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Argentina: La lucha continúa

Escasez de niños adoptables

Osvaldo Agustín Marcón
EL Litoral.com

En zonas del imaginario colectivo pululan supuestos según los cuales grandes cantidades de niños pobres depositados en instituciones estarían a la espera de padres que los adopten. Sin embargo sucede lo contrario: grandes cantidades de padres con intenciones de adoptar esperan una oportunidad.
Damos por supuesto que esto no sucede porque (como suelen sugerirlo algunas fantasías populares) en todo el país funcionan perfectas maquinarias capaces de facilitar la comercialización de cientos de niños que debieran ser adoptados por la vía legal. Esta sospecha ciudadana existe pero a poco de analizarla con detenimiento se torna difícil de sostener. Hechos de tal tipo han existido y fueron motivo de intervención judicial pero no se puede atribuir a ellos la escasez de niños adoptables. Es difícil de imaginar un sistema delictivo tan impecable que no haya sido descubierto en cuanto tal en todas las provincias argentinas durante años de funcionamiento. No obstante el dato cierto está allí: el número de niños en condiciones de ser adoptados es mucho más bajo que el número de potenciales adoptantes.
Esto no implica que en las instituciones se encuentren pocos niños sino que la mayoría de ellos no están en condiciones de ser legalmente protegidos mediante la adopción lo que significa que sus padres no han sido privados de la patria potestad o no desean entregarlos en adopción. A la luz de muchos ojos ciudadanos esto no parece lógico pues tiene fuerza el supuesto según el cual el Estado, dada la deprivación social, debería con urgencia proporcionar al niño "padres adecuados', término que suele significar "padres económicamente viables".
Pero esta no es la posición dominante gracias, en gran medida, a quienes priorizan la perspectiva de los Derechos Humanos. Y también gracias a dichos esfuerzos esta concepción ya forma parte de importantes cuerpos normativos con rango constitucional en la Argentina. Este posicionamiento profundiza el esfuerzo por finalizar con lo que se denomina la judicialización de la pobreza. Es decir la tendencia a frenar la intervención judicial sobre situaciones que antes que eso exigen eficaces políticas sociales y, en consecuencia, redistribución de los recursos materiales y simbólicos.
Si ante la pobreza que castiga a una familia primara como solución la entrega en adopción tendríamos como mínimo un nuevo castigo sobre el niño. No es extraño que la privación de patria potestad o quita de hijos a padres acarree la quita de padres al niño. Vulnerados sus derechos sociales, además, se los sometería a esta pena adicional. Es por ello que dicha medida debe ser realmente el último recurso al que se apela luego de un complejo proceso transdisciplinariamente fundado que agote todos los esfuerzos por recomponer la relación del niño con sus lazos originarios.
Podríamos decir entonces que, por fortuna, el número de niños a los que el Estado les quita sus progenitores o padres no es significativo. Sabemos las ansiedades que este problema moviliza. La búsqueda de un niño para emplazar subjetivamente como hijo tiene sus bemoles, en muchos casos tantos como los que aparecen en la búsqueda biológica de un niño y en su emplazamiento subjetivo como hijo. Allí opera el nivel de tolerancia ante la frustración, la capacidad para elaborar el duelo y las herramientas como para diseñar una salida y proyectarse. Pero opera también, siguiendo a Pierre Bourdieu, la noción de familia en cuanto construcción social.
Sabemos que "...si bien es cierto que la familia no es más que una palabra, también es cierto que se trata de una `consigna', o, mejor dicho, de una `categoría', principio colectivo de construcción de la realidad colectiva. Se puede decir sin contradicción que las realidades sociales son ficciones sociales sin más fundamento que la construcción social y que existe realmente, en tanto que están reconocidas colectivamente. En cualquier uso de conceptos clasificadores como el de familia, iniciamos a la vez una descripción y una prescripción que no se presenta como tal porque está (más o menos) universalmente aceptada, y admitido como evidente: admitimos tácitamente que la realidad a la que otorgamos el nombre de familia, y que ordenamos en la categoría de las familias `verdaderas', es una familia real" (1).
Lo real, la familia que tradicionalmente se considera real, motoriza la búsqueda de formas familiares estandarizadas (padre-madre-hijos). La figura de la adopción se inscribe generalmente en este esquema de esfuerzos aún cuando ya hoy se reconozca conceptualmente la existencia de diversos tipos de familia. La decisión de adoptar pareciera operar absolutizando el derecho de los padres a tener hijos cuando en realidad es prioritario el derecho de los niños a tener padres, orden de cosas en el que no se puede negar una fuerte -aunque no excluyente- impronta biológica.
Todo esto puede (quizás no) tener relación con la naturaleza de algunos movimientos fundantes de la dinámica familiar, lo que incluye tanto la fuerza con que se admite la posibilidad de constitución con el otro como también la fuerza con que se intenta anular al otro expandiendo el campo personal, interjuego inevitable en toda relación humana. El equilibrio en estas fuerzas posiblemente incida en la toma de decisiones que desde el primer instante estarán signando historias de vidas pues sintetizan, en actos muy precisos, la cosmovisión de sus ejecutantes.
(1) Bourdieu, Pierre: "Razones prácticas sobre la Teoría de la Acción". Barcelona, Anagrama.