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Entrevista a Jean-Luc Mélenchon
"El capitalismo no puede ser verde"
Mathieu Deslandes
Rue89
«No se trata de tontear, se trata de coherencia intelectual». El líder
del Front de Gauche se apoya en la ecología para «proponer una mayoría
alternativa de izquierda». Jean-Luc Mélenchon tenía ideas rojas. Helo aquí que
vuelve con un discurso muy verde. Tras las «muertes» sucesivas del comunismo de
Estado y de la socialdemocracia, propone refundar la doctrina socialista en la
ecología política. El resultado se bautiza como «ecosocialismo» y se le dedicará
una asamblea el sábado, 1 de diciembre. Este «ecosocialismo» es una tentativa de
modernización ideológica. Es también una apuesta estratégica que debería
permitirle, espera Mélenchon, congregar tras de sí a una gran parte del
movimiento ecologista y constituir «una mayoría alternativa de izquierda».
Convencido de que la crisis juega a su favor, el copresidente del Parti de
Gauche [Partido de Izquierda] advierte del «bloqueo» del país. Y ofrece sus
servicios a François Hollande: «Estoy listo para ser primer ministro».
Rue89: Vuelve usted como cantor del «ecosocialismo». ¿En qué se diferencia de
la «social-ecología» defendida por el PS?
Jean-Luc Mélenchon: ¡Encantado de enterarme de que el PS defiende una idea! Pero
cuando habla usted de social-ecología, contempla una ecología con la
preocupación por lo social. O bien lo social con sensibilidad ecologista. Eso se
queda en la superficie, sin tocar el fondo del sistema. Ecosocialismo es
socialismo. Es la nueva definición de la gestión socialista. Los dos grandes
modelos de organización del pensamiento y la acción socialistas se han hundido.
El primero, el comunismo de Estado, con un fracaso cuyo eco aún se escucha. El
segundo, la socialdemocracia, mucho más suavemente, por más que haya mucha gente
que crea todavía que no está acabada. Para hacer socialdemocracia, se precisa un
vínculo entre partido y sindicato y construir el Estado social. Ahora bien,
ninguno de los llamados partidos socialdemócratas de la Europa del Norte
mantiene un vínculo privilegiado con los sindicatos. Y no sólo no construyen el
estado social sino que lo destruyen. La capitulación ante las finanzas de
Papandreu en Grecia ha terminado el ciclo socialdemócrata. Esta máquina está
muerta, es un astro muerto, una configuración electoral que se aguanta por la
pintura y los oropeles que lleva, pero que ya no tiene contenido ni subversivo
ni emancipador.
La «gestión socialista», como usted dice, nunca ha brillado por su
preocupación ecologista...
Al empezar a aplicarse el comunismo por vez primera en la historia en un
país subdesarrollado, la dimensión del desarrollo de las fuerzas productivas
terminó por ocupar todo el espacio, hasta el punto de que se confundió el
socialismo con el desarrollo de las fuerzas productivas sin ninguna visión
crítica del contenido ni de lo que se producía, ni de cómo se producía ni a qué
precio para el metabolismo hombre-naturaleza. En cuanto a la socialdemocracia,
tiene una incapacidad radical de ser ecologista, puesto que se impone como
objetivo repartir los frutos del crecimiento. No solamente cuenta con no tocar
el núcleo del pastel principal sino que como se propone repartir lo que haya, no
puede hacer nada sin crecimiento permanente e infinito. Ahora bien, el
ecosistema es limitado...De hecho, la relación del hombre con la naturaleza era
algo impensado en el socialismo. Sin embargo, disponíamos de toda clase de
materiales para reflexionar.
¿En qué está usted pensando?
