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Argentina, la lucha continua....

Muy cerca de la muerte, sin rastros de la felicidad

Silvana Melo

APE

Por qué camino se va a la felicidad. No aparece en los nortes de las brújulas. No aparece en Ruta Cero. Ni en Google Maps. Ni en la flor de lis de la Rosa de los Vientos. No se cría para la felicidad, no se escribe en las pizarras para enseñar la felicidad, no se gobierna para gestionar la felicidad.

Los chicos que mueren y que matan en estos territorios del desasosiego van desenrollando la vida cuando es preciso. Sin futuro pendiente. Con pasado pequeño y velado, como una foto acuchillada tempranamente por la luz. Los chicos in-visibles viven en presente continuo. Y mueren así. Y matan también. Porque la vida vale poco, muy poco. Tal vez el valor de un celular que incluye en un espacio social que, a la vez, estará perpetuamente cerrado para ellos con rejas y siete llaves. O el de unas zapatillas de determinada marca que integran por un rato en el boliche aunque a la salida se vuelve a ser calabaza en desencanto y negro cabeza que vuelve a la villa.

No hay felicidad posible si se la destruyó sistemáticamente desde décadas antes de sus nacimientos. No hay genes que se la cuelen en la sangre. Ni leche tibia que se la transmita.

Durante el discurso del 9 de Julio un puñado de jóvenes militantes le cantaba a la Presidenta: "en los malos momentos los pibes van a estar". Ella elevó la consigna al sitial de la verdad histórica. Habló de Monteagudo, Moreno y Belgrano. Y dijo que los jóvenes "son los que empujan, son los baluartes y la vanguardia del cambio". Y la generalización la instala en una lejanía inexorable. También están los otros, los in-visibles. El millón que en todo el país no estudia ni trabaja. Aquellos que asistieron al desfile del Estado y quedaron al margen, elegidos meticulosamente para no estar, colocados a los lados de la calle para ver la marcha de los privilegiados. Y al final de la fiesta, echados a sus espacios de orilla del mundo.

En los malos momentos de los pibes nadie canta. Nadie está.

Rodrigo Simonetti tenía diez años. Lo asesinaron en Tolosa. Vivía en la calle, no iba a la escuela, su familia lo recordaba de vez en cuando. Habrá sido feliz un instante mínimo, cuando pateó una piedra en el callejón donde apareció su cuerpo, imaginando ser la Brujita Verón. Nicolás Castillo tenía 19 años. Lo mataron en Moreno en la parada del colectivo. Dicen que entre los cuatro que lo atacaron había dos pibes de 15 y 17. Dicen que el más chico intentaba quitarle las zapatillas cuando Nicolás ya no era más que sangre en la vereda. Franco y Mauricio vivían en la Carcova. Atravesados por la pobreza y el destierro, crecidos a la sombra de la basura del Ceamse, las balas de la bonaerense les perforaron el corazón el día del desarrilamiento. Mercedes tenía seis años y vivía sola con su mamá en Villa Muñecas, un lejano barrio tucumano. Desapareció cuando jugaba en la vereda de su casa. Encontraron su cuerpito destrozado.

Se señaló a una familia vecina: un hombre de 50 años, su hijo de 13 y un vecino de 17. Todos ardían de alcohol. El Estado fracasó amarga y estruendosamente. O tal vez no: acaso la intención era que Mercedes y sus agresores de 13 y 17 no formaran parte de la provincia de las flores y de la independencia y de la pobreza institucionalizada. Que no formaran parte del país. Que nadie les señalara el camino a la felicidad. Que nadie les mostrara una alternativa distinta de la muerte. La propia o la de otros. A Matías Berardi lo secuestraron en Benavídez. Pudo escaparse, como uno de esos milagros que no se repiten. Pidió auxilio a los vecinos. Que, inyectados por el terror a la inseguridad –amplificado hasta el límite por la reiteración mediática-, terminaron entregándolo otra vez a sus captores. Al hijo de Dora Ybáñez lo mató el paco. La senadora Beatriz Rojkés de Alperovich –vice-vicepresidenta d la Nación- la saludó y le dijo "al menos ahora vas a dormir tranquila porque tu hijo no está más en la calle". Cada vez más clara queda la filosofía sistémica de disciplinamiento y poda social. El ramaje inútil, periférico, que crece sin dirección ni regla, cae bajo el serrucho y la tijera.

En estos días, no se mata ni se muere por ideales ni revoluciones. No se mata ni se muere para hacer felices a otros y alcanzar la propia felicidad íntegra, azul y colectiva.

Hoy se mata y se muere por la nada misma.

Se muere por reconquistar un territorio ya ajeno. Se mata para ser. Para tener aquello que permite ingresar al territorio ajeno. Que no será propio jamás. El celular de amplia botonera y las zapatillas nike igualan. Aparean. Es matarse la angustia con el faso que es como un vidrio en los pulmones. Es matarse la soledad por la nariz. Es querer ser rabiosamente y matar por ser. Y morir por ser.

La lógica monstruosa del sistema. Que crea leviatanes donde debió haber ángeles. Que hachó el mundo hasta partirlo en dos y dejar a los pibes sangrando. Muertos y matados. Encerrados en cárceles llenas de jóvenes, pobres y analfabetos. Acotados en villas vigiladas por gendarmerías, policías y prefecturas para que ninguno encuentre un resquicio por donde salir. Y si salen, si escapan de sus cárceles, irán a tomarse revancha. Porque el sistema crea leviatanes. Donde debió haber ángeles.

Pero en los malos momentos de los pibes, no hay nadie que les cante consignas. Están solos. In-visibles. En destierro. Perdidos en su desierto propio.

Donde debía haber una brújula que señalara, como al descuido, naturalmente, la ruta de la felicidad.

Fuente: lafogata.org