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Argentina: La lucha continúa

A un año de la tragedia de Cromañón

Sabrina Andrea Díaz Virzi
Argenpress

A un año del voraz incendio que se robó casi 200 vidas y marcó a toda una generación de adolescentes, por la ya histórica corruptela que caracteriza a los organismos públicos de control, la joven estudiante de Ciencias de la Comunicación nos acerca algunas agudas reflexiones sobre la realidad social pos-Cromañon.

A un año de la tragedia ocurrida en República Cromañón, los familiares y amigos de las víctimas convocan a una marcha en reclamo de Justicia, que comenzará en Plaza de Mayo y se dirigirá a Once. Son 194 personas las que padecieron la bengala, las puertas de emergencia cerradas, las tres mil personas de más, la irresponsabilidad y la corrupción de muchos. Pero son muchísimos más los que nunca se olvidarán de ese 30 de diciembre: aquellos que estuvieron allí y se salvaron y los que cada día recuerdan a esas 194 personas que ya no están. Nélida de Santana, la mamá de Luis Alberto Santana, fallecido esa noche en Cromañón, cuenta cómo vivió y murió su hijo.

Entre cuatro bibliotecas ordenadas por temas, cuadros del Che y fotos de marchas organizadas por las Madres de Plaza de Mayo, Luis soñaba "cuentos imaginarios" en su máquina de escribir. Su casa "era todo hojas", recordaba su mamá Nélida. "Vivía escribiendo y estudiando. Leía siempre. A veces venía y se ponía a contarme de Perón, de Evita. El se sabía todo", decía. Luis estudiaba historia en el profesorado Joaquín V. González, se recibiría este año y pensaba viajar al interior para enseñar en una escuela rural. "El era muy… por los pobres. Los llevaba a comer con él... Cuando viajó a Perú, a un chico le regaló la camiseta de Boca y eso que él la amaba. ¡Un día me rompió el vidrio de los nervios! En un partido que salían campeones", contaba su mamá. Luis viajó a Machu Pichu al poco tiempo de haberse casado con Gabriela, cuando él tenía 20 años. "Dijo un día ‘me voy’ y agarró una mochila y se fue. Iba a volver en dos semanas, pero habían pasado tres y no sabíamos nada de él. Estábamos asustados, íbamos a ir a la Embajada, pero volvió contento al poco tiempo", recordaba Nélida con una sonrisa. La relación con Gaby fue inconstante, se separaron tres veces y la última fue la definitiva.

Juntos tuvieron a Fidel, su hijo de 9 años. Su padrino es Néstor, uno de sus dos amigos del secundario. "Siempre fue muy callado, no era como los otros hermanos. Nunca tuvo un amigo del barrio. Hace algunos años se hicieron muy amigos con el hermano menor de (Darío) Santillán, Leonardo. Venía siempre", decía Nélida. Luis vivía en el barrio La Fe, de Monte Chingolo (Lanús Este), a pocas cuadras de la casa de Darío Santillán, uno de los dos chicos asesinados en la masacre del Puente Pueyrredón el 26 de junio de 2002. La cercanía, no sólo espacial sino de ideales, de formas de pensar, quizás es lo que llevó a Luis Santana a escribirle una carta ("El aparecido") a Darío. Ese texto se difundió antes de la tragedia en Cromañón ya que, como contaba Nélida, cuando ella y su esposo Luis Valentín volvían de la primera marcha realizada por los familiares de las víctimas en reclamo de justicia, "un hombre me paró en el subte cuando vio en la remera el nombre de Luis y me dijo que había leído la carta". Luis era periodista y fue el único de los cuatro hermanos que terminó la secundaria y siguió estudiando. "Siempre les decía a sus hermanos ‘tienen que estudiar’ pero ellos no le hacían caso.

Daniel (de 25 años) le decía ‘yo no me concentro, no entiendo’ y Luis le repetía ‘te tenés que meter adentro del libro, vivir como que estás ahí y así vas a entender’ y ahora Daniel empezó la secundaria", apuntaba su mamá.

