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Argentina: La lucha continúa

La masacre de Pompeya: ¿la peor causa armada?

Sebastián Hacher

Este es el revés de una historia que seguro vieron en la televisión o leyeron en los diarios. Sucedió el 25 de enero del 2005 en Pompeya, barrio periférico de Buenos Aires. Los medios lo resumieron así: luego de cometer atracos a gente que salía de bancos, delincuentes atropellaron a varios transeúntes y se tirotearon con la policía. Entre las víctimas inocentes había un niño de 6 años destrozado por el automóvil de los supuestos delincuentes. El hecho se utilizó en la campaña contra la inseguridad y se mostró como ejemplo de la "falta de escrúpulos de los delincuentes". Sin embargo, hay quienes opinan que se trató de un montaje para esconder lo que, como mínimo, fue un violento error policial. De comprobarse esa hipótesis, estaríamos frente a una de las causas fraguadas más sangrientas de los últimos años.

Dolores y Purificación viven juntas desde toda la vida. Fernanda, su sobrina, volvió con ellas siete años atrás, cuando su marido la abandonó en pleno embarazo. Para la familia fue un acontecimiento de esos que hacen olvidar los detalles de la vida diaria y obligan a concentrar toda la energía en las desgracias. Cada uno se arregla como puede. Purificación y Dolores, para aliviar su carga ventilaban su vida privada con cuanto vecino estuviese dispuesto a escuchar. Fernanda nunca pudo hacer lo mismo, quizá apabullada por las hipótesis que se tejían sobre su vida íntima. El carnicero, el peluquero y hasta el sodero era capaces de repetir como un slogan publicitario las tres palabras malditas: Fernanda tiene problemas. Y algo más: un hijo, Gastón, con la edad exacta de su soledad.

Es 25 de enero del 2005. Falta más de media hora para las dos de la tarde, y a Gastón lo llevan al médico. El nene camina de la mano de su madre y de la tía Purificación, que le prometen comprar galletitas si se porta bien. Están contentos: la familia encontró un colegio donde le prestan toda la atención que los problemas de aprendizaje de Gastón requieren. En Avenida Sáenz, los tres se detienen en la senda peatonal, a la espera de que cambie el semáforo. Mientas cruzan, Purificación siente un fuerte rugido y un tirón. Gastón ya no está: lo atropelló un coche que venía de contramano por la avenida. Purificación se tira para atrás. Se da cuenta que el auto también se llevó a Fernanda. Escucha un choque, disparos, gente que se tira al piso y grita que lo maten, que lo maten.

Todavía en estado de shock, Purificación habla frente a las cámaras de televisión. Dice que al matar a Fernanda y a Gastón, el auto, que escapaba de la policía, "le cortó una pierna al nene y le sacó todo para afuera". Mientras lo cuenta, la pierna de Gastón aún se encuentra en el asfalto, apenas tapada por una bolsa negra. La voz en off dice "estamos en Avenida Sáenz, intercepción Esquiú, pleno corazón del barrio de Pompeya". La cámara hace un paneo general y busca donde detenerse. Patrulleros, curiosos amontonados y un auto destruido. Todavía hay confusión. Los testigos dan sus versiones. Un pibe joven dice que "venían en ese coche. Uno quedó herido y el otro se escapó...". Otro vecino agrega: "El delincuente está en la ambulancia. Lo quieren linchar. Ojalá se muera, no lo tienen que atender".

La cámara corre en busca de esa imagen. Los curiosos se amontonan en el cordón de la vereda. Un poco más adelante, varias personas amenazan con avanzar contra la ambulancia. Dos policias de civil se lo impiden con pequeños empujones. Primer plano de los vecinos arremolinados contra el micrófono. Un hombre de corbata y anteojos levanta el dedo. Grita mucho. "No tendría que haber venido ni siquiera la ambulancia". De atrás sale una señora que luego de forcejear un poco consigue un lugar en la pantalla. Se queja porque la policía no dejó "que la gente haga justicia". No puede disimular la alegría de salir al aire: parece una niña que representa una obra escolar. La voz se le afina, sus palabras pierden énfasis. El cronista pregunta si querían linchar al delincuente, y ella responde que claro que sí, que lo salvó la policía, que estamos rodeados de escoria, que así no se puede vivir.

