia en jugarse por concretar los anhelos de justicia social y de igualdad, fueron los sentimientos que prevalecieron y que alimentaron las luchas de toda una época. Anidados en los procesos revolucionarios del siglo XX, resultaron un combustible sustancial para el despliegue de las energías liberadoras de entonces. Esos sentimientos correspondían a una racionalidad muy lúcida para enjuiciar al orden existente pero con verdaderas dificultades para juzgarse a sí misma.
El cambio de época que vivimos y que motiva estas reflexiones, se manifiesta en el imaginario socio político dominante y en la confusión que prevalece en nuestro campo. Sin embargo, las reservas colectivas e individuales no dejan de aflorar en el mundo y en nuestro país. Las esperanzas de sociedades mejores, más justas e igualitarias, se cifran en las múltiples experiencias que semejan siembras de una nueva subjetividad. Y se hallan en permanente tensión con los prejuicios y preconceptos que calaron hondo en nuestras concepciones y que devinieron importantes obstáculos para la causa de la emancipación. Obstáculos que fueron minando las conquistas revolucionarias del siglo pasado.
La racionalidad y la pasión revolucionarias fueron desplazadas por "la racionalidad" sin escrúpulos capitalista, hoy hegemónica, lo que instala una serie de interrogantes. Destaquemos los que nos parecen más significativos. ¿Existían nexos entre una y otra racionalidad? ¿Cómo interactúa la lucha política con las razones que pretenden fundarla y la subjetividad que aquélla genera? Una subjetividad emancipatoria emergente, ¿debe replantearse la paradigmática aseveración de Marx transcripta a continuación?: "El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia."
Dos aclaraciones previas. Las preguntas que formulamos implican nuestras respuestas por provisorias que ellas sean, lo cual no anula su validez como disparadoras de ideas al plantear aspectos claves de una problemática común. La segunda, delimita la cuestión al soslayar las corrientes expresamente irracionalistas, por ejemplo, las fundadas en el fanatismo religioso que incorporan un gran caudal de energía pero que suponen un tema aparte que cae fuera de este enfoque. Vayamos ahora a los interrogantes propuestos para explicitar sumariamente nuestro punto de vista.
La racionalidad socialista incluyó las bases materiales en el mismo paquete de la subjetividad revolucionaria. No por omisión de ésta sino por extrapolación. En ese sentido aportó una visión lineal del progreso basada en la superación de los modos de producción como dinámica histórica inexorable. Concepción preñada de economicismo que proclamó el protagonismo de la clase obrera en función del lugar que ocupaba en la producción. Asimismo, su concreción política dependía de la toma de conciencia de su condición de explotada. Éste fue el abc en el que abrevó nuestra militancia.
La conformación de una subjetividad colectiva asociada al factor económico y a lo político-ideológico como formador de conciencia, resultó una verdad parcial que dejó en pie la complejidad de lo cultural que atraviesa a toda la sociedad, sin distingos de clases, y cuyos tiempos representan un problema en sí mismo. Es más, la idea clasista fue tan fuerte que sobredimensionó la incidencia del proletariado pues en términos sociales era notoriamente minoritario en las grandes revoluciones. Eso se "solucionó" políticamente transfiriendo al partido los atributos de "la conciencia" y como motor del cambio. Traslación económico-política de una minoría sobre otra minoría. Y aquí no se trata de una cuestión de número sino de los presupuestos inherentes a la lucha de clases y a la constitución de los sujetos de cambio. Son tantos los ejemplos individuales y colectivos de transmutación de valores y de políticas inicialmente revolucionarias que obligan a repensar la cuestión.
Retornando a la producción material y a la tecnología, preguntamos ahora: los sentimientos positivos y las relaciones sociales del capitalismo de alto desarrollo, ¿son superiores a los que caracterizan a los pueblos originarios? No lo parece. Los sentimientos y las relaciones humanas que anidan en varios de los pueblos originarios son mucho más sanos que los que exhiben las sociedades "avanzadas" no obstante su formidable aparato económico. Y esto se puede constatar en el presente.
Sumemos otra pregunta: la presumible "superioridad" de la planificación socialista contrapuesta a la "anarquía" de la producción capitalista, ¿fue determinante en la gestación de una subjetividad emancipatoria? Pero hete aquí que las presupuestas ventajas de la organización productiva del socialismo, al menos de su razón de ser, no cortaron amarras con el "racionalismo" circunscripto al desarrollo material. Porque esta visión unilateral prevaleció en el campo socialista y tuvo incidencia en que no se lograran revolucionar las formas de vida capaces de gestar al imaginado "hombre nuevo". Malogrado símbolo de una subjetividad social antitética a la capitalista que se frustró en "el socialismo real" o si se prefiere, en "el socialismo de Estado".