¡En el marxismo! Ese ha sido, por otra parte, un momento de mi recorrido
intelectual bastante estimulante cuando he vuelto a sumergirme en Marx. Otros lo
habían hecho antes que yo, pero yo no había seguido sus trabajos. Intenté
acordarme de cómo planteaba Marx las relaciones del hombre y la naturaleza. No
me acordaba más que de una expresión: definía la naturaleza como «cuerpo
inorgánico del hombre». Gracias a las maravillas de los motores de búsqueda, he
vuelto a caer justo en el texto en el que Marx ha descrito con detalle el hecho
de que el hombre y la naturaleza constituyen una sola e idéntica entidad frente
a la cual el capitalismo ejerce un efecto de agotamiento. El ecosocialismo no es
otra cosa que la doctrina del movimiento socialista refundada en el paradigma de
la ecología política. La gran diferencia con el pasado es que vamos a
interesarnos por el contenido: lo que se produce, por qué se produce, cómo se
produce.
¿Cómo se toman esas decisiones?
Con la «regla verde». Una regla de lo más simple: no avanzar nunca por una
vía en la que se gaste más de lo que puede reconstituirse. Una deuda soberana o
privada son simples juegos sobre el papel. La deuda ecológica es una realidad
objetiva.
¿Cuándo comenzó usted esta evolución intelectual? Viene usted de un universo
productivista, nucleófilo…
Sí, lo que antes se llamaba la primera izquierda. Mi evolución comenzó con
la cuestión nuclear. Con Chernobil. Desde luego, antes estuvo [el accidente de]
Three Mile Island [Pensilvania, en julio de 1979], pero para mí eso resultaba un
poco teórico. Chernobil fue una sacudida de primer orden. Como en aquella época
era representante electo de la región parisina, planteé una pregunta sobre la
central de Nogent. Después, solicité visitarla, y me recibieron muy bien. Y tomé
conciencia de la fragilidad de todo eso. Se tambaleó el muro de mis certezas.
Para mí, hasta entonces, eso funcionaba, estaba controlado. No había entendido
siquiera cómo funcionaba una central. Como mucha gente, yo creía que lo esencial
de la central era ese trasto grande que echa humo. No le había puesto interés.
Me acerqué a los ecologistas, leí documentos que no quería leer y, una cosa con
otra, tomé consciencia de la crisis ecológica. Pero siempre bajo un ángulo de
conquista y progresista.
¿Es decir que...?
El voluntarismo del socialismo se mantiene en mí intacto. Me tomo todo esto
como un desafío intelectual: si no hay nucleares, ¿qué hacemos, y cómo? Tengo
predilección por las técnicas más rústicas, las que se pueden compartir más
fácilmente entre la humanidad universal: una central de geotermia profunda es un
agujero en la tierra. Mientras que la nuclear supone un nivel de sofisticación
monstruoso...
¿Cree usted que sus amigos comunistas se van a dejar pintar de verde?
La oportunidad que teníamos al crear el Partido de Izquierda era empezar
de nuevo un partido. Y se acercaban quienes se reconocían en él. Así pues, hemos
podido tomar partido por el ecologismo desde el principio. El desafío más grande
consistía, para nosotros, en no poner, a la antigua, una capa de socialismo, una
capa de ecología, una capa de República y vuelta a empezar. No se trataba
solamente de una labor para pintarse de verde, como dice usted. Aquellos de
nosotros que procedemos de la rama socialista y republicana tuvimos que
ecologizarnos; los que eran ecologistas debían republicanizarse. Ha sido
necesario distanciarse de las caricaturas. La República no es más que la
colonización y el ejército; los ecologistas no son gente que se ilumina
obligatoriamente con velas y rechaza el progreso.
Mi pregunta se refería sus aliados comunistas...
La posición comunista se encuentra completamente extendida entre los dos
límites de lo posible en materia de ecología política: un fundamentalismo
bastante radical por un lado finalidad y una crasa indiferencia por el otro. Sin
embargo, colectivamente, hay una toma de conciencia que consiste en volver a las
fuentes del ideal comunista, de bien común de la humanidad. Mire cómo se ha
arreglado la cuestión nuclear...
Ha remitido usted todo esto a un gran debate nacional, como habría hecho
François Hollande
¡No! ¡No! ¡No! Nos hemos puesto de acuerdo en primer lugar sobre la
necesidad de salir de las energías que desprenden carbono. ¿Se ha dado usted
cuenta? Todo lo que nos rodea funciona con energías de carbono. Eso también
quiere decir: nada de gas de esquisto. En el caso de las nucleares, todo el
mundo está dividido. El futuro deseable estriba en convencer de que tenemos
razón al querer salir de la energía nuclear. ¿Cómo saber si lo hemos logrado?