Para costearse su carrera en el Círculo de la Prensa, Luis estaba empleado como repositor en un supermercado y, "para ahorrarse las monedas del colectivo, iba y venía en bicicleta de acá hasta Capital". Más tarde, trabajó en el correo repartiendo cartas hasta que hace tres años, uno de sus compañeros de estudios lo ubicó en la redacción de Crónica TV donde una de sus tareas consistía en escribir las casi míticas placas rojas del canal. Ese trabajo no sólo le permitió mudarse sino que fue el lugar de encuentro con su última pareja, Carla Ricciotti. Ella tiene 30 años, es notera y salió con Luis durante un año. Juntos fueron al último recital de Callejeros en Cromañón. "A Luis siempre le gustó la música: Babasónicos, Attaque 77, Todos Tus Muertos. Empezó a escuchar a Callejeros a través de su hermano Sergio (de 24 años), quien ahora es el encargado de cuidar los cd’s de Luis", señalaba su mamá. Cuando comenzó el calvario, Luis logró salir del lugar pero volvió a buscar a su novia. "Los bomberos dicen que sacó a (Jacqueline Carina) Santillán (otra periodista muerta ese día) y volvió a entrar a buscar a Carla", reconstruía Nélida. En una carta a Luis, escrita días después de los incidentes, su novia recuerda que "algunos dijeron que moriste como un héroe, rescatándome a mí primero, entrando a salvar a más gente hasta que no pudiste salvarte vos. Eso no fue así: el maldito humo no nos dio tiempo a nada y te desmayaste en mis brazos y te apreté tan fuerte como pude, hasta que también me desmayé. No tuvimos tiempo de nada, ni de encontrar la salida en medio de tanta oscuridad, ni de despedirnos. Nunca nos dimos cuenta de que era la última vez que nos íbamos a abrazar".

Aparecidos

"Como mejor amigo de Adrei Valei, digo que su sueño es poner un cine en una provincia de la Argentina para los chicos pobres". Adrei Valei era el pseudónimo usado por Luis Alberto Santana, fallecido hace un año en la tragedia ocurrida en República Cromañón y ese es un fragmento de sus escritos. Luis estaba ahorrando. Soñaba publicar algún día sus libros de historias imaginadas. Además de su carrera de periodismo y sus estudios en historia, a Luis le gustaba el cine, estudiaba con el hermano de Leonardo Favio y estaba escribiendo un guión para hacer una película. Tras su muerte, su familia encontró dos libros, perfectamente encuadernados y listos para deambular por los ojos atentos y juiciosos de los editores. El 25 de junio pasado hubiera cumplido 29 años. Su mamá Nélida recuerda los reconocimientos obtenidos por Luis en varios concursos literarios y piensa hacer participar algunos de sus textos en un certamen organizado por la Municipalidad de Lanús, del cual se enteró a través de una carta dirigida a Luis y se pregunta "¿por qué la mandan igual?, si ellos saben que él ya falleció".

Luis era un hombre con proyectos, ideales, sueños, ilusiones, utopías. Quizás por eso, o por causas que ya no sabremos, volcó algunos de estos sentimientos en una carta dirigida a Darío Santillán luego de su muerte (junto a Maximiliano Kosteki) en la masacre de Avellaneda el 26 de junio de 2002. Santana destaca allí su humanidad, su solidaridad, su valentía, su entrega. Probablemente esta carta, titulada "El aparecido" y escrita en agosto de 2002, también nos esté hablando de él mismo.

El aparecido

"No sé por qué extraña razón Darío siempre se me aparece, siempre está presente en todos los lugares adonde voy. Lo veo en las marchas, en la cara de los pibes barbudos rebeldes que cantan, lo veo en las paredes de Lanús dibujado con pintura negra. Lo veo en los graffitis de Wilde, en esas manifestaciones escritas que el pueblo escupe desde las paredes. Lo veo en el mural inmenso debajo del Puente Pueyrredón, lo veo en cada policía bonaerense que calla, que habla, que culpa, que se 'suicida', que no se hace cargo, que se entrega... Lo veo en los pasillos de la villa caminando tranquilo, y enormemente feliz, a veces. (...)Darío volviendo para entrar al hall de la estación, es el hombre nuevo que pensó tantas veces Guevara, ese Darío que vuelve para entrar al infierno es la juventud nueva que tanto hace falta. Darío volviendo, entrando, caminando, con miedo, claro, pero con absoluta seguridad, es el ejemplo que toman los que hoy levantan las banderas con su rostro eternizado. Y siempre Darío entra. Cada vez que lo veo, Darío entra. Adentro, arrodillado, se aferra a la mano de Maxi, que ya está muerto. La realidad convertida en sangre, humo y plomo, lo encuentra después de buscarlo, arrodillado y sufriendo, mostrando la humilde sensibilidad de los pobres. Darío no quiere soltar la mano de Maxi que ya murió. Es gigante ese acto, es eterno. Es inmortal, surge de lo más profundo del alma.

