|
La Vieja Europa |
|
|
Recortes sociales en Francia
Ninguna liberté a la hora de gastar
Eduardo Febbro
Página 12
El presidente Sarkozy anunció el congelamiento de los gastos del Estado por tres años, al tiempo que anuló varios beneficios y ayudas sociales. La sociedad francesa está hastiada de la asimetría
Algunos deben estar soñando con la hazaña de Toni Musulin. En estos tiempos
donde la palabra "rigor" presupuestario muerde los dedos en los bolsillos cada
vez que hay que pagar las compras en el supermercado, la historia del recaudador
de caudales que se fugó con 13 millones de dólares puebla los sueños de muchos
consumidores a la hora de intentar llenar la canasta familiar. Toni Musulin
terminó entregándose a la policía con parte del botín, pero ello no le quita el
estatuto al que lo izó su acto: Musulin es el ladrón más popular de Francia, en
un país donde la gente ve cómo los ladrones del sistema financiero internacional
ponen de rodillas a las economías europeas sin que ningún policía salga en su
búsqueda. El gesto de Toni Musulin lo paga él sólo –fue condenado a tres años de
cárcel–, pero la crisis que azotó a las Bolsas europeas e hizo tambalear el euro
la van a pagar todos. En primer lugar, el Ejecutivo de Nicolas Sarkozy anunció
el congelamiento de los gastos del Estado por un período de tres años, al tiempo
que anuló varios beneficios y ayudas sociales. El gobierno busca por todos los
medios ocultar que esas medidas de ahorro corresponden a un plan de rigor
encubierto, pero la palabra y su impacto ya es un tema de profuso debate en el
seno de la derecha gobernante.
El presidente francés negó que las medidas adelantadas luego del astronómico
plan de rescate europeo adoptado el fin de semana pasado –750.000 millones de
euros– signifiquen una "inflexión" de su política económica. Sin embargo, varios
líderes de su propia mayoría ironizaron con la obstinación oficial a negarse a
admitir un hecho consumado. La palabra "rigor" es un tabú, un pecado, una falta
imperdonable. Los objetivos que se fijó el gobierno no permiten evitar usar ese
término. El Ejecutivo quiere ahorrar en dos años la módica suma de 5000 millones
de euros. Pero eso se llama "hacer economías" y, al parecer, no es lo mismo que
el rigor presupuestario. Por curioso que resulte, el empleo del término rigor
desencadenó una batalla semántica dentro de la derecha. Dos ex primeros
ministros, Dominique de Villepin y Alain Juppé, fueron los primeros en
pronunciar el vocablo maldito. Ambos, es cierto, son rivales de Sarkozy. Más
polémica fue la intervención de Jean-François Copé, el ofensivo jefe del partido
presidencial UMP en la Asamblea Nacional. Copé dijo: "Yo utilizaría la palabra
rigor". De inmediato, los electrones del Palacio Presidencial se pusieron en
actividad para hacer desaparecer esa palabra incómoda con la cual, pese a todo,
Francia se acuesta y se levanta cada día. Frédéric Lefevre, portavoz de la UMP,
explicó que él no emplearía "la palabra rigor porque, en este caso, el gobierno
eligió reducir el gasto público y no aumentar los impuestos".
Esta querella semántica en pleno tsunami financiero no es más que un capítulo
más de la ofensiva del campo conservador contra una de las medidas emblemáticas
del presidente Sarkozy: el escudo fiscal. Como su nombre lo deja adivinar, este
dispositivo evita que ciertas categorías socio-profesionales paguen más del 50
por ciento de sus ganancias en impuestos. En medio del marasmo en el que los
operadores del sistema financiero dejaron al planeta, la idea de que existe un
escudo fiscal que sólo beneficia a los ricos es por demás incongruente. Esta
medida, impopular y reprobada por la oposición socialista, ha logrado unir
contra ella un sólido coro de parlamentarios, ministros y líderes de la derecha.
El escudo fiscal borró la frontera entre izquierda y derecha y sus enemigos más
sólidos están en el campo de Nicolas Sarkozy. La crisis hace milagros: convierte
a un ladrón en héroe nacional, a los auténticos estafadores en millonarios
impunes y a parte de la derecha liberal francesa en fuerza de choque contra una
medida dictada por el mismo sector ideológico al que esa fuerza pertenece.
El debate sobre el escudo fiscal empezó hace varios meses, pero la
descomposición de Europa a raíz de la crisis griega y de la acción masiva de los
especuladores lo reactualizó con acentos agresivos. Pierre Lélouche, el
secretario de Estado para los Asuntos Europeos, expresó a título "personal" su
deseo de que el escudo fiscal se ponga en tela de juicio a fin de que las
personas que tienen ganancias elevadas contribuyan a la reforma del sistema de
pensiones. La lista de "atacantes" del escudo fiscal se extendió con los días
hasta que, al fin, el gobierno salió a precisar que ese emblema del sarkozysmo
no sería tocado: Eric Woerth, el actual ministro de Trabajo, dijo que el escudo
fiscal era un "elemento importante de la competitividad francesa". A su vez, el
ministro de Educación, Luc Chatel, descartó cualquier modificación de ese
dispositivo porque es "una cuestión de principio y de filosofía presupuestaria".
Escudo fiscal, déficit públicos, impacto de las crisis –2008 y 2010–, reforma
del sistema de pensiones, desempleo, crecimiento bloqueado, los tiempos que se
avecinan son tanto más duros para Sarkozy cuanto que muchos de los dardos más
envenenados provienen de su propio partido. No se puede ocultar que las dos
crisis representan un golpe sólido. Ya asfixiada por la hecatombe de 2007, por
el aumento de los precios de los productos de primera necesidad, por el
desempleo, el cierre de empresas, los exorbitantes precios del inmobiliario,
Francia camina sobre arenas sociales movedizas.
En Francia, el malhumor es un dato peligroso. La sociedad está hastiada de la
asimetría. Las crisis corrieron el telón de la intriga: los operadores
financieros ya no están más en la sombra, tienen nombre y apellido, actúan casi
en directo y nadie parece dispuesto a poner fin a la fiesta. Ello contrasta con
la rudeza de las realidades de la gente común y con el ensañamiento con que el
sistema les cae encima ante cualquier paso en falso. Por ello Toni Musulin se ha
vuelto una suerte de héroe. El pasado 11 de noviembre, Musulin se entregó con
una calma budista a la policía y devolvió el botín, en fin, no todo. Faltan más
de dos millones de euros. La fiscalía sospecha que Toni Musulin hizo un cálculo
hábil: se entregó cuando vio que estaba acorralado y guardó en lugar seguro sus
dos millones de euros porque sabía que la pena a la que sería condenado no
podría exceder los cuatro años. Musulin actuó sin violencia y ello lo exime de
sentencias duras. Le cayeron apenas tres años. Con buena conducta y algunas
argucias, saldrá antes. Si escondió la plata nadie le reprochará su plan. Hay
una sólida mayoría que se arrepiente de no haber hecho lo mismo.