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Nuestro Planeta

26 de noviembre del 2002

Destapando la hoja de parra de las grandes multinacionales farmacéuticas

Russell Mokhiber y Robert Weissman
ZNet en español

Los precios de los medicamentos en los EE UU están fuera de control y aumentando. La razón es que los Estados Unidos permiten que monopolios no regulados mercadeen los productos farmacéuticos: la protección de las patentes otorga a las compañías farmacéuticas el control monopólico sobre sus productos. Esas empresas no tienen que hacer frente ni a la competición directa ni a los controles de precios.
Pero ¿cuál es la razón para que el gobierno permita esos monopolios en las patentes, que a menudo se extienden mucho más allá de los 20 años oficiales, gracias a una variedad de tácticas dilatorias de la gran industria farmacéutica, que bloquean o retrasan la introducción de la competencia con genéricos?
Dejando de lado el poder político puro y duro de la industria farmacéutica y sus aliados, el motivo oficial que se aduce para los monopolios de las patentes es el coste de desarrollo de los medicamentos. Según las compañías farmacéuticas, el coste de investigar y desarrollar un nuevo medicamento es de 800 millones de US$.
El mito de los costes astronómicos de desarrollo, es la hoja de parra tras la que los grandes de esta industria y sus socios remunerados (dentro y fuera del gobierno) esconden sus vergüenzas para escapar a las críticas por fijar precios exorbitantes. Si pudiésemos desvelar este mito, la gran industria farmacéutica se quedaría en cueros. Y las perspectivas de un sistema más racional de desarrollo de medicamentos y de precios, se incrementarían de forma muy notable.
Este asunto se podría resolver de forma sencilla si se obligase a las compañías farmacéuticas a abrir sus libros y a revelar sus inversiones reales en investigación y desarrollo (I+D). Sin embargo, éstas se quejan, de forma poco convincente, de que esta información revelaría secretos comerciales y tiene que permanecer confidencial.
El coste de 800 millones de US$ por medicamento que aduce la industria, se basa en un estudio de un centro de investigación, patrocinado por esta misma industria, en la universidad de Tufts, en Boston. Se presupone que los investigadores de Tufts tuvieron acceso a los datos de esta industria para elaborar sus resultados, pero los datos que los apoyan no los puede ver nadie. Por tanto, si alguien decide creerse esas cifras, es una simple cuestión de fe.
Para aproximarse algo a las cifras reales del coste del desarrollo de los medicamentos y a los gastos en I+D por cada uno de ellos, hay que desenmascarar los supuestos e inclinaciones inherentes al estudio de la industria y Tufts.
Más o menos la mitad de los (costes) estimados por la industria y Tufts se refieren a los costes financieros, conocidos como costes de oportunidad del capital. El dinero invertido en el I+D de los medicamentos podría haberse invertido, digamos, en bonos del Tesoro. Mientras los bonos podrían estar proporcionando ingresos de forma inmediata, los retornos de la I+D no se materializan en años, hasta que un medicamento determinado se descubre, se desarrolla, se aprueba y se coloca en el mercado. En el estudio, por tanto, un "coste" de desarrollo son los ingresos dejados de percibir durante el periodo de desarrollo.
Todo ello es cierto de alguna forma, pero no en la forma en que la gente entiende normalmente el "coste." Como dice James Love, del Proyecto de Consumo sobre Tecnología, es como decir que el coste de un coche no es el marcado, sino el marcado más el pago de los intereses del préstamo del coche.
Exacerbando el problema, los investigadores pueden elegir un tipo de interés irrazonablemente alto. También pueden fijar un plazo demasiado largo para el desarrollo de un medicamento; en el modelo de la industria y Tufts, unos retrasos relativamente pequeños en colocar el medicamento en el mercado, implican grandes aumentos de los costes totales.
Las estimaciones de cálculo del estudio son sobre el coste de nuevos productos químicos, de los que la industria es totalmente responsable y en los que no hay una contribución pública apreciable al I+D.
