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Latinoamérica


Dos años despues

Javier Rodríguez

Para los venezolanos y también para cualquier latinoamericano, recordar lo que sucedió en Venezuela a partir del 11 de abril del 2002 es algo importante e incluso necesario para sacar conclusiones y comprender el actual rumbo de esa nación.

El desarrollo del proceso de cambios en este país sudamericano tiene mucho que ver con el asombroso capítulo vivido en apenas 72 horas llenas de una mezcla de angustia primero y de emoción popular después, las cuales galvanizaron el sentimiento nacional.

No sería una falsedad afirmar que lo ocurrido durante los días 11,12 y 13 de abril del 2002 tuvo un significado trascendente en el fortalecimiento de la conciencia nacional para enfrentar victoriosamente, meses después, a partir del 2 de diciembre, el paro petrolero y empresarial más dañino de la historia venezolana.

El 11 de abril fue la culminación de todo un proceso conspirativo urdido por los sectores más conservadores de la sociedad venezolana en combinación evidente con instancias del gobierno de Estados Unidos, como fue denunciado públicamente por el propio presidente Hugo Chávez.

Factor determinante en los planes subversivos fueron los medios de comunicación privados, cuyos dueños no sólo los pusieron al servicio de la más feroz campaña de propaganda contra el Jefe de Estado y el proceso que encabeza, sino participaron ellos mismos en la conducción de la asonada.

La propaganda, realizada 24 horas al día y durante meses por las principales televisoras, radios y prensa escrita, llevaron a la radicalización ciega de una masa de militantes oposicionistas que, alimentados por afirmaciones falsas, estuvo dispuesta a manifestar para 'sacar a Chávez' del poder.

Esa única consigna, sin razonamientos ni sustentación ideológica, facilitó la manipulación de ese potencial humano para lanzarlo a las calles en forma agresiva, tal como rezaba la primera parte del proyecto conspirativo auspiciado por los principales grupos de la oposición.

El objetivo era provocar la represión y por ende las víctimas que permitieran acusar al gobierno y especialmente al Jefe de Estado de las muertes originadas por el choque con la fuerza pública o con los partidarios de Chávez.

Paralelamente, una buena parte de la cúpula castrense, comprometida con el golpe de Estado, se preparaba para entrar en acción cuando ello se materializara, siempre respaldada por quienes, desde los medios de difusión, se encargarían de engañar a la opinión pública nacional e internacional.

Fue así que una manifestación organizada para el 'día D', o sea, el 11 de Abril y cuyo punto de finalización sería la plazoleta frente a una de las oficinas de Petróleos de Venezuela (PDVSA), en el este de Caracas, fue desviada para la zona central con el objetivo de asaltar el palacio presidencial de Miraflores.

Frente a esta ultima instalación se encontraban miles de militantes chavistas dispuestos a defender con sus cuerpos al Presidente y a la Casa de Gobierno, a pesar de lo cual se insistió por los opositores en provocar un choque sangriento favorable a sus propósitos.

Por si ello fuera poco, los conspiradores situaron en edificios altos, cercanos a Miraflores, varios francotiradores cuyo papel fue decisivo en las 21 muertes ocurridas al disparar fundamentalmente contra los chavistas y provocar también la confusión al cobrar algunas vidas de los oposicionistas.

La trampa mortal se completó con la participación activa, como vanguardia de la marcha que trató de alcanzar el Palacio, de efectivos de la Policía Metropolitana (PM) subordinada al alcalde metropolitano, Alfredo Peña, y de efectivos policíacos de los municipios de Baruta y Chacao, también con alcaldes opositores.

Sólo la acción de la Guardia Nacional y de un pequeño grupo de simpatizantes del gobierno que hicieron frente con sus armas a la agresión de la PM desde el Puente Llaguno, cercano a Miraflores, impidió se arrasara con el Palacio y el número de muertos fuera mayor.

Pero entonces entró en el juego la maquinaria propagandística adjudicando las muertes al gobierno, saboteando una intervención televisada de Chávez y comenzando a difundir proclamas subversivas de los militares golpistas reclamando la renuncia del Presidente.

Sin tener la posibilidad de dirigirse al pueblo, cerrado a la fuerza el canal de televisión oficial y ocupadas la radio y la agencia de noticias del gobierno, Chávez quedó aislado durante esas horas terribles de la madrugada del 12 de abril.

En evitación de más derramamiento de sangre decidió ir, ya en calidad de detenido, al capitalino Fuerte Tiuna, sede de la comandancia de las fuerzas armadas, donde se negó a firmar la renuncia a su cargo y fue recluido en una prisión militar.

De nuevo jugó su papel la propaganda golpista asegurando que el mandatario había dimitido y divulgando el nombramiento del empresario Pedro Carmona Estanca como nuevo presidente de la República, escogido por las fuerzas armadas.

La verdadera intención de los autores del golpe de Estado se conoció casi inmediatamente, al divulgarse el 12 de abril la 'toma de posesión' del gobierno de facto cuyo único decreto fue la disolución de todos los poderes del Estado y la instauración de una verdadera dictadura.

A apoyar ese engendro jurídico y antidemocrático acudieron a Miraflores las representaciones de la jerarquía católica, el empresariado, los medios de comunicación, los partidos de oposición y por supuesto, el embajador de Estados Unidos, Charles Shapiro.

Pero el cálculo de los arquitectos del golpe tuvo un fallo terrible para ellos, pues no contaron con la reacción popular y de los sectores institucionalistas de las fuerzas armadas quienes, a pesar de desatarse la represión y arbitrariedades como el asedio a la embajada de Cuba, dijeron no al derrocamiento del gobierno.

Decenas de miles de personas salieron a las calles a protestar y a exigir la liberación de Chávez, mientras que, unidad por unidad, los mandos medios de la institución castrense fueron sublevándose contra una jerarquía ajena a su verdadero pensamiento.

Todo ello hizo posible, a pesar del aparente poderío de los golpistas y del apoyo proveniente de la Casa Blanca que aplaudió inmediatamente el golpe, que la rebelión cívico-militar diera al traste, en sólo 47 horas, con el grupo ultrareaccionario llegado al poder por la fuerza.

Hoy, dos años después, la situación venezolana es completamente distinta a la de aquellas jornadas de abril del 2002.

Consolidada esa unidad cívico militar con el paso de los meses al igual que la participación activa de los hombres de armas en los planes sociales emprendidos por el gobierno, ha sido imposible una reedición de la asonada fascista constituida por aquel episodio.