Cambiamos de canal. Entrevista con un hombre más tranquilo, de unos cincuenta años, alto y con abundantes ojeras. Es el peluquero del barrio, una especie de taxista con tijeras. "Yo estaba en mi negocio", declara en Todo Noticias, "y de pronto escuchamos unos estruendos de los cuerpos que este señor llevó por delante". Más tarde, las entrevistas se multiplican y el peluquero termina por convertirse en el Único Testigo. En un canal lo muestran mientras habla por celular y le explica al hijo que él está bien, que no le pasó nada, que no llore más. En otra aparición, reformula el relato de la tragedia. Dice que "se veía gente caer del cielo, porque las había revoleado con el coche". Y que como este señor, luego de chocar "ni siquiera quedó inconsciente, sacó un arma por el parabrisas y disparó contra el auto que venía detrás".

Con el correr de las horas se conoce la versión oficial en los medios de comunicación: Dos o tres delincuentes –nunca termina de quedar claro el número– asaltan a una pareja de bolivianos. Pocos minutos después cometen un nuevo robo, esta vez contra un militar retirado. Mientras huyen, en Avenida Sáenz se encuentran con la policía. El chofer de los delincuentes viola un semáforo en rojo y decide ir de contramano. Atropellan a Fernanda, a su hijo Gaston y a Edith, la encargada de un negocio de la avenida. Chocan con una camioneta Kangoo, cuyos ocupantes salen despedidos. Cuando el coche de la banda por fin se detiene, el conductor se tirotea con la policía. Nueve de los veinte disparos que hacen los agentes de la comisaría 34 lo dejan malherido, mientras sus cómplices se esfuman en medio de un gran operativo policial.

Durante algunos días, el tema ocupa la atención de los medios. Aparece en la tapas de los diarios y en semanarios de color. Los noticieros cubren los velorios de las víctimas, entrevistan a los vecinos y se hacen la misma pregunta. ¿Cómo se puede ser tan animal? En la pantalla, la sangre es un verdadero festín: los salvajes delincuentes son capaces de matar niños sin sacar el pie del acelerador, tirotearse con la policía y además vivir para contarlo..

***

Fernando Carrera tiene 29 años. Hace más de diez se fue de Salto, su pueblo natal, y se casó con Guadalupe. Hijo de campesinos devenidos comerciantes, Fernando aprovechó el negocio de sus padres para montar el suyo: una gomería frente a su casa en el barrio de Ituzaingó, que luego cambió por un reparto de insumos para los comercios del ramo. Pero si bien se había mudado a la ciudad, nunca dejó de añorar las costumbres pueblerinas, donde nada inesperado podía pasar. La llegada de los hijos –hoy tiene tres– terminó de deteriorar su relación con el mundo urbano. Para cuidar a su familia, inventó sistemas para minimizar la exposición al mundo exterior, que cada día le resultaba mas hostil. Antes de guardar su coche en el garage, daba una o dos vueltas a la manzana para comprobar que no hubiese nadie. Ante la mínima sospecha, pedía que se acercase un patrullero para supervisar sus movimientos. Llegó a calcular sus rutinas como un maniático, a imprimir un sentido conciente a acciones tan cotidianas como caminar una cuadra para comprar cigarrillos.

Con la ola de secuestros express, los medios dieron la señal de alarma, y él polarizó los vidrios de su Peugeot 205 para que posibles secuestradores no viesen quién iba en el auto. En ese entonces, Fernando ensayaba caminos alternativos para despistar a hipotéticos secuestradores que asechaban su imaginación.

