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Europa

Sin límites para matar

Por Martín Granovsky

En un asesinato masivo hay un solo culpable: el asesino. Las víctimas jamás deben ser usadas como explicación. El terror quiere, justamente, diluir las culpas en la responsabilidad y la responsabilidad en la generalización para que todo sea incomprensible y el efecto paralizante del miedo impida actuar.
En términos morales, es lo mismo una bomba en la AMIA de Buenos Aires, en las Torres Gemelas de Nueva York, en un mercado de Bagdad o en la estación de tren más popular de Madrid, porque Atocha es Once más Constitución.
En términos de efecto, en cambio, la escalada es evidente.
Para ponerlo en términos exagerados, e incluso canallescos, un porteño podía pensar que a un no judío no le tocaría morir en la AMIA salvo que la mala suerte lo hiciera pasar por Pasteur al 600. Un neoyorquino de a pie podía inventarse a sí mismo el cuento de que las Torres Gemelas eran sólo el símbolo de las finanzas. Pero una estación de tren supone que no hay reparos para convertirse en blanco. En los casos anteriores es obvio que cualquiera podía ser una víctima, y cualquier autodefensa era, en el fondo, un modo de discriminación. Pero resultaba posible hacerlo. Después de Atocha, ni siquiera esos mecanismos están a mano. Cualquiera puede tomar un tren. Cualquiera puede morir reventado en un tren. Y, si por un momento alguien piensa que en el combate al terrorismo la tecnología de seguridad es superior a la política, sólo debe recordar que los fundamentalistas del 11-S usaron cutters para degollar a los pilotos. O que no existe medida en el mundo que haga seguro a un tren de pasajeros. ¿Cachear a todos? ¿Impedir que el tren pare en el medio del recorrido? ¿Poner detectores de metal en cada vagón? Cuando no hay límite para matar, nada sirve.
Si atacó Al-Qaida y su blanco fueron los españoles, el universo de víctimas es tan inmenso que ninguna medida de seguridad evitará en un ciento por ciento otro atentado. Y lo mismo si se trató de la ETA y su blanco fueron los no-vascos.
En términos morales no hay ninguna duda. El atentado es deleznable y debe ser condenado sin vueltas.
En términos políticos no hay respuesta seria sin conocer a los culpables. Si fue ETA, el cambio en el tipo de blanco puede contribuir a su aislamiento político, pero ningún aislamiento es automático. Si la pesquisa descubre que fue Al-Qaida, quedará aún más claro que la intervención en Afganistán, un santuario terrorista, y la invasión de Irak, una dictadura que no lo era, transformaron un explosivo tradicional en una bomba de fragmentación que golpea cada vez un nuevo blanco sin buscar negociación alguna. Es, como el 11-S, el enfrentamiento absoluto. Y no será fácil dar con una respuesta política ni siquiera en el caso de que exista voluntad de hacerlo