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Europa

Aznar y el Imperio

(dónde se cuenta el por qué la caída del enano puede presagiar el ocaso del gigante)

Daniel Campione


Cuando desde el poder se insiste con demasiada frecuencia en negar lo evidente y promover lo inverosímil, hay que pensar que ese poder está en crisis. Máxime cuando se trata de regímenes de democracia representativa, legitimados en gran parte sobre la creencia en la libertad de información para todos los ciudadanos, y en la posibilidad de someter a crítica los actos de gobierno.
El gobierno español cayó en esa lógica a propósito del atentado del 11 de marzo, y casi toda la dirigencia política española junto con él, eligió culpar a ETA sin tener pruebas de la procedencia del terrible atentado de Madrid. E insistir en ello, aun cuando las evidencias comenzaron a marchar en otra dirección, en la de Al-Qaeda. El día domingo, el Partido Popular perdió una elección que parecía tener ganada pocos días antes.
Esta vez la mentira y la manipulación no han pagado. Al contrario, obraron como factor desencadenante de que la abrumadora oposición a la guerra manifestada repetidas veces por el pueblo español, cayera sobre las espaldas de los promotores del alineamiento servil con EE.UU que llevó a soldados españoles a la irracional invasión a Irak. Fue en forma de una votación, que contra todos los pronósticos de tan sólo una semana antes, los arrojó del gobierno. Y para mejor, no fueron sólo los votos, sino la espontánea movilización del sábado 13, que, con cacerolazos incluidos, tuvo cierto sabor de las rebeliones latinoamericanas contra otras mentiras y censuras.
No puede sorprender el nulo apego a la verdad de un gobierno, como el de Aznar, que permaneció estrechamente aliado a otro gobierno de negadores compulsivos: Ese gobierno Bush cuyos líderes siguen barajando la posibilidad de encontrar armas químicas en Irak, cuando ya ha quedado meridianamente claro que atacaron a un país bloqueado, empobrecido, casi desarmado, dónde entre los pocos bienes que seguían abundando estaba el petróleo. A buscar el precioso combustible, y a erigir una cabecera para emprender la ‘americanización’ de todo el Medio Oriente fueron las tropas norteamericanas a Irak. Pero al menos W. podía contar con el consenso de un pueblo aterrorizado por el 11 S y por su propaganda. No así el gobierno aznarista, que desoyó la voluntad (y el clamor) de la mayoría de sus propios ciudadanos, contraria a la guerra.
A no confundirse; la masacre de Madrid es, sin duda, aberrante, injustificable desde cualquier punto de vista. Quiénes desde posiciones de izquierda quisieron interpretar el 11-S como un acto brutal en su forma pero antiimperialista y hasta revolucionario en su contenido, dado por el ataque al centro geográfico y financiero del poder capitalista mundial; se ven ahora confrontados al profundo desacierto de su enfoque, ante las bombas de Madrid, que mataron a obreros, inmigrantes, ilegales o no, jóvenes estudiantes, sin duda ningún dirigente político, o ministro, o gran empresario: Los enemigos para Al-Qaeda son los ‘infieles’, sin distinción de clase o posición, y la eficacia de sus objetivos parece medirse, primordialmente, por el número de víctimas. También en las Torres la mayoría de las víctimas fueron subalternos, secretarias, empleados de la limpieza, ordenanzas, bomberos o paramédicos, por otra parte. El World Trade Center, sede de grandes corporaciones, habitado en parte por brokers del capitalismo globalizado, ha sido reemplazado por ese barrio de obreros, gitanos e inmigrantes (incluyendo musulmanes, que también murieron en las explosiones) que responde al increíble nombre de Pozo del Tío Raimundo.
Pero lo cierto es que Madrid se convirtió en escenario del terror por causa del alineamiento pro-norteamericano del gobierno Aznar. Y el pueblo español comprendió eso, y lo castigó por ello, y por su mentira. Y ahora Bush lamenta que el inminente nuevo gobierno español anuncie la retirada (recién en junio) de los soldados españoles del escenario iraquí. El presidente norteamericano deplora la decisión española, y sigue afirmando que vivimos en un mundo más seguro, mientras las bombas estallan una tras otra, en Irak y en el resto del mundo.
Queda la reflexión de que, mas allá del contraste de coyuntura, la visión imperial que W. personifica, puede aún virar en su favor los actos terroristas, incluso los que ocurren en el Occidente. La vigencia del terrorismo ‘demuestra’, en una lógica perversa, pero que tiene su espacio de eficacia, la justeza de invadir países y restringir libertades en nombre del antiterrorismo. En medio del empantanamiento en Irak, un terrorismo vivo puede insuflar vigor político a quién sólo postula como líder mundial del antiterrorismo.
Pero también es plausible pensar que, con tanto abuso, con tanta falsedad descarada, y con tanta creciente protesta en el mundo entero contra esta locura belicista con alma de negocio del capital, el paso del tiempo hará que aún en EE.UU el antiterrorismo de inspiración empresarial y ultrareaccionaria terminará por quedar desgastado, desprestigiado para un largo tiempo. Y ese puede ser un saldo positivo de valor estratégico a la hora de terminar definitivamente con la noche de la locura.