El 25 de enero del 2005, a las 12:30, Fernando salió con el coche de la casa de su suegra. Tenía que ir a Avellaneda para alquilar su casa de Ituzaingó.Tomó por Av. San Martín hasta Gral. Paz, avanzó hasta Roca y dobló en Centenera para cruzar a Provincia de Buenos Aires. En Centenera y Sáenz se paró en el semáforo. Un Peugeot 504 dobló en "U" frente a él. Por la ventanilla se asomó un hombre con pelo largo y un arma en la mano. Fernando se asustó, pero decidió que no le robarían el coche. Aceleró, avanzó como pudo hasta Av. Saenz, y entonces sintió un gran golpe en la mandíbula. Quedó nockout.

Despertó en una ambulancia, a causa de las trompadas que le daba en la cabeza un bombero que lo custodiaba. Desde afuera llegaban gritos de gente furiosa: ante las cámaras de televisión, varias mujeres pedían que lo linchasen. Fernando no lograba entender. Fernando tenía nueve balas en el cuerpo, una de ellas en pleno rostro. En los medios lo acusaban de dos robos y de tres asesinatos, entre ellos el de una mujer con problemas psicológicos y del hijo de esa misma mujer, Gastón, de apenas siete años.

***

A las 12:27:05 del 25 de enero del 2005 las cámaras de seguridad del Banco Francés de Av. Sáenz 1146 registraron la salida de una pareja. Eran G y A, dos inmigrantes bolivianos que habían comprado U$S 5215. Con esa suma en el bolsillo subieron a un colectivo de la línea 32 rumbo a Lomas de Zamora. Poco antes de las 13 horas, casi a punto de cruzar Puente La Noria, un automovil "blanco o gris", según relataría luego G, se cruzó delante del colectivo. Los ocupantes gritaron que eran policias y que en el colectivo "viajaba un narcotraficante". Subieron dos hombres armados con pistolas 9 mm negras, mientras otros dos se quedaron abajo. Todos, recuerda G, vestían "remeras blancas, pantalones negros y zapatillas del mismo color". Uno encañonó al chofer, mientras el otro revisaba al pasajero del primer asiento. Pronto llegaron a G., lo chachearon, tomaron los dólares, bajaron del colectivo y escaparon hacia el puente. G y A también bajaron y corrieron hasta el descatamento policial que está a pocos metros de allí, pero nadie podía ayudarlos: ni siquiera les había quedado dinero para presentar la denuncia que los policías insistían en cobrar.

Casi en el mismo momento, el militar Juan A. cambiaba poco más de 200 dólares en la Banca Nazionale del Lavoro en la localidad de Morón. Recibió $ 725 y regresó al coche donde los esperaba su hijo, al que condujo hasta la casa de su cuñada, en calle Barros Pasos esquina Murgiondo, en el barrio de Mataderos. Cuando estaba por entrar a la casa, cerca suyo estacionó un automovil blanco, del que bajó un hombre de camisa azul a cuadros y pantalón de jean, de unos cincuenta años y pelo entrecano. En la mano llevaba una pistola negra. Le exijió el dinero. "Sabemos que recién sacaste plata del banco", le aclaró. Pero el militar, que no quería entregar nada, saltó sobre su agresor e intentó forcejear, mientras el ladrón gritaba "te quemo, te quemo". La escena terminó con el estruendo de una bala que dió contra el asfalto. Recién entonces, Juan A. Vio al otro ladrón, que se había quedado adentro del automovil. Vestía una chomba negra y agitaba una 9 mm del mismo color.