Mediante el voto, de ahí la idea de un referéndum. Eso no tiene nada que ver con
el hecho de echar balones fuera con un gran debate nacional.
En términos estratégicos ¿pone usted este tema sobre la mesa también para
seducir a los verdes?
No importa qué postura sea la destinada a convencer y captar. Pero no de
manera falaz. Lo fundamental de nuestra adhesión al paradigma de la ecología
política es que no se trata de tontear, se trata de coherencia ideológica. Cómo
se quiere estar por la emancipación de la humanidad y considerar entre otras
sandeces de los social-liberales: * que el cambio climático no es el asunto
primordial; * que las nucleares, ya veremos en otro momento; * que los modos de
producción y de consumo, todo eso está bien, pero, caray, es cosa de la libertad
individual; * sin olvidar la política de oferta ahora defendida por el jefe del
Estado.
¿Qué tiene usted en contra de la política de oferta?
No se puede ser de izquierdas y defender una política de oferta. Es decir, sin
que importe qué producir ni cómo desde el momento en que se vende a todo el
mundo porque han adoptado la idea de que el verdadero motor de la economía
estriba en exportar. He tenido largas discusiones sobre este tema con camaradas
en Venezuela o en Uruguay que se asombraban de mis posiciones. ¿De qué les sirve
redistribuir la riqueza si es para copiar el modo de vida de los
norteamericanos. ¿Se trata de hacer avanzar el ideal de emancipación humana o de
ampliar el campo de la frustración? Hay allá cada vez menos pobres, pero dese
una vuelta por las calles: todo el mundo lleva aparato dental a los 40, se pone
pechos y se compra cacharros enormes como tanques para desplazarse por calles
que no están hechas para eso. Todo esto para decirle que nosotros, los
partidarios de la política de la demanda, no podemos pasar de lado en el debate
sobre el contenido de lo que producimos. En la visión materialista del análisis
de lo real, cada cosa tiene un valor de cambio y un valor de uso. Los
socialistas se concentran en el valor de cambio, nosotros nos concentramos en el
valor de uso. Esos son conceptos de base del marxismo. Los que los utilizan tal
ve no están al corriente... Me dirá usted que eso se encuentra también en San
Agustín; pues bien, cada cual puede sacarle su provecho.
Ha evocado usted a sus amigos latinoamericanos. ¿Qué ha aprendido de ellos en
sus encuentros de estos últimos meses?
Para mí la principal fuente de enseñanzas de América Latina es la gestión de
la conflictividad y su utilización como método de gobierno en un marco
democrático. Pero en el plano ecológico, no ha sido un lugar de grandes
revelaciones. O más bien, he visto que puede costarles muy caro no haberse
tomado un tiempo para llevar a cabo una reflexión ecologista bastante
profundizada. Tenemos un ejemplo de inmadurez ecológica en Venezuela: me
fastidia decirlo, pero es la verdad. En Bolivia, estamos más en las relaciones
de fuerza, es toda la historia de la Pachamama, a la que no me adhiero del todo.
En cuanto a los argentinos, me hacen el efecto, como los uruguayos, en el mejor
de los casos, de ser indiferentes. Desde luego, son los ecuatorianos los que han
ido más lejos en una visión militante de la ecología política. Han inventado
incluso el informe Yasuni ITT, esta voluntad de no explotar el petróleo y pedir
una parte del valor de ese petróleo a la comunidad internacional como aportación
a la emisión de gases de efecto invernadero. Es una idea que encuentro más
competente que el derecho a contaminar, una estafa que no ha producido más que
una sola cosa: un mercado de especulación y varios desastres industriales. Es el
humo del pretendido capitalismo verde. Ahora bien, el capitalismo no puede ser
verde. Jamás.
(Entrevista realizada por Mathieu Deslandes, periodista de Rue89, publicación
digital promovida por Le Nouvel Observateur.)