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Paraguay: Golpe de Estado y asesinatos
Multinacionales del agronegocio y resistencia campesina
Conamuri
Revista Biodiversidad, sustento y culturas
Los transgénicos y sus empresas nada saben de democracia, ni de justicia. El
primero de diciembre dos sicarios asesinaron al campesino Vidal Vega, por
defender la tierra campesina.
Aunque muchos medios de comunicación no hablaron de golpe de Estado, lo ocurrido
el pasado mes de junio en Paraguay así debe explicarse. Un pequeño país y su
economía básicamente agraria fue atacado —con la violencia del poder económico—
por quienes controlan la tierra y sus empresas asociadas, nacionales e
internacionales, temerosas ante algunos pequeños pasos que el gobierno de
Fernando Lugo quería acometer. La organización de mujeres campesinas de
Paraguay, Conamuri, integrada en La Vía Campesina, nos lo explica con detalle.
Sombras de democracia en un país de terratenientes. A partir de la asunción del
gobierno de Fernando Lugo, en 2008, las contradicciones en el seno de la
sociedad paraguaya tendieron a profundizarse. Si bien, al decir del economista
Luis Rojas, no se puede hablar de éste como de un régimen socialista —porque, a
la hora de las definiciones económicas viró siempre hacia el sector de la clase
dominante, en tanto que hacía lo propio hacia el sector popular cuando de temas
sociales se trataba— algunos eternos reclamos de la clase trabajadora, como lo
relacionado a salud, sobre todo, por fin encontraron eco en una dirigencia
diferente al tradicional partido incrustado en el poder desde hacía más de
sesenta años: el Partido Colorado.
Pero también el gobierno depuesto por el Parlamento, el 22 de junio pasado, fue
un poco más temerario de lo que se esperaba, y de ser amigo de programas de
asistencialismo y de medidas populistas, pasó a tentar la ofensiva contra el
poder hegemónico que representan los terratenientes, a través de la intención de
recuperar las tierras robadas al Estado durante el régimen de la dictadura
militar e incluso durante la tan prolongada transición democrática. En esta
intención, muy por lo bajo anunciada como un cuco, se basó el proceso de cambio
en el Paraguay: nada concreto, una ilusión que despertó, por un lado, la
indignación y posterior movilización de una ciudadanía más consciente, y, por
otro, la alta preocupación de quienes detentan los hilos del poder fáctico.
Intervenir técnica y jurídicamente los latifundios, máxima fuente de las
desigualdades sociales en el Paraguay, significaba revertir la estructura
agraria que permite que 85.5% de las tierras esté en manos de 2.6% de la
población, elevando la concentración a un nivel de récord mundial.
Aunque hayan sido escasas las concesiones sociales, existió una notable tesitura
demócrata en algunos funcionarios públicos, como el Senave, de control de
semillas, la SEAM, de medioambiente, y el Indert, que rige la cuestión de
tierras y desarrollo rural. Desde entonces, la guerra desatada a través de los
medios de la oligarquía denunciaba como un atropello —insólito e inconcebible—
el cumplimiento de las normativas ambientales y constitucionales que regulan el
espíritu de estas secretarías del Estado: sojeros, ganaderos, latifundistas eran
todos uno a la hora de ser medidos con la vara de la ley.
Y estos sojeros, ganaderos y latifundistas, aliados a los medios empresariales
de comunicación, el Parlamento, la Corte Suprema y las corporaciones
multinacionales y de agronegocios con interés en acceder a los bienes naturales
del Paraguay, sentenciaron a muerte el proceso democrático del cambio a través
de un burdo juicio político al presidente democrático e instalando en el poder
al que fuera su vicepresidente, el liberal y conservador Federico Franco,
abiertamente contrario a las resoluciones de Lugo y sus ministros, y
simpatizante —y miembro, a la vez— de esa burguesía local, que se sentía cada
vez más incómoda con el representante del Ejecutivo, ya que, consecuencia de la
participación ciudadana y la promoción de la democracia, la sociedad paraguaya
empezaba a mirar con ojo crítico el orden establecido a fuerza de prepotencia,
aletargamiento y conformismo.
La hora más sombría de nuestra historia reciente: Marina Cué. En el interior de
Campos Morombí SA en la localidad de Marina Cué, una empresa sospechosa de estar
asentada en tierras malhabidas y, por lo tanto, con años intentando su
recuperación por el campesinado organizado, se dio la masacre de Curuguaty que
terminó con la vida de once campesinos sin tierra y seis policías, en un confuso
episodio de desalojo, el 15 de junio pasado.
La lucha por la tierra en Paraguay acumula muchos cadáveres de luchadores y
luchadoras que han bregado por mayor acceso a la justicia social, pero, de una
sola vez, tantas muertes sólo se recuerdan durante los más crudos pasajes de la
represión stronista a las Ligas Agrarias Cristianas, en 1976.