A las 13:16:40, el comando radioléctrico trasmitió la alarma. Dos delincuentes armados huían hacia el lado de Puente Uriburu, y eran seguidos de cerca por el damnificado del robo. La información llegaba a la policía en tiempo real porque el militar hablaba por celular sin sacar el pie del acelerador. Del otro lado de la línea, en la puerta de su casa, un policía retrasmitía los datos que él pasaba por teléfono a su sobrino. Al principio, el militar y los policías seguían a un Fiat Palio, más tarde a un 206 y al final, el comando radioeléctrico empezó a trasmitir que "podría tratarse de un auto Palio o un 205, de color blanco, tripulado por 2 NN masculinos". En ningún momento, según consta en la transcripción de las comunicaciones policiales, se mencionó la patente del automovil perseguido.

A las 13:22:20, el comando radioléctrico anunció que los delincuentes se hallaban en la interesección de las calles Roca y Centenera, y que las brigadas de las comisarias 34 y 36 se dirigían al lugar. Una cuadra y casi seis minutos después, ambos coches "no identificables" pero de la policía se encontraron con el auto de Fernando Carrera. El jefe de la brigada de la 34, Jorge Chavez, declaró luego haber visto al Peugeot 205 detenido sobre la Av. Centenera, a la espera de que cambiase el semáforo. El suboficial Daniel Penayo, de la 36, declaró que al encontrarse con el sospechoso pusieron las balizas y se dispusieron a detenerlo, pero que "el 205 avanzó hacia Avenida Sáenz, doblando en ‘U’ hacia el lado de Capital". Chavez aseguró que Carrera tomó por el carril para tránsito pesado, sacó la mano por la ventanilla, hizo un disparo y después cambió al carril de la mano contraria. Luego del choque, según los agentes policiales, el sospechoso efectuó tres disparos contra el personal policial. La brigada de la 34 se adelantó, los policias se bajaron de su auto, se desplegaron en abanico y repelieron la agresión con numerosos disparos. "Cuando el delincuente dejó de disparar", dijo el cabo Calaza en su declaración testimonial, "me acerqué a sacarle el arma. Estaba herido, pero no la quería soltar". Calaza no sabía que Fernando Carrera tenía fracturado el brazo con el que en teoría sostenía el arma.

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El Abogado -así lo llamaremos– tenía miedo de convertirse en uno de esos profesionales que usan camisas de cuello raido y sacos que pasaron de moda en los años 80. Soñaba salir con en televisión, tener casos resonantes y ganar jucios civiles que le permitiesen comprar una casa en Pinamar. Para lograrlo aceptó todos los trabajos que le caían en suerte, hasta ganarse un nombre en las filas policiales tras intercambiar favores con comisarios que conoció en el camino. Pero en el último año, el fantasma del fracaso corpororizaba: su principal trabajo terminó con cadena perpetua para sus principales clientes. Fue un caso muy conocido: los acusados eran policias que habían obligado a tres adolescentes a saltar al Riachuelo. Uno de aquellos jóvenes, Ezequiel Demonty, no sabía nadar, y la noticia de su muerte llegó a la tapa de los diarios. Luego hubo marchas, madres que lloraban, testigos y hasta dos sobrevivientes con ganas de contar su versión.

Como abogado leal a la fuerza, él tomó el caso pero tuvo que dar su opinión más sincera: lo accesorio sigue la suerte de lo principal, es decir accesorium non ducit, sed sequitur suum principalei. En latín o en castellano, como prefieran, le dijo al jefe de policía que tenían que entender que si el nucleo central de la historia era coherente, lo demás sería facil de arreglar. En el caso Demonty esa máxima los perjudicaba: los posibles argumentos de la defensa policial olían como el río donde se había ahogado la víctima. Por eso, durante el juicio El Abogado prefirió figurar como asesor, sin firmar como parte de la defensa. Al fin de cuentas no podía decir que no –gran parte de su clientela dependía de ello– pero tampoco quería incinerarse por una banda de locos a los que se les había dado por tirar gente al rio. Incluso sin poner su nombre, luego del juicio le costó trabajo recuperarse. No por haber tenido problemas morales: que se maten todos los pobres de la Argentina, solía decir, pero que no le afecten el negocio.

