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Latinoamérica

El discurso de Nicolás Hermoza Rios
Cuando hablan las balas

Gustavo Espinoza M. (*)

Una verdadera joya de la literatura militar resultó ser el discurso de Nicolás Hermoza Ríos, pronunciado la tarde del sábado 27 de junio de 1992 en el comedor principal del Cuartel General del Ejército –"El Pentagonito"- ante los 30 oficiales y subalternos que integraban, en ese entonces, el Grupo Colina, un comando operativo compuesto por efectivos de la institución castrense dedicados, por decisión de su Comando,  a actividades vinculadas a la guerra sucia.

Solamente recientemente fue publicada la versión completa de la alocución pronunciada por el Comandante General del Ejército de esos tiempos, y hoy reo en cárcel, condenado por diversos  latrocinios; y procesado, más recientemente, por un caso que no concluye: las matanzas de Barrios Altos, La Cantuta y otros.

"La primera obligación del Comandante es estar cerca de sus subalternos", dijo aquella fría tarde del invierno limeño Hermoza Ríos para iniciar lo que sería su más encendida proclama de esos años. La comenzó de ese modo no por casualidad, sino porque quiso establecer desde sus primeras palabras la relación entre su jefatura -el mando- y quienes consideraba "sus subalternos"; es decir, el grupo de sicarios que había reclutado en el interior de la Fuerza Armada para cometer crímenes en nombre de la "lucha contra el terrorismo". Un  común denominador los unía: todos eran "soldados", según la infeliz expresión del más alto jefe de la institución armada. Hermanados estaban, entonces por tal condición y con la   posibilidad de entenderse, ayudarse y  protegerse para afirmar la impunidad ante cualquier expresión posterior de la justicia.

"Estamos viviendo una fase histórica, muy difícil", dijo, caracterizada por la falta de atención ciudadana a los reclamos castrenses, por la satanización del que era objeto el accionar del ejército, y por la ausencia de un liderazgo fuerte, capaz de asegurar la protección de los uniformados comprometidos en "la lucha contra el terrorismo. "Teníamos que asumir el liderazgo, que es político, y que se expresa en "la conducción de esta guerra", en una circunstancia en la que percibía "un marco legal débil" y cuando los detenidos eran prontamente "liberados por los jueces", conforme subraya el "general victorioso" a quien Fujimori, buscó elevar al rango de Mariscal del Perú en reconocimiento a los "servicios" que le prestara.

Ahora, aseguró pletórico y lleno de entusiasmo Hermoza Ríos "existe una nueva era", es decir, un nuevo marco legal y un nuevo también liderazgo político. ¿Por qué formula esa acotación de un modo tan preciso? Porque ocho meses antes, el Presidente de la República había remitido al Congreso un "paquete" de decretos legislativos antiterroristas que establecían juicios secretos, procesos sumarios, jueces sin rostro, y una normatividad legal extremadamente perversa y cruel de resultas de la cual centenares y aún miles de peruanos fueron condenados a Cadena Perpetua y a otras sentencias similares.

Pero también porque sólo dos meses antes, el 5 de abril de ese año, se había consumado el Golpe e Estado que clausurara el Congreso e instaurara una etapa negra en la vida peruana, entre otras razones por no aceptar dichos decretos que fueron puestos en vigencia de modo inconstitucional por el Ejecutivo.

Pero además, se habían producido siete meses antes la matanza de Barrios Altos, el asesinato del periodista Pedro Yauri y otros sucesos luctuosos. Y tan sólo 21 días más tarde, ocurriría el crimen de La Cantuta que costara la vida a 9 estudiantes y un profesor. Estaba el país en ese entonces en el ojo del vendaval desatado por el Estado Terrorista contra la población peruana; y la jerarquía castrense se sentía comprometida seriamente con el destino de "una guerra" que costó una dolorosa secuela de violencia y muerte.

Honrando ese "compromiso" Hermoza Ríos aludía entonces a dos segmentos de la institución armada: una, visible, integrada por las tropas regulares que luchaban con las armas contra las llamadas estructuras subversivas; y otra, no visible, compuesta por elementos que operaban en la sombra, escondidos, clandestinamente; y que, de acuerdo a las pautas de ese entonces hacían una "guerra sin tiempo, dentro de la oscuridad, y sin frente". "Ustedes son -les dijo- la parte no visible de la institución".

Esa dualidad de acción había permitido –sostuvo el uniformado- dar "pasos firmes y significativos", recuperando el tiempo perdido y superando definitivamente esa etapa de nacionalismo en la que se incubó el terrorismo. "Les deseo éxitos en sus funciones", dijo exultante el Comandante General del Ejército, luego de lo que les aseguró que tenían "todo el apoyo". Pidan lo que quieran que "nosotros estaremos en la obligación de solucionarles los problemas a todos", aseguró para cerrar, en medio del aplauso de la concurrencia, su vigorosa intervención.

Debe subrayarse, adicionalmente que, en dos momentos de su intervención, Nicolás Hermoza aludió directamente a Santiago Martín Rivas en su condición de jefe directo del grupo clandestino: "él ha dicho que ustedes son anónimos, pero que están motivados por lo que él ha expresado"; por eso su obra "trasciende" y cobra "mucho mayor dimensión", aseguró aludiendo directamente al encargado de dirigir el grupo de aniquilamiento que bautizara como "Colina", en honor a un oficial que muriera en "misión de servicio", cuando operaba dentro de la organización terrorista Sendero Luminoso y que Hermoza Ríos y los servicios de inteligencia se  empeñaban en considerar el "Partido Comunista del Perú".

Hoy Hermoza deberá pagar sus crímenes. No será condenado, sin embargo, como realmente merece. La Mafia, e cogollo alanista del  APRA y los mandos castrenses presionan firmemente para que el veterano oficial "limpie" sus culpas  en pocos años. Después de todo, no es el único general sentado hoy en el banquillo de los acusados. Y no tendría por qué ser, entonces, el único realmente castigado por la justicia. Williams Zapata, Pérez Documet, Valdivia Dueñas, Luis Cubas Portal y muchos otros proclamarán  su inocencia y encubrirán sus crímenes asegurando que "sirvieron a la patria en circunstancias difíciles". Ya lo veremos. También ellos, aunque eran altos oficiales públicos, manipulaban grupos "anónimos" que les sacaban las castañas del fuego.

Entre tanto, queda en el país la idea de fondo: pocas veces se ha sistematizado de manera tan clara y transparente la teoría de la guerra sucia y el accionar de los grupos secretos encargados de ejecutarla. Y pocas veces también ha quedado más en evidencia la responsabilidad directa de los altos funcionarios de la institución armada y del aparato del Estado en la guerra de exterminio que se ejecutara contra el pueblo en el denominado periodo de la violencia, etapa en la cual se buscó anudar las cuerdas adecuadas para afirmar la vigencia de un régimen político neo liberal, pero también neo nazi-

En aquella coyuntura, y en palabras de Hermoza Ríos, las balas hablaron para justificar la muerte (fin)

(*) Del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera