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Nuestro Planeta

24 de febrero del 2004

La soja: żamenaza ecológica o promesa de futuro?

Edith Papp
Agencia de Información Solidaria

Para la deforestación de la Cuenca Amazónica siempre hubo razones. Ante el llamado del poderoso caballero que todos conocemos por el nombre de Don Dinero parecen importar muy poco las voces de protesta que reclaman una mayor protección del "pulmón del mundo", hábitat de innumerables especies animales y vegetales, y hogar de comunidades humanas al borde de la extinción que preservan elementos culturales y materiales de nuestros antepasados más lejanos.

Primero fue la obtención de maderas preciosas para satisfacer los gustos de los consumidores de los países ricos; luego hizo falta robarle terrenos al bosque para expandir las zonas de pastoreo del ganado, mientras otros quemaban tierras para extender la frontera agrícola en nombre del "desarrollo", para lo cual nunca faltaron los intereses foráneos que, a su vez, tampoco eximen totalmente de culpa a aquellos que, desde dentro, nada hicieron por que no fuera así.

Hoy, diversas organizaciones ecologistas brasileñas coinciden en calificar el rápido incremento de las áreas sembradas de soja (transgénica para más señas) como una nueva amenaza para la selva amazónica, que a lo largo del año pasado ha perdido por este motivo -según un despacho reciente de la agencia de noticias Associated Press- unos 25 mil kilómetros cuadrados, Ħun 40 por ciento más que el año anterior!

Las noticias sobre la previsible reducción para este año de las cosechas de soja de Estados Unidos (principal productor) empujan a numerosos granjeros locales, tocados por esta nueva "fiebre del oro", a adquirir tierras para sembrar nuevas variedades -desarrolladas por científicos brasileños- resistentes a las inclemencias del duro clima de los bosques tropicales. Sin embargo, ellos son tan sólo los actores locales de un escenario mucho más amplio, en el que importantes empresas multinacionales compiten entre sí para repartirse los beneficios de la expansión de cultivos genéticamente modificados (GM) en los países en vías de desarrollo, proyecto en el que América Latina parece tener un papel importante.

Crecimiento espectacular

En la actualidad el 85 por ciento del total de soja producida en Brasil procede de cinco Estados: Mato Grosso, Mato Grosso do Sul, Paraná, Goiás y Rio Grande do Sul, aunque en las zonas del norte del país (Rondonia, Pará, y Roraima) se registran últimamente avances impresionantes. Las zonas de cultivo de soja han pasado de las escasas 3.000 hectáreas en 1997 a 56.000 en 2003. Según el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, el área de cultivo de soja en Brasil (calculado por entidades oficiales del país sudamericano en 18,4 millones de hectáreas) podría triplicarse en los próximos 50 años. En esa dirección apunta también el plan de desarrollo "Avança Brasil", que busca extender la frontera agrícola penetrando a profundidad en la zona forestal para fomentar el cultivo de la soja, y al que el Gobierno proyecta destinar unos 40 mil millones de dólares.

Si a esto se suman los proyectos de construcción de infraestructuras de transporte para sacar las cosechas (en algunas zonas hasta tres al año) la amenaza ecológica se hace aún más grande. Según los cálculos de economistas con sensibilidad medioambiental (especie rara, por cierto, en estos tiempos complejos que vivimos), una reducción del 20 por ciento en los costes de transporte de productos agrícolas aumenta la deforestación en un 52 por ciento.

Las organizaciones ecologistas consideran especialmente preocupantes los planes de extender los sembrados a la ecorregión de Cerrado -de unos dos millones de kilómetros cuadrados- compartida por varios Estados y una de las zonas de importancia ecológica menos protegidas en la actualidad. El desarrollo de variantes transgénicas especialmente producidas para esa zona y la reiteración de la posibilidad de mecanizar la producción reflejan una clara voluntad de expandir la frontera agrícola en detrimento de la selva tropical.

De acuerdo con un reciente despacho de la Agencia Brasil (Abr), el gigante sudamericano ocupa actualmente el cuarto lugar mundial en la producción de soja transgénica, con un área sembrada de casi tres millones de hectáreas, precedido sólo por Estados Unidos (42,8 millones de hectáreas), Argentina (13,9 millones de hectáreas) y Canadá (4,4 millones de hectáreas).