Resulta, sin embargo, que la inmensa mayoría de los nuevos medicamentos que la gran industria farmacéutica pone en el mercado, no implican nuevos componentes químicos. Un estudio de mayo de 2002, hecho por la Fundación del Instituto Nacional para la Gestión y Cuidado de la Salud (en inglés, National Institute for Health Care Management Foundation, o NIHCM), encontró que dos tercios de los medicamentos recetados aprobados por la Agencia Federal de Medicamentos (en inglés, Federal Drug Agency, o FDA) entre 1989 y 2000, eran versiones modificadas de medicinas existentes o idénticas a medicamentos que ya estaban en el mercado (y sólo alrededor de un 15 por ciento eran nuevas, y que la FDA consideraba ofrecían una mejora significativa respecto medicinas existentes). La gran industria lo niega, pero existen razones de peso para creer que es mucho más barato poner en el marcado esos productos menos novedosos.
Después, está el hecho no poco significativo de que las medicinas que se colocan en el mercado sin apoyo gubernamental son la excepción, en vez de la regla. El gobierno federal apoya una gran cantidad de investigación y financia las parcelas más tempranas y de mayor riesgo del proceso de I+D: la investigación inicial y las primeras fases de los ensayos clínicos.
Por último, las cifras de la industria y Tufts parece que inflan de forma brutal el coste de las pruebas clínicas. Viendo los archivos de las empresas en la Oficina de Impuestos (en inglés Internal Revenue Service, o IRS), sobre los impuestos a créditos sobre investigación de los denominados "medicamentos huérfanos" -aquellos que sirven para tratar pequeñas poblaciones (de pacientes)-, el Proyecto de Consumo sobre Tecnología, encontró, sin embargo, que las compañías farmacéuticas declararon sólo 7,9 millones de US$ -con los riesgos ya ajustados- en ensayos clínicos, menos del 1 por ciento del total estimado.
Incluso aunque los costes de esta categoría de medicamento estuviesen por debajo del promedio, tal y como la industria proclama - incluso aunque fuesen una décima parte del promedio, algo que es inverosímil -, este nivel todavía sugeriría unos costes de desarrollo mucho menores que las estimaciones de la industria y Tufts.
Cualquier examen honesto de las pruebas disponibles sobre los costes de los medicamentos, sugiere que los EE UU - y la mayoría del resto del mundo, que gracias a las tácticas de largo brazo armado de la industria estadounidense, mantienen ahora, o adoptarán pronto, el estilo de leyes de patentes de los EE UU - están compensando sobradamente y de forma masiva a la gran industria farmacéutica a lanzar los medicamentos al mercado.
Con el sistema estadounidense de salud reventando por las costuras, los ancianos dilapidando sus cuentas bancarias para comprar medicamentos y millones de personas en todo el mundo que no disponen de medicinas, ha llegado el momento de (hacer) reformas fundamentales.
Una reforma que tuviese sentido, tendría que incluir el fin de los trucos para la extensión de las patentes de la industria, las licencias de medicamentos desarrollados con dinero público sobre bases de no exclusividad, que permitiesen la reducción de precios mediante la competencia (o que al menos permitiesen la competencia cuando los precios resultasen excesivos) y considerar una reducción de precios para las patentes de 20 años de duración y la adopción de controles de precios.
Pero incluso esas medidas pueden resultar ineficaces. ¿Por qué, simplemente, no retoma el gobierno el control del trabajo de desarrollo de los medicamentos y después dejar que las empresas privadas los fabriquen y distribuyan en un ambiente competitivo, suprimiendo, de una vez por todas, los monopolios de las patentes sobre las medicinas?
* Russell Mokhiber es editor de Corporate Crime Reporter , con sede en Washington, D.C. Robert Weissman es editor de Multinational Monitor, con sede en Washington, D.C., http://www.multinationalmonitor.org. Ambos son coautores de Predadores Corporativos: La caza de Megabeneficios y el ataque a la democracia (Monroe, Maine: Common Courage Press, 1999; http://www.corporatepredators.org) (en inglés, Corporate Predators: The Hunt for MegaProfits and the Attack on Democracy).
Título original: Stripping away Big Pharma's Figleaf
Autor: Russell Mokhiber y Robert Weissman
Origen: Znet Commentaries, 6-7-2002
Traducido por Pedro Prieto y revisado por Alfred Sola