El 25 de enero del 2005 El Abogado recibió el llamado telefónico de una mujer que se presentó como la tía de la vecina de alguien –no había entendido bien de quién– cuyo yerno estaba en el hospital con nueve tiros encima, acusado de dos robos y tres asesinatos. Lo llamaban porque necesitaban un abogado y le habían dado buenas referencias de él. Según dijo la mujer, el acusado era de buena familia, un ciudadano decente que circulaba por el lugar y recibió los disparos por casualidad, una triste confusión que había que aclarar cuanto antes. El Abogado primero se tentó con explicarle que todos decían lo mismo cuando los agarraban, pero mientras la mujer narraba los hechos a él se le ocurrió largarle una broma: algo como "lindo día para quedarse en casa". Pero no llegó a decirlo, porque la mujer lo soprendió con un detalle: los hechos habían sido en Pompeya, en la jurisdicción de la comisaría 34, el territorio de sus socios de toda la vida. El Abogado sintió que el viejo Puente Uriburu –el mismo desde donde habían obligado a saltar al río a Demonty– por fin le daba una nueva oportunidad.

Antes de salir de su oficina llamó a uno de sus amigos de la Federal, que al principio no le creía que él tuviese el caso. Esta vez, le aseguró, las cosas saldrían bien. Un buen indicio era que los medios de comunicación empezaban a actuar como convenía: en Crónica TV, en Todo Noticias y hasta en Canal 7 pedían la cabeza del detenido. El tipo había sobrevivido al tiroteo –nadie entendía como– pero no tenía ninguna posibilidad de zafar: el corazón de la historia, como a él le gustaba decir, estaba al fin del lado de la ley. Claro que quedaban los detalles, y era trabajo del abogado, un favor de amigos, encargarse de que no trascendieran. Así se lo hizo saber su contacto: los muchachos estarían muy agradecidos si ayudaba a que las cosas quedasen tal como estaban. Y a él la idea le resultaba simpática: el propio imputado le pagaría para terminar hundido en la mierda.

En el Hospital Penna le explicó a Guadalupe, la esposa de Fernando Carrera, que si su marido sobrevivía a las heridas era candidato seguro a la cadena perpetua. Que le quede claro, señora, le dijo: como están las cosas, su marido no sale más. El podía entenderla, pero ningún juez iba a creer que semejante desastre había sido simple casualidad. Por ahora lo mejor era guardar silencio: negarse a declarar y no hablar con la prensa. Sobre todo, le dijo, tenían que confiar en él, que tenía contactos en todas partes y era respetado por todo el mundo. También tenía que juntar la plata para sus honorarios: 10.000 pesos para empezar. El sabía que parecía mucho, pero ese era el valor de su trabajo.

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La palabra desolación no define a esta zona de Marcos Paz. Por el contrario, el sol es lo que abunda: una luz seca e intensa terminó por degradar los colores del pasto, el cielo y las pocas construcciones que rodean el penal de máxima seguridad. En los días que, como hoy, los presos reciben visitas, el paisaje se modifica. Desde el atardecer decenas mujeres comenzaron a llegar junto a sus hijos para ubicarse en la cantina más cercana, donde una de las viejas reparte números que más tarde se traducirán en lugares en la fila. Durante la madrugada, mataron el tiempo con juegos de pool, cerveza, fernet con cola, peleas y chismes. Otras acamparon bajo un arbol con sus hijos, en diminutas carpas para que los más chicos pudiesen dormir al menos unas horas.

