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Latinoamérica
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Retroceso
Álvaro Cuadra
Los partidos que conformaron conglomerado
oficialista por veinte años están muy lejos de conformar un grupo homogéneo. Muy
por el contrario, la Concertación fue más bien una escala de grises. Este
fenómeno caracterizó la pluralidad al interior de la coalición, pero al mismo
tiempo alimentó muchas de sus tensiones internas. De hecho, se trató más bien de
un pacto político e histórico entre fuerzas dispares para enfrentar a la
dictadura militar.
Más allá de las muchas críticas que se pudieran plantear a la saliente coalición
de gobierno, es necesario distinguir entre el bebé y la bañera, para evitar
tirar a ambos por la ventana. Una cosa es una fórmula desgastada y
desprestigiada, otra muy distinta es el anhelo de profundizar la democracia. Es
cierto, la Concertación de Partidos por la Democracia no estuvo a la altura del
sueño que le fuera confiado en los albores de los años noventa, no obstante, la
tarea sigue pendiente y no ha perdido, en absoluto, su vigencia. Desde este
punto de vista, el triunfo de la derecha es un claro retroceso que lleva al
Ejecutivo a los sectores más conservadores y retrógrados de la sociedad chilena.
Digámoslo con cruda franqueza: La derecha nos aleja de nuestro anhelo por
construir un país más justo y equitativo.
Un gobierno como el de Sebastián Piñera, apoyado explícitamente por grandes
empresarios, así como por grupos fundamentalistas y no pocos ex funcionarios,
nostálgicos y simpatizantes de la dictadura, constituye un panorama más que
complejo para las fuerzas democráticas y progresistas. La oposición política al
proyecto derechista se va a verificar en, a lo menos, en tres grandes
escenarios, a saber: Parlamento, Medios y Movilización Social.
El Parlamento será, sin duda, uno de los puntos neurálgicos de cualquier
oposición posible. Si consideramos que la oposición no es un bloque uniforme
sino una paleta variopinta, lo más previsible es que la estrategia derechista
sea una "política de acuerdos". Esto quiere decir que al gobierno de Piñera le
interesa negociar con aquella oposición más proclive a sus ideas para alcanzar
mayorías que aprueben su agenda legislativa y, como suele ocurrir, no faltarán
personas y grupos dispuestos a prestar oídos a tales demandas.
Los medios de comunicación social serán el segundo lugar donde se escenificará
la disputa gobierno – oposición. Si el Parlamento muestra fuerzas en relativo
equilibrio, los medios más importantes a nivel televisivo, radial e impreso
evidencian una hegemonía casi absoluta de los sectores de derecha. Si pensamos
que en la cultura actual son los medios los que construyen el imaginario social,
el diagnóstico es más bien pesimista para las fuerzas progresistas. Es altamente
posible que se acentúe la despolitización de masas plebeyizadas en el consumo.
Por último, platearse la movilización política de masas en una sociedad de
consumidores como la descrita requiere de un esfuerzo titánico. Es verdad que
hay sectores más conscientes de sus demandas, entre ellos, profesores,
estudiantes, minorías étnicas, entre otros. Sin embargo, el Chile de hoy ha
generado más bien consumidores y no ciudadanos, es decir, seres individualistas,
exitistas y competitivos. Las nuevas generaciones no buscan, precisamente,
soluciones colectivas y solidarias. El desafío que plantea un gobierno de
derechas exige revisar muchos de los supuestos con los que se ha actuado en
política las últimas décadas, caracterizado por una despolitización de masas en
aras de enfriar la conflictividad social. Las tareas para la nueva oposición son
variadas y complejas, lo que se resume en intentar la reconstrucción de un sueño
democrático de avanzada para Chile en los inicios del siglo XXI.