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Europa

Trillo, ese imprudente trilero

Higinio Polo
Rebelión

Si la derecha española no tuviera a ETA, la inventaría. No es para menos: el excepcional servicio político que los etarras han hecho al Partido Popular con su anuncio de tregua, es, a estas horas, una evidencia para todos. Con ese anuncio de tregua para Cataluña, que ha irrumpido en la campaña electoral —convenientemente aireado por todos los medios de comunicación al servicio del poder— han conseguido ocultar asuntos de mucha mayor envergadura para la población española, materias que se han sustraído, así, a la atención popular y al debate político. En un santiamén, han desaparecido expedientes como el escándalo de los precios de la vivienda, el trabajo precario y mal pagado, la rampante corrupción, los escandalosos accidentes laborales que causan diariamente la muerte a trabajadores, o la actitud del insaciable empresariado que sólo pide subvenciones, reducción de impuestos y facilidades para conseguir el despido barato de los obreros, o asuntos como el retroceso de la libertad, como se comprueba con las condenas a trabajadores, como ha ocurrido recientemente en Lugo, donde tres sindicalistas han sido condenados a penas que alcanzan más de catorce años por haber participado en piquetes informativos en la huelga general de junio de 2002. Entre otras muchas cosas. De manera que Aznar, Rajoy, Cuevas, están satisfechos con el anuncio de ETA, y no van a soltar la presa, mucho más si sirve para poner en dificultades al gobierno progresista catalán. También estará feliz, claro, Federico Trillo, ese ministril de la guerra.

Sin embargo, pese al anuncio de ETA, el escándalo de la burla perpetrada por Trillo, a propósito del escandaloso fraude de las armas de destrucción masiva en Iraq, merece un comentario. El lector recordará la ocurrencia del imprudente Trillo: interrogado por una periodista acerca de las supuestas armas de destrucción masiva en poder de Sadam Hussein, que fueron el pretexto para iniciar una sucia guerra que no ha terminado, el ministro de Defensa se permitió la chanza, como si fuera un asunto de carnaval, de lanzarle un euro, entre risas y modales jactanciosos, a la periodista que había preguntado, sin contestar a la cuestión, dirigiéndose a ella con maneras de patrón paternalista y sonrisas de sacerdote lascivo.

Trillo, a quien, sin duda, le harían notar su falta de tacto y de oportunidad, ha querido justificarse después, pero sus palabras revelan su condición: cuando ahora dice que no se le ha entendido, como si los ciudadanos fueran lerdos, añade otra ofensa más, porque lo cierto es que se le entiende todo. ¿Quién se cree que es? Porque este triste e imprudente Trillo, este ministro de Defensa que quiere parecer culto y distinguido, apenas se nos muestra como un chistoso de taberna, como un estrafalario gracioso en una juerga de borrachos, como un patán casposo, como un prescindible concursante de la televisión-basura, presto a lanzar sus bocanadas agrias del peor gusto. El desdichado Trillo —digno compañero del grotesco ministro del Interior, Ángel Acebes, hombre dueño de una sintaxis infantil, de una prosodia destemplada y de una oratoria balbuceante, que a estas horas estará intentando pronunciar dos frases seguidas con sentido a propósito del terrorismo—, pretendía así cerrar el enojoso asunto del euro y de sus risas. Con poca fortuna, porque, a la vista del proceder de Trillo, y de Acebes, hombres tan torpes que justifican que cualquiera pueda dudar de su inteligencia, un imparcial observador tal vez afirmaría que son ministros que parecen haber seguido, con aplicación, los consejos de Chersterton acerca de cómo ser un imbécil.

El trilero Trillo, capaz de reirse del ciudadano común, y de hacer serviles inclinaciones de cabeza ante el presidente norteamericano, —como Piqué, ex ministro de Exteriores que casi daba taconazos ante el presidente norteamericano Bush— es un personaje que se da aires de importancia ante la prensa, aunque apenas sea poco más que uno de esos mamporreros de taberna que, con el palillo entre los dientes, atemorizan a los demás mientras se jactan de su fuerza y de su impunidad. Pobre Trillo, que quiere dárselas de hombre culto, aunque apenas nos hable con voz de legionario.

Este Trillo, patética figura shakespeariana, criado mendaz de lady Macbeth, que, si tuviera sentido de la dignidad, dimitiría de inmediato, no sólo es un trilero infame, sino que además forma parte de esa laya de sujetos capaces de hacer bromas con la violencia contra las mujeres, capaces de soltar risotadas de cuartel ante las violaciones, hermano de esos tipos repugnantes que hacen chistes de negros, como si el racismo no fuera una realidad lacerante, capaces de reir ante el siniestro espectáculo de la muerte. Porque este Trillo no sólo es un imprudente trilero, que ha pretendido burlarse de las víctimas iraquíes, del sufrimiento de un pueblo, como si estuviera en condiciones de hacerlo, dada su altura ética e intelectual, sino, también, de las opiniones de los millones de españoles que se manifestaron contra la guerra, mostrando lo mejor y lo más digno de una población que rechazaba las mentiras de los criminales de guerra; Trillo, no sólo es eso. Es, también, un ejemplo acabado de necedad.

Estos sujetos como él, siempre dispuestos a envolverse con las palabras de la patria, siempre prestos a vestirse con las glorias del país, hombres que no toleran la más mínima broma con lo que ellos consideran asuntos sagrados, cimientos de la patria —la monarquía, la propiedad, la unidad de España, el honor de los ejércitos— son los mismos que se permiten bromas del peor gusto con la muerte ajena. Porque quien se reía ante la pregunta sobre las armas de destrucción masiva, era ese mismo Trillo que en el funeral por los espías españoles muertos en Iraq ofrecía su rostro más compungido, al lado de Aznar y de Juan Carlos de Borbón; el mismo que se burla ahora de quienes tuvieron que soportar las mentiras, el que ríe de las víctimas de una sucia guerra, de las decenas de miles de muertos que gobiernos como el suyo han causado. Trillo, haciendo bromas con la muerte ajena.

Patético Trillo, capaz de gritar ¡Viva Honduras!, ante soldados de El Salvador, con voz de sargento de regulares, de patriota legionario, de asistente del imperio. Tal vez, algún moderado ciudadano pensará que es excesivo tratar así a Trillo, pero se me permitirá que diga de esta forma, por una vez, que ya está bien de soportar a estos personajes de sainete pueblerino, a estos zafios empleados, tan obsequiosos con el poder de Washington como soberbios con los ciudadanos que pagan sus salarios. Piérdase señor Trillo, y no manche más con su rostro el degradado paisaje moral de la España monárquica de latrocinios y sobornos, no obligue a soportar más su ridícula voz y su empaque legionario a la digna España de las manifestaciones contra la guerra; váyase a acompañar el panteón de hombres ilustres y deshonestos, váyase con Aznar, húndase en la mugre de la peor España, esa España cerril y cicatera, servil y miserable, que nos avergüenza.