A la mañana el bullicio se vuelve patrimonio de los niños que juegan alrededor de la seriedad y la impaciencia de las mujeres ansiosas por ver a sus maridos o hijos. Entre ellas se encuentra Guadalupe, que lleva dos bolsas de consorcio con botellas de agua gasificada, verduras, pan fresco y algunas mudas de ropa, lo que en el lenguaje carcelario se llama "bagayo". Delante de ella, una mujer gruesa y cansada carga una bolsa de hacer las compras en cada mano. Cuando la fila avanza, arrastra las bolsas y resopla como quién hace un enorme esfuerzo. Al llegar nuestro turno, una mujer de uniforme y pelo teñido de bordó nos pide los documentos, anota nuestros datos y nos hace pasar a la otra ventanilla, donde otro guardia nos toma las huellas dactilares, vuelve a controlar nuestros papeles y le hace señas a uno que custodia la puerta de barrotes para que nos abra. En el umbral comienza el dominio absoluto del servicio penitenciario: a partir de allí, todas las puertas están pintadas de azul y todas las paredes son marrones. Lo que único que escapa a esa regla estética son las paredes y los pisos de concreto gris, que aumentan hasta el infinito la sensación de encierro.

Al cruzar la reja hay que dejar el "bagayo" para que lo revisen dos guardias entrenados para abrir y romper todo. La yerba sale de los paquetes y llueve sobre su nuevo envase; los frascos de shampoo, las botellas de gaseosa, la salsa de tomate y hasta los paquetes de galletitas sufren mutaciones en manos de los vigilantes que comprueban que adentro no haya nada prohibido. Cuando eso termina, muchas de las cosas que traíamos quedan desparramadas en el piso, y aún falta la parte más humillante: la requisa sobre el propio cuerpo. Hay un cuartito para hombres y otro para mujeres. Adentro hay manos que recorren y violentan con frialdad el cuerpo de cada visitante, que buscan algo fuera de lo común, una evidencia de que traemos algo que nos convierta a nosotros, sospechosos por lazo familiar, en culpables de algo. Al salir de allí, un micro nos lleva hasta el pabellón. Hay que movilizarse apenas cincuenta metros, pero está prohíbido caminar.

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En 1587, la Iglesia Católica creó la figura del promotor de la fe: el promotor fidei. El título fue otorgado a un doctor en derecho canónico cuya función era exigir pruebas de las virtudes de los candidatos a santo. Como hacía su trabajo mediante preguntas y objeciones, en el vulgo suponían que trabajaba para el enemigo y así fue bautizado advocatus diaboli: abogado del diablo. Más de cuatro siglos después, mientras se preparaba a tomar la defensa de Fernando Carrera, El Abogado pensaba en aquella anécdota aprendida en sus años de facultad. Ahora él mismo, pensaba, se convertiría en un verdadero advocatus diaboli. Todos creerían que defendía a un asesino, y en la superficie, él daría la impresión de trabajar para el enemigo; pero en fondo, con preguntas y objeciones, ayudaría a que Fernando Carrera, su defendido, obtuviese una condena ejemplar.

Cuando recibió los 10.000 pesos de honorarios, El Abogado propuso, como estrategia judicial, que Fernando Carrera se declarase culpable de los robos. Era una jugada audaz, le dijo, que haría más facil convencer al juez de que no tenía culpa por los asesinatos. Con suerte, lograría salir en libertad dentro de diez años. A Fernando Carrera le pareció una locura: él no podía hacerse cargo de crímenes ajenos. Sería mentir para perjudicarse a si mismo. Al escuchar esa respuesta El Abogado montó en cólera. Le explicó que eso era un detalle, que se tenía que subordinar al devenir de las cosas, y que la verdad tenía poco que ver en todo aquello. Lo principal era que había una historia que convenía a casi todos; lo accesorio, que esa historia fuese falsa y que tuviese a Fernando como principal perjudicado. Pero Fernando no estaba en condiciones de entender nada, así que sólo le propuso esperar.

