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Europa


19 de marzo del 2004

La caída de los dioses

Octavio Rodríguez Araujo
La Jornada

Hay quienes, aquí o en cualquier parte, creen que estar bien con el poderoso equivale a ganar el reino del cielo. Estas creencias vienen de la antigüedad, pero no tienen cabida en el mundo de hoy, salvo para los espíritus menores. Los dioses ya no protegen, si acaso lo hicieron alguna vez, entre otras razones porque los dioses no son tales, sino simples mortales amparados en el poder económico de quienes lo tienen en demasía.

Aznar fue uno de esos espíritus menores, tan menor que despreció sistemáticamente al pueblo que gobernaba (perdón, todavía gobierna). Nunca se preocupó, con la celeridad que se requería, del lamentable caso del Prestige. Menos todavía de la voluntad general de vascos y catalanes. Todavía menos, si cabe, de las consecuencias sociales de sus políticas que, por cierto, no inauguró él sino aquél que a nombre de la izquierda gobernó con claros signos de derecha y rodeado de corrupción. Pero eso sí, fue el primero después del segundón Blair, en alinearse con el peor presidente que ha tenido Estados Unidos en su historia. Demostró con esto que los dioses de ahora no protegen a sus adoradores.

La última demostración de medianía fue la posición del gobernante español ante los terribles sucesos del 11 de marzo. Quiso aprovechar éstos para su campaña electoral de continuidad con Rajoy, pero fue descubierto en la mentira, en sus intentos de manipulación del electorado y del dolor. Demostró, en fin, lo pequeño que es y los dioses no pudieron protegerlo.

La derecha, ciertamente, ha estado en ascenso en casi todo el mundo y, confieso, no sé muy bien por qué a pesar de haberla estudiado con cierto detenimiento. No entiendo por qué los pueblos, desengañados o no de la izquierda, han optado por apoyar a quienes han militado secularmente en su contra. La derecha, desde que existe, siempre ha estado en contra de las mayorías y también en favor de las desigualdades sociales, políticas y culturales. O, dicho de otra forma, la derecha siempre ha sido enemiga de cualquier cosa que tienda al igualitarismo. Es la única corriente ideológica que ha estado convencida, incluso antes de que se inventara el capitalismo, que en el mundo, grande o pequeño, los dueños del dinero deben ser pocos y los carentes de éste deben ser muchos. Los que son más de derecha han extrapolado esa creencia en la desigualdad económica "natural" con ingredientes racistas y culturales; y nos han hablado (y nos hablan todavía) de la superioridad de unas razas sobre otras y de una cultura sobre otras.

Quizá la propaganda masiva y a veces sutil a través de los medios, también en manos de la derecha, ha sido el vehículo para moldear la conciencia de las mayorías que han terminado votando por la derecha. Puede ser que también haya sido el hecho de que las izquierdas socialdemócratas, sobre todo en Europa, engañaron a sus pueblos con un discurso opuesto a las acciones que llevaron a cabo una vez en el gobierno (Lula, en Brasil, podría ser, si continúa como va, un ejemplo de lo anterior, como ya lo es Gutiérrez en Ecuador). Es probable, asimismo, que los gobernantes que se dijeron de izquierda, así como los partidos de esta corriente, poco se diferenciaran en los hechos de la derecha partidaria y gobernante.

Sea cual sea la razón por la cual los pueblos han votado por la derecha, lo cierto es que poco a poco y cada vez más se comprueba que tan poco confiables son los que se dicen de izquierda como los que son de derecha aunque no lo digan. Con una diferencia: los de derecha mienten con la verdad; esto es, no dicen que vayan a resolver los problemas de los pobres, que siempre son la mayoría, sino, en el mejor de los casos, que serán ayudados mediante las migajas que les sobren a los ricos para evitar que se mueran de hambre. Hasta allí llegan las verdades/mentiras de la derecha y, lo peor, mucha gente les agradece que por lo menos haya migajas. Mucha gente, pero no toda.

Siempre se presenta una coyuntura que, como el chasquido del hipnotizador, despierta a la gente. En España ese chasquido fue el intento de Aznar de hacer culpables a los etarras, que no lo fueron. Esa gente fue la que volteó los resultados electorales pronosticados por las encuestas antes del 11-M. Pero esa misma gente será la que demande al nuevo gobierno no continuar con las políticas neoliberales del actual. Esa misma gente exigirá también que su país recupere la soberanía y la dignidad y que, por lo tanto, se abandone el vergonzoso alineamiento gubernamental con Washington.

El domingo 14 los dioses iniciaron su caída. Los españoles demostraron que no existen, no protegen, no merecen más sacrificios. El pueblo, o una parte mayoritaria de éste, aprendió que su voluntad, cuando actúa, obtiene logros. Gran enseñanza para el resto del mundo. Ojalá llegue a México.