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Latinoamérica


 

Desde la celda de Simón Trinidad

Redacción Judicial
El Espectador Bogotá

Aislado en una celda de 1,50 por 3 metros que sólo tiene una cama de hierro, un colchón, un lavamanos y un inodoro; sin opción de lecturas, llamadas telefónicas, papel para escribir o visitas personales; con una intensa luz artificial blanca que nunca se apaga; sin relojes ni instrumento alguno para medir el tiempo, permanece en una hermética cárcel de Virginia, en Estados Unidos, el extraditado guerrillero de las Farc Simón Trinidad.
Cada cinco días tiene opción de bañarse, y cuando lo hace es llevado a la ducha encadenado de pies y manos y se le encierra con candado. Cuando es requerido por los abogados, esposado y con cadenas es conducido a un cubículo y, máximo media hora, conversa vía telefónica, sin contacto físico y separado de sus interlocutores por un vidrio. Recibe tres comidas al día, con dieta balanceada, en empaques de cartón o icopor y con cubiertos desechables.
Su único vestido es un uniforme de color anaranjado con medias blancas de lana y zapatillas de tela azul con suelas de caucho blanco. En su pabellón de máxima seguridad hay 20 celdas más, pero ninguno de los presos tiene un segundo de sol ni opción de aire libre. La temperatura está regulada por un sistema de aire acondicionado y existe otro de calefacción central. No hay televisión ni música, y mucho menos espacio para practicar algún deporte.
Como no hay horarios ni momentos de oscuridad, los presos duermen de día o de noche. Con excepción del guerrillero Simón Trinidad, los demás prisioneros son de raza negra. A veces gritan, en otras ocasiones insultan a los guardianes, también negros, o de repente unen sus voces y entonan cantos religiosos aprendidos en las iglesias. También se rompe el silencio con letanías de memorizados versículos de La Biblia o enseñanzas del Corán.
Por su condición de acusado de narcoterrorismo, los guardianes extreman su vigilancia al guerrillero. Por eso, cuando acude a revisión médica o a consulta con abogados, es escoltado por tres guardias armados y las áreas donde permanece son despejadas. Cuando regresa a su celda, además de los elementos de aseo, lo único autorizado es un libro de inglés básico.
Pero tiene dificultad para consultarlo porque no ha recobrado sus gafas.
Desde el pasado 31 de diciembre, fecha en que fue extraditado a Estados Unidos,Simón Trinidad afronta el rigor de la justicia norteamericana. Aunque en el mismo avión que lo condujo a Washington el guerrillero le dijo a un agente del FBI que de su parte no habrá colaboración, ni ayuda, ni nada parecido, el agente le aclaró que lo consideran una pieza clave para obtener la liberación de los tres norteamericanos en poder de las Farc.
El mismo día, antes de concluir el año 2004, esposado y encadenado desde la cintura a los pies, fue llevado al Palacio de Justicia de Washington, donde le designaron abogado de oficio, conoció a los dos fiscales que lo acusan y en audiencia pública le leyeron los cargos en su contra: narcotráfico, toma de rehenes y terrorismo. El guerrillero Simón Trinidad se declaró inocente y el juez fijó una segunda audiencia para el 5 de enero.
El miércoles 5 de enero volvió a la Corte. Con traducción simultánea le ampliaron los cargos. Al concluir la diligencia, los fiscales advirtieron que el procesado es de altísima peligrosidad para la sociedad americana, y lo sindicaron de ser jefe de una organización terrorista y traficante de droga por toneladas. De inmediato el juez le negó cualquier opción de libertad bajo fianza y ordenó su reclusión en una cárcel de máxima seguridad.
Antes de la tercera audiencia, del 9 de febrero, los abogados de la defensa acudieron cinco veces a la cárcel a explicarle a Simón Trinidad cómo funciona el sistema judicial norteamericano y escuchar sus argumentos. En la tercera audiencia el juez ordenó estudiar el primer cargo: toma de rehenes.
Los fiscales presentaron sus pruebas y el juez aplazó el caso por seis meses para establecer más evidencias. Desde entonces el guerrillero aguarda en su celda.
Sin correspondencia ni opción de estudio. Con escasos o nulos contactos con su familia. Atento a cualquier dato que le suministren sus abogados de Estados Unidos y Colombia, pendiente de regular su aplazado tratamiento médico para la próstata, y a la expectativa de que se le permita el ingreso de libros, que sólo podrá comprar directamente a las editoriales y recibirlos por correo, siempre y cuando sus carátulas no sean de tapa dura.
Así vive el extraditado guerrillero Simón Trinidad. Lejos de la guerra o de la negociación política, dedicado a pensar en que sus pruebas documentales puedan repatriarlo algún día, a la saga de noticias de los 96 procesos penales que lo esperan en su país y pendiente de la lista de teléfonos y correos electrónicos que le prometió devolver un agente de la Dijín horas antes de abordar el lujoso jet que lo llevó a Estados Unidos.
Lo demás son recuerdos de sus andanzas y peleas. Como su último forcejeo en la cárcel de Cómbita, ad portas de ser enviado a EE.UU., cuando se empecinó en lucir un buzo con la imagen del libertador Simón Bolívar, hasta que ocho guardias del Inpec, de casi dos metros de estatura cada uno, lo sujetaron como un muñeco, le quitaron el suéter, lo vistieron de camuflado y lo dejaron listo para su viaje al insondable mundo de los extraditados.