En pocos días llovieron los detalles sobre la historia. En primer lugar, se comprobó que el acusado no tenía antecedentes penales –algo inusual en estos casos– y que el autómovil que manejaba era de su propiedad. Además, un dato se les había escapado a todos: en los videos de la televisión las patentes delantera y trasera del automóvil se veían varias veces, pero nadie había nombrado que las patantes fueran o no visibles durante la persecusión. La respuesta no tardó en llegar: a principios de febrero una nueva pericia encontró que el Peugeout 205 estaba equipado con un sistema que permite esconder o mostrar la patente a voluntad. Todos los testigos declararon que el arma plateada adjudicada a Fernando Carrera era por completo distinta a la que exhibían los asaltantes. Lo mismo sucedió con la ropa: en el primer robo, los delincuentes vestían de blanco; en el segundo, de negro. Al entrar el hospital, el policía que trasladaba Carrera dejó constancia en un acta que el detenido vestía una camisa verde agua.

Los peritos también determinaron que en la calle no había huellas de frenadas en el lugar donde Carrera atropelló a los transeúntes. Para el acusado, eso se explicaría porque estaba inconsciente luego de recibir un tiro en el rostro. Para la justicia sería todo lo contrario: Fernando Carrera, alegará el fiscal, ni siquiera tuvo el reflejo de pisar el freno al llevarse por delante a esa pobre gente, lo que lo convierte en portador actitudes psicopáticas. Un individuo no apto para la sociedad, capaz de romper las leyes de la física para lograr sus propósitos. Tal vez el mismo argumento hubiese servido para explicar como una persona había podido recorrer las distancias entre un robo y otro en tan poco tiempo. Pero nadie se detuvo a mirar el mapa y reflexionar sobre ello, ya que hacerlo hubiese obligado a sostener que Fernando Carrera comandaba un helicóptero y no un Peugeout 205.

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Su primer recuerdo del hospital es la voz de un enfermero que le prometía "una muerte lenta y dolorosa ", y enseguida las sombras de los policías que gritaban "cantá hijo de puta, hacete cargo", mientras le metían los dedos en las heridas. Días después, lo encerraron en el pabellón hospitalario del penal de Devoto, donde se convirtió en blanco de todas las crueldades del sistema carcelario: estar acusado de matar a un niño es algo que presos y guardiacarceles no perdonan. Con las heridas todavía abiertas Fernando Carrera era obligado a limpiar el pabellón; en las visitas tuvo que pagarle protección a las familias de los presos para que no lastimen a su mujer y a sus hijos. Guadalupe todavía recuerda los gritos de terror y los llantos repetidos en los llamados telefónico que Fernando hizo cada noche que estuvo allí.

Ya pasó un año de todo eso y Fernando Carrera todavía tiene esperanzas: cambió de abogado y espera que en el juicio pueda demostrar su inocencia. Para hablar de eso nos reunimos en el Penal de Marcos Paz, en un pasillo largo donde apenas entran dos personas sentadas frente a frente. Allí lo espero. Desde el fondo llegan presos que buscan con la mirada a sus familias. Algunos traen termos con agua caliente; otros sillas de jardín o bancos de plástico. Entre ellos viene Fernando Carrera, con una mesita de plástico y un mantel en la mano. Delante de él hay un hombre con cara de asesino, que acaricia el pelo de una mujer morena. La expresión de ambos es de otro tiempo: ella parece hipnotizada; él un Lito Cruz en el papel de mafioso de una serie de los 80’. Pienso que todas las dependencias del Estado que conozco parecen escenarios de viejas comedias sin gracia, llenas de actores de reparto que ocupan sus lugares porque ya no tienen nada mejor que hacer. Pero mi imaginación deja de funcionar cuando veo de cerca a Fernando Carrera y me doy cuenta que no tiene nada que ver con el contexto. Es más, si no estuviésemos en la carcel, Carrera parecería lo que en realidad es: un prospero comerciante del interior con su uniforme de camisa Legacy, pantalón caqui y mocasines de gamuza marrón. Un comerciante que se encontró cara a cara con el estado y quedó atrapado en él.  

Fuente: lafogata.org