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Latinoamérica

¿Cuatro años más de guerra interna?

EDITORIAL DE LA REVISTA INSURRECCIÖN DEL ELN

La crisis del país, que se expresa en la situación en que están las mayorías nacionales, se está profundizando, contrariando pronósticos oficiales e informes manipulados por los funcionarios públicos basados en exitosos balances de los gremios empresariales y en los resultados virtuales de la cúpula militar.
La desesperanza de los colombianos no aguanta más, como se vio en las últimas movilizaciones nacionales el primero de mayo, contra el TLC, el paro de los trabajadores estatales y las numerosas manifestaciones de solidaridad con la huelga de los obreros petroleros que están peleando por la defensa del patrimonio y la soberanía nacional.
Las masas se están movilizando a pesar de la fuerte militarización y la respuesta de guerra que el gobierno está dando a la protesta social. Están desafiando la brutal represión, poniendo cara dura a la intimidación del terrorismo de Estado, corriendo el riesgo que la fiscalía los judicialice como terroristas. Respuesta que saludamos y que muestra caminos que hay que seguir para que desde la movilización social, cada vez mayor e intensa, se rechace la política oficial y se enriquezcan salidas liberadoras.
Del gobierno actual con su política de guerra y lacaya no hay que esperar nada que entrañe solución a los grandes problemas nacionales. Por el contrario, ignorando la realidad, sigue aferrado a un modelo perverso que comporta signos de agotamiento y que se impone recurriendo al autoritarismo y la intimidación, bajo el engaño de sacar el país del atolladero a que lo han llevado, cuando la verdad es que está fortaleciendo las viejas estructuras de injusticia, intolerancia y antidemocracia, amarrando el futuro de la nación a los intereses imperiales y hundiendo en la indigencia a la mayoría de los colombianos.
Lo importante es que Uribe Vélez se ha visto obligado a utilizar tramoyas para mantener a flote su proyecto, dejando de paso en cueros la esencia de la política de seguridad democrática, la lucha contra el "terrorismo", la politiquería y la corrupción. En estos veintidós meses de mal gobierno lo que ha dejado a la vista son las orejas y pezuñas de un proyecto político de largo aliento que sería la desgracia de Colombia, e incluso de la región, de ingrata recordación en el Cono Sur del Continente y los países europeos.
Pero las cosas no han salido tan bien y rápido como lo había previsto y a mitad de camino están enmarañadas debido a cálculos mal hechos, a entuertos no previstos y a intereses entrados en contradicción.
No pudo derrotar la insurgencia colombiana en los primeros dieciocho meses como había prometido; el plan con los paramilitares está enredado; al TLC con los Estados Unidos, que estaba acordado y listo para firmar, le salieron enemigos no esperados y la injerencia en el vecindario está apenas en los inicios.
No avanzó lo suficiente y requiere de otro tiempo, que es el trasfondo de la reelección: asegurar otros cuatro años para ver si logra ganar lo que puede resultar esquivo en los 2 años que le quedan, y dejar concluida la traición a la patria, enterrada la democracia y avanzada la conspiración contra los gobiernos incómodos al imperio.
Ya inició la campaña electoral. Por el momento está tejiendo componendas para hacer mayoría en el Congreso y aprobar la ley que desatranque la reelección, dando muestras de mañoso politiquero y capacidad de corrupción parlamentaria, en la compra de adherentes y cambio de favores, como se evidenció en el forcejeo dado en el Senado, la semana anterior.
Necesita tiempo para dejar anexada la economía del país y el futuro de la nación amarrado a las decisiones del imperio y de las transnacionales, para jugar un papel destacado, como escudero, en la recomposición de la hegemonía de los Estados Unidos en el continente y en las acciones contra los regímenes desafectos, para recomponer y ordenar la fuerza política y dejar implantado el régimen.
Tras la reelección de Uribe están el gobierno de Bush, las trasnacionales, los grandes grupos económicos y los sectores de la ultraderecha del país.
Un asunto importante que tiene por saldar el proyecto liderado por Uribe Vélez, son las diferencias surgidas con los paramilitares, que tienen retrazado el plan de legalizarlos y vincularlos a instituciones del Estado como soldados campesinos o flamantes dirigentes políticos del nuevo partido en construcción.
Mediante la pantomima del proceso de paz se intenta un nuevo ajuste de las viejas alianzas entre narcotraficantes, paramilitares, gobierno y los Estados Unidos, hechas para enfrentar a quienes se les oponen. Surgieron dificultades con la actitud de autoridades norteamericanas que piden en extradición a varios de los jefes narcoparamilitares, con la presión de las organizaciones de derechos humanos opuestas al perdón y olvido de los crímenes de lesa humanidad y las contradicciones surgidas al interior de los propios paramilitares.
También tiene que mostrar resultados, esquivos hasta el momento, en la guerra contra las guerrillas. Con el Plan Patriota, una nueva versión del Plan Colombia, el gobierno de Uribe pretende reivindicarse y jugársela toda en el sur y oriente del país, en la frontera con Venezuela, para lo cual cuenta con la asesoría y apoyo militar de tropas gringas y mercenarias, bajo la figura de empresas contratistas estas últimas.
Los Estados Unidos reconocen tener 800 militares en el país, entre ellos 400 mercenarios. Cifras estas que van a ser ampliadas con cien militares más y mercenarios sin límite.
Uribe ha consignado todos los esfuerzos del Estado y del gobierno para ganar la guerra, desconociendo los valiosos esfuerzos en favor de la paz que durante más de una década múltiples sectores de la sociedad han realizado.
Le ha impuesto al país la guerra confiando en que la va a ganar y como resultado del triunfo, podrá dejar implantado el régimen político de tipo fascista con que sueña.
Pero toda sociedad en crisis conducida por una estrategia de guerra, por regla de oro, sólo logrará profundizar aún más su crisis, que es lo que está ocurriendo. Por eso el peligro para el futuro de Colombia es más grande.
Oponerse a la reelección Uribe Vélez y a los planes que lidera su gobierno, es una tarea a la que le debe apostar con fuerza el movimiento social colombiano, todos los revolucionarios, demócratas y progresistas, desde donde estemos. Es obligante pensar con criterio nacional, pensar como nación. Este gran propósito requiere el concurso de todos los esfuerzos, de la convergencia de todos, llegó el tiempo de sumar y multiplicar, de superar la dispersión de propósitos.
Uribe se ha empeñado en llegar a la paz a través de una victoria militar, para eso necesita otros cuatro años de gobierno, esto significaría que tendríamos otros cuatro años más de guerra

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