"Y no puedo hablar de Darío sin hablar de Rodolfo Walsh, de González Tuñón, de Los Olimareños, de Paco Urondo... (...) No sé por qué extraña razón Darío siempre se me aparece, siempre está presente en todos los lugares adonde voy. Su cara sonriente en los afiches de la facultad, su nombre en las banderas que piden en Plaza de Mayo, su cuerpo parado frente a las gomas que arden en puentes y rutas de todo el país, siempre presente en todos los lugares donde se reclama un derecho. (...) Lo veo a Darío y lo admiro con verdadero respeto; hay que tener coraje para tejer la vida con la casi ausencia de todo, con tanta desesperación, ofensa, dolor. Con tanta humanidad negada, traicionada y aplastada. Darío volviendo y entrando al hall sin poder cruzar los brazos ante tanto insulto, Darío aguantando al frente para que sus compañeros se escapen, Darío otra vez, otra vez Darío, siempre Darío, eternamente Darío ahí donde pocos se atreven a pararse. (...) Y no puedo hablar sólo de Darío mientras escribo, hablo también de los más de 30 seres humanos que dejaron su vida el 20 de diciembre, hablo también de los otros tantos que cayeron a lo largo y a lo ancho de todas las rutas del país. Todos muertos que pone el pueblo. Hablo también de los que están en los fríos calabozos de la desgracia esperando justicia, y hablo de todos porque es Darío ahora quien habla mientras escribo.'El aparecido' se llama lo que ustedes leen, porque Víctor Jara canta mientras 'los muertos de mi felicidad' se hacen presente. Felicidad digo, porque ellos marcan el camino y no mueren, sino que trascienden para vivir por siempre. Darío ha aparecido hoy, como otras tantas veces se me aparece por la calle, en el colectivo, en las paredes, en el diario, en fotos, en los ojos de Leo, en las caras de los que marchan hacia la esperanza. Darío vino hoy, un día de lluvia, con calor, sin sol, no golpeó mi puerta, entró como un hermano, 'y en el silencio estuvimos conversando mates, compartiendo músicas, cigarrillos baratos y otras maravillas de esas que alegran el alma', después de algunas horas, con un sentido abrazo se despidió y se fue sonriendo, como siempre".

Matando a sus hijos

La masacre de Avellaneda y la tragedia en República Cromañón no son hechos que se puedan analizar en unas líneas. Sin embargo, se puede afirmar que son terribles muestras de la sociedad en la que vivimos.

Las víctimas, las jóvenes víctimas, murieron en la expresión de sus deseos, de sus sentimientos, exponiendo sus cuerpos como única posesión, como expresión de un único poder. En el Puente, como escudo, amenaza, búsqueda de justicia; en el boliche, como refugio ya que, como dice el profesor Pablo Alabarces, "a nuestros chicos y chicas los hemos expulsado del trabajo, de la educación, de la salud, de la ciudadanía, del futuro".

Por la acción murieron Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, por la acción terrible de unos locos, pero no dementes policías que actuaron sin sentido, sino de una locura que quiso (e insiste) hacer callar el clamor popular, la necesidad y las voces de muchos. Se puede pensar sin pensar que Cromañón ocurrió a raíz de la inacción de muchos (funcionarios, empresarios, entre otros). Pero, por el contrario, esto fue (y es) posible gracias a la acción, la acción terrible y descontrolada, gracias al pedido y pago de coimas, a la búsqueda desenfrenada de poder y dinero, a la irresponsabilidad.

La masacre de Avellaneda llegó a juicio oral a casi tres años de que la Policía bonaerense reciba la orden de disolver una manifestación de desocupados en el Puente Pueyrredón y decida disparar a la multitud con balas de plomo. Las acusaciones recaen sobre los policías, los autores materiales de los hechos y no sobre los gobernantes. Chabán está en prisión y ya poco en los medios y el tema Cromañón sigue presente a través de las idas y vueltas del juicio político al suspendido Jefe de Gobierno Aníbal Ibarra. Habría que preguntarse cuál es la verdadera intención de este tipo de "iniciativas políticas" y coberturas mediáticas y qué papel cumple, en este sentido, la carrera electoral.

Es terrible pensar que esta sociedad sigue repitiendo atrocidades y generando injusticias. Como dice Alabarces, "sigue matando a sus hijos, y el culpable central es el capitalismo salvaje que, a pesar de que teóricamente nos lo sacamos de encima en diciembre de 2001, sigue vivito y coleando y reclamando su cuota de sangre, invariablemente sangre joven".

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