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Neocolonialismo académico en África
Manuel Domínguez Rodrigo
Público
Llevo casi 20 años investigando en África el origen del ser humano. He trabajado
en Kenia, Etiopía, Uganda, Sudáfrica y he hecho de Tanzania mi segundo hogar. En
estos años he trabajado solo, a veces durmiendo a la intemperie en sabanas
africanas, he colaborado con equipos estadounidenses y he tenido el privilegio
de dirigir el primer equipo de arqueólogos íntegramente español que estudia
nuestros orígenes en el continente donde el ser humano vio la luz por primera
vez.
Durante diez años, nuestro equipo ha sacado centenares de fósiles en las
inmediaciones del lago Natron (Tanzania) aportando información muy valiosa de
los primeros seres humanos y sus hábitos cinegéticos. En la actualidad, nuestras
preguntas nos han trasladado al lugar que preserva de manera excepcional los
yacimientos arqueológicos más importantes para reconstruir cómo eran los
primeros humanos: la garganta de Olduvai (Tanzania). Dicha garganta, que es para
la arqueología prehistórica lo que la Capilla Sixtina es para el arte, ha sido
estudiada durante décadas por la familia Leakey y en los últimos 20 años se ha
convertido en coto privado de un equipo de la Universidad de Rutgers liderado
por R. Blumenschine.
En nuestra actual investigación en Olduvai estamos experimentando más de lo que
por desgracia he visto en cada país africano donde he trabajado: algunos
investigadores estadounidenses convierten extensas áreas fosilíferas (a veces de
varios centenares de kilómetros cuadrados) en feudos particulares con los que
mantienen posiciones académicas hegemónicas durante décadas. En dichas zonas
impiden que cualquier otro investigador pueda acceder, incluso en situaciones de
ausencia de incompatibilidad de objetivos, aunque se trate de investigadores
nativos. Dada su incapacidad para abarcar áreas tan amplias, esto se traduce en
que cada año centenares de fósiles (quién sabe cuántos de homínidos) desaparecen
por falta de atención. Este gesto neocolonial, manifestando que el que tiene los
recursos sigue imponiendo su ley sobre lo que es de otros, en este caso,
patrimonio primero de los africanos y luego de la humanidad, no es sino una
expresión particular de la política internacional de un país que dicta los
principios por los que se rige la globalización.
Esta conducta neocolonial va emparejada y se nutre retroactivamente de uno de
los peores vicios de algunas sociedades africanas: el elevado grado de
corrupción. La investigación de la evolución humana en África está plagada de
ejemplos semejantes y muchas otras controversias, que restan apoyo social a una
disciplina que es la única que puede combatir con eficacia al resurgimiento de
ideas antievolucionistas y creacionistas disfrazadas de diseño inteligente tan
de moda en la actualidad. Algunas de estas historias y pugnas acaban de ser
recogidas de manera ejemplar en un libro publicado por una periodista de la
revista Science (Ann Gibbons, The First Human, Anchor Books, Nueva York). Sería
injusto calificar a cada paleoantropólogo estadounidense de esta guisa; de
hecho, nuestro equipo está codirigido por un investigador de la Universidad de
Wisconsin (Henry Bunn) que es ejemplo de los muchos investigadores procedentes
de EEUU cuya excelencia académica y humana he tenido la oportunidad de conocer
en mis años de estancia en aquel país. Sin embargo, el sistema académico
estadounidense refleja la feroz competencia, casi darwiniana en su sentido más
denostado, de investigadores cuya supervivencia depende de su productividad
científica. La productividad sólo se consigue con proyectos de investigación,
preferiblemente de primer nivel, y en el campo de la evolución humana, eso
significa buscar homínidos en África. Una manera de mitigar la competencia es
limitar el número de competidores y eso se hace reclamando derechos señoriales
sobre zonas de gran riqueza fosilífera.
Trabajar en África es un reto para un investigador español. El reto empieza en
casa. Primero, la mentalidad de ciertos gestores ministeriales y políticos
incentiva el derroche en yacimientos arqueológicos cuya relevancia es
estrictamente parroquial y los recursos disponibles para excavar en yacimientos
de envergadura e impacto internacional en el extranjero son irrisorios. Las
inversiones importantes en la arqueología nacional se hacen frecuentemente en
yacimientos más por su interés político que por su contenido científico. Esta no
es una buena política para colocar la investigación arqueológica española en el
panorama internacional. Luego, cuando los recursos se conceden, la gestión
administrativa de los mismos es surrealista. Yo, en 20 años de investigación,
jamás he podido irme a África ni una sola vez sin haber echado mano de mi escaso
patrimonio, ya que las ayudas llegan siempre mal y tarde. Una ayuda concedida a
principios o mediados de un año, se puede materializar del ministerio a la
institución académica a finales del mismo (si hay suerte) y la tramitación
interna de ésta se dilata de tal manera que ocurre que el investigador reciba la
ayuda al año siguiente. Luego, a veces gestionar los permisos de investigación
en el país africano se transforma en un esfuerzo de meses similar al de la
gestión de recursos en casa. Y cuando por fin llega uno al campo, además de
preocuparse por los riesgos de integridad física (malarias, amebas, escorpiones
y serpientes, por no hablar de la fauna grande), le queda enfrentarse al juego
sucio de ciertos colegas dotados de mucho más apoyo financiero y a sabiendas de
que sus artimañas mafiosas no se conocerán más allá de las zonas recónditas
donde los fósiles tienen la mala virtud de preservarse mejor.
A pesar de eso, los que nos dedicamos a esto seguimos y descubrimos, siempre
ayudados por la diosa Fortuna, fósiles e información que sirve para explicar
como nos convertimos en primates tan excepcionales.
Manuel Domínguez-Rodrigo es profesor titular de Prehistoria de la Universidad
Complutense de Madrid