Ahora, la praxis política sustentada en que "el fin justifica los medios", criterio expreso o subyacente en las prácticas tradicionales, bloqueó la perspectiva de la emancipación al hacer espejo con los medios que emplearon los mismos a quienes se combatía. Esto no supone desconocer diferencias ni muchas de las prevenciones y prácticas consecuentes que aportaron, entre otros, tanto Mao como el Che. Sin embargo, no pudieron escapar al recurrente medio que les posibilitó notables triunfos junto a la solapada erosión de lo que preconizaban: la concentración de poder en la vanguardia y el asalto al Estado cuya fusión resultó irreversible. Poderosos instrumentos que viabilizaron el triunfo de las revoluciones. Pero lamentablemente, significaron grandes victorias a lo Pirro. Es que el carácter de la política y sus modos de construcción constituyen piezas claves en el proceso de creación de las subjetividades promotoras de la emancipación.
Encaremos la última pregunta y aventuremos algunas conclusiones en torno a la parafraseada definición de Marx que sentó doctrina en la formación de la militancia.
La primer afirmación de la cita es válida referida a una periodización histórica amplia. Evidentemente existen sustanciales diferencias en la conformación de la subjetividad social en el esclavismo, el feudalismo o en el capitalismo. (Consideremos aquí que la categoría que usamos tiene correspondencia con lo que Marx designaba como "la vida social, política y espiritual en general".)
Pero aquella afirmación se relativiza tan pronto enfoquemos a los modos de producción por separado. Grafiquemos esto con una metáfora: el modo de producción material configura una foto de los distintos estadios, mas si se trata de la dinámica inherente a cada sistema debemos apelar a una filmación, a las imágenes en movimiento. O sea, los cambios en la producción material influyen en la subjetividad social pero no son más determinantes en la formación de dicha subjetividad que la lucha político-ideológica. No obstante, ocurre que en el capitalismo el factor económico tiene una gravitación decisiva que responde a su legalidad constitutiva. Sólo que los efectos que genera no pueden explicar la política ni la subjetividad revolucionarias, sencillamente porque para que éstas cobren existencia deben romper con la lógica del sistema y en este caso, con la hegemonía de lo económico, pilar fundamental de los sectores dominantes. Si no fuera así no existirían rupturas ni cualitativas transformaciones socio-culturales.
En la segunda afirmación de la cita referente al ser social, se presenta el mismo caso. Porque si éste es el que determina la conciencia, así, sin más, queda afuera la gestación de una subjetividad revolucionaria opuesta a la hegemonía político-cultural dominante.
Los "límites" del desarrollo material no se pueden establecer a priori. Pero lo que sí tiene que definirse previamente es la política y sus modos de construcción para que se abra un proceso destinado a transformar el status quo de las condiciones materiales vigentes, las que usufructúa una poderosa minoría que dicta las reglas del juego a la vez que engendra una subjetividad conservadora afín a sus intereses.
La explotación sin el poder que la sostenga, tiene sus días contados. Y el poder que no remite a la explotación carece de sentido en la historia de las sociedades clasistas. Mientras que una política revolucionaria debe resolver los deletéreos efectos que produce esa ominosa dupla. En esa tarea el socialismo básicamente no cambió las formas de producción capitalista al ejercer un poder cupular de signo semejante a los que patrocinaron la dominación. De esa manera no pudo romper el lazo entre las relaciones de explotación y las de dominio y desde éstas se restauraron aquéllas.
Hoy, una de las grandes cuestiones pendientes gira en torno a la consecución de una praxis transformadora asumida en interioridad y que de modo indisociable se proyecte al exterior. Y mal que nos pese, las carencias actuales reflejan la situación que vivimos luego del eclipse del socialismo. Y cuando decimos eclipse, queremos significar oscurecimiento transitorio y no desaparición del astro. Hagámonos cargo entonces de lo que nos corresponde. Porque el primer desafío pasa por los cambios internos para que la praxis que de allí emane vaya incidiendo en el conjunto de la sociedad. Luego, ¿no habrá que resignificar el carácter y el sentido de "las vanguardias"? Y si éstas son tan indispensables para desarrollar la lucha política, ¿sirve el modelo vigente, espejo del pasado?

Jorge Luis Cerletti
(Abril 14 de 2009)

Fuente: lafogata.org