Un problema regional

El debate en torno a estos temas va ganando cada vez más relevancia regional, pues más de un país de América Latina se enfrenta hoy a la misma problemática. En primer lugar nos referimos a la vecina Argentina, que ocupa el segundo lugar a nivel mundial en lo que se refiere al área sembrada de transgénicos y aporta en la actualidad un 23 por ciento del total de productos genéticamente modificados. Pese a este hecho -de acuerdo con una reciente encuesta del Ministerio argentino de Agricultura- sólo un 64 por ciento de los consumidores consultados afirma "haber oído hablar" de los cultivos transgénicos, frente al 90 por ciento de agricultores participantes en el sondeo. El desconocimiento se debe, según fuentes autorizadas, a la falta total de campañas de información con respecto a este tema, tanto por parte de las autoridades oficiales como de las organizaciones ecologistas, que Greenpeace ha tratado de suplantar llamando la atención sobre los potenciales efectos de estos productos en la salud humana y el medio ambiente.

Podríamos mencionar también a Colombia, donde la ONG Fundación Swiss-Aid, dedicada a luchar contra los cultivos transgénicos, se enfrenta en estos meses al gobierno central en torno a una variedad recién introducida de algodón GM. La Fundación Swiss-Aid se opone también a los proyectos de plantar maíz transgénico y a las avanzadas investigaciones sobre la manipulación genética de productos claves de la economía colombiana, como el café, el plátano, la caña de azúcar y diversas frutas tropicales. Otras organizaciones ecologistas lamentan la falta de un mayor debate público sobre el tema, mientras la Asociación Colombiana de Agricultores recuerda que, según una reciente encuesta, un 46 por ciento de los agricultores se manifiesta contrario a cultivar plantas transgénicas.

Cabe recordar que en total cinco países latinoamericanos tienen oficialmente aprobado el cultivo de plantas GM -Argentina, Brasil, Colombia, Honduras, México y Uruguay- y, si descontamos a Argentina y Brasil, el resto del subcontinente aporta solamente el uno por ciento de la producción de transgénicos a nivel global.

Las dos caras del debate

El espinoso asunto de los organismos genéticamente manipulados tiene -como todo en la vida- dos caras. Sería un simplismo imperdonable considerar que los únicos defensores de estos cultivos son las empresas multinacionales, interesadas sólo en incrementar sus beneficios, y los latifundistas locales, deseosos de obtener la mayor tajada del "boom" que apenas comienza.

Existen también razones de peso -y de la más variada índole- que obligan a pensar con amplitud de miras y sentido de responsabilidad en el futuro de los cultivos GM.

Entre ellas, las económicas: según opiniones de expertos en el tema, a la vuelta de unos años, Brasil será capaz de dejar atrás incluso a los propios Estados Unidos, con todo lo que esto implicaría para el avance de sus proyectos socio-económicos y concretamente para las regiones más deprimidas.

En el plano ecológico también se abren perspectivas interesantes -que obviamente no deben ser vistas como "contrapartida" por la destrucción de la Amazonia, porque el planteamiento de por sí resulta inmanejable- pues una política oficial firme y rigurosa que asegure la protección del "pulmón del mundo" tendría que encauzar el desarrollo de estas actividades y, sobre todo, utilizar todo el peso político que va ganando Brasil a nivel global para frenar los intentos foráneos de anteponer los planes de expansión de las empresas transnacionales a los intereses nacionales de este país y a los intereses globales de la humanidad, que debe cuidar esta joya de la biodiversidad.

Entre los proyectos ecológicos de más peso relacionados con la soja destaca la promoción de la producción a gran escala de biodiesel, un combustible no contaminante en el que científicos brasileños vienen trabajando desde hace más de dos décadas. Aunque hasta el momento en el país existen más experiencias en el uso de la caña de azúcar para obtenerlo, la rápida expansión de los cultivos de soja ofrece nuevas alternativas a las investigaciones y a sus aplicaciones prácticas, actualmente en marcha y con resultados muy prometedores. No faltan quienes auguran que mediante el avance de este programa, a medio plazo, Brasil podría ganarse un merecido liderazgo mundial en la sustitución -efectiva, más allá de la retórica- de los combustibles fósiles por fuentes de energía renovables, encabezando una verdadera revolución energética, con todas las consecuencias que de allí se deriven tanto para la economía como para la política mundial.

El debate, pues, está servido para los próximos años. Sólo el tiempo dirá -quién sabe a qué precio en términos de salud humana y medioambiental- qué efectos reales tendrán estos cultivos en la vida de los países del Sur, donde entre 2002 y 2003 el incremento de sus áreas de cultivo (28 por ciento) sobrepasó ampliamente el registrado en los países del Norte industrializado (11 por ciento), bajo la creciente presión de las empresas transnacionales empeñadas en expandirlos hacia las zonas en vías de desarrollo.