Los acontecimientos registrados en Curuguaty fueron el detonante de la crisis
política que catapultó a Federico Franco al poder, tras derrocar al presidente
Lugo y tras truncar el proceso de cambio. Hoy día, el gobierno de facto trata
por todos los medios a su alcance de que la población olvide lo ocurrido en
Marina Cué. Los reclamos de las familias que allí sobreviven no han sido tenidos
en consideración, más allá que ante las cámaras y ante el micrófono: todavía
esperan que su comunidad se convierta en asentamiento, así como la liberación de
12 detenidos y 42 imputados, y la indemnización por parte del Estado.
Primero, una delegación del Parlasur (Parlamento Suramericano) determinó que en
Marina Cué había mucha historia aún por descubrir, concluyendo que la masacre
constituía un libreto confeccionado. Un poco después, una misión de la Vía
Campesina Internacional arribó al lugar donde viven las familias de los
campesinos asesinados y, mediante entrevistas, denunció la situación de abandono
y extrema pobreza en que estaba sumergida la población. En agosto, una comisión
conformada también por la Vía Campesina y organizaciones solidarias, constató
una serie de violaciones a los Derechos Humanos e irregularidades en el
procedimiento fiscal-policial, que quedó palpable en un documento a ser
presentado próximamente en instancias de organismos internacionales, como la
ONU, la OEA y la Unasur.
Resistencia ciudadana contra el golpe. En la práctica, el gobierno del golpe se
muestra desorientado. No esperaba la reacción de la ciudadanía movilizada y,
mucho menos, el vacío de la región y el desconocimiento de la diplomacia
internacional. Sólo cuatro países en todo el planeta reconocen en Federico
Franco a un presidente legítimo.
Por un lado, si la promoción de la soberanía aparece en los medios y en el
discurso oficial como un estandarte del nuevo gobierno, por otro lado, la
auténtica soberanía —la alimentaria, la territorial, la energética—, se entrega
en los mercados y se ofrece a las multinacionales como Monsanto o Río Tinto
Alcán, que han encontrado cierta intransigencia durante el gobierno de Fernando
Lugo. A menos de cuatro meses del golpe de Estado parlamentario, Monsanto ha
logrado introducir su algodón BT y RR y están en la fase final de un acelerado
proceso de aprobación cinco variedades de maíz transgénico. También, la
multinacional canadiense, líder mundial en producción de aluminio, Río Tinto
Alcán, se apresta para ser un parásito que sobreviva a costa del pueblo
paraguayo, con intenciones de consumir energía hidroeléctrica subsidiada que
terminarán pagando el trabajador y la trabajadora a través de sus facturas de
consumo de corriente eléctrica, sin mencionar los mayores costos ambientales y
sociales que esto llegará a significar.
Pero el gobierno golpista no ha tenido un día de paz. La resistencia se traduce
en protestas en las calles de la ciudad y movilizaciones, cortes de ruta y
algunas ocupaciones en el campo. Si en algo beneficia esta coyuntura es en el
acento que ponen los sectores organizados en la unidad y en la unificación de
criterios contra el gobierno usurpador. Esta rearticulación surgió de merecidas
autocríticas y de la reflexión acerca del letargo provocado por las facilidades
que el acceso a la democracia implicó. El periodo de cambio no sirvió para la
depuración de los vicios, el tiempo ha sido corto; sirvió, sí, para que una
ciudadanía descontenta tomara conciencia de la situación y se animara a la
protesta en las redes sociales, en las marchas, hermanada con el movimiento
mundial de los indignados, en las acciones de resistencia como lo son los
espacios de intercambio de semillas nativas y criollas o el debate instalado en
las universidades sobre el peligro que acarrean los transgénicos y la amenaza
creciente a nuestra Soberanía Alimentaria.
Pese a las acciones puntuales de resistencia y la unidad como un conato de
respuesta colectiva de defensa de los intereses difusos y mayoritarios, no se ha
alcanzado todavía el grado de conciencia suficiente para convocar a todos los
sectores bajo una misma bandera: estudiantes, campesinado, indígenas, mujeres,
sindicatos, etcétera, cada cual aporta su granito como puede y desde el espacio
en que se mueve.
Las aguas, sin embargo, tienden a hervir todavía más. En puertas tenemos las
elecciones presidenciales (abril de 2013) y el gobierno ilegítimo de Federico
Franco quiere dejar la mesa puesta a las transnacionales, a través de la
aprobación de decretos o leyes avaladas por el Parlamento burgués que se
perpetúa en el poder constituyendo una auténtica dictadura. Sólo la unidad en la
lucha y una verdadera convicción de que la clase trabajadora en el Paraguay se
merece una sociedad mejor, permitirá dar vuelta a esta página vergonzosa de
nuestra sufriente democracia.
Coordinadora Nacional de Organizaciones de Mujeres Trabajadoras Rurales e
Indígenas (Conamuri)
Fuente: Revista Biodiversidad, sustento y
culturas N° 75