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Medio Oriente

Otra guerra contra el terror...al fin la verdad

Por Robert Fisk
Sana Sersawi habla cuidadosamente, alto pero despacio, cuando recuerda los caóticos, peligrosos, desesperadamente trágicos sucesos que le sucedieron hace más de 19 años, el 18 de septiembre de 1982. Como superviviente se preparaba para testificar contra el Primer Ministro israelí Ariel Sharon - que por entonces era el Ministro de Defensa de Israel - se para a buscar en su memoria cuando se confronta con los más terribles momentos de su vida. "Las falanges milicianas de las Fuerzas Libanesas se nos habían llevado de nuestras casas y nos guiaron a la entrada del campamento donde habían cavado una gran fosa en el suelo. Dijeron a los hombres que se metieran dentro. Entonces los milicianos dispararon a un palestino. Las mujeres y los niños habían pasado por encima de los cuerpos para llegar a este punto, pero nos impresionó de verdad ver a este hombre asesinado frente a nosotros y hubo un rugido de gritos y chillidos de las mujeres. Fue entonces cuando oímos a los israelíes gritando por los altavoces 'Dadnos los hombres, dadnos los hombres.' Pensamos 'Gracias Dios mío, nos salvarán.'" Sirvió para poner a prueba cruelmente una falsa esperanza. La sra. Serawi, embarazada de tres meses, vio a su marido Hassan, de 30 años, y a su cuñado egipcio Faraj el-Sayed Ahmed de pie entre la multitud. "Nos dijeron que subiéramos por la carretera hacia la embajada de Kuwait, las mujeres y los niños delante, los hombres detrás. Nos habían separado. Había milicianos falangistas y soldados israelíes caminando a nuestro lado. Todavía podía ver a Hassan y a Faraj. Era como un desfile. Éramos varios cientos. Cuando llegamos al Cite Sportif, los israelíes nos metieron a las mujeres en un cuarto de hormigón y los hombres fueron conducidos a otro lado del estadio. Había un montón de hombres del campamento y ya no pude ver más a mi marido. Los israelíes pasaban diciendo 'Sentáos, sentáos.' Eran las 11 de la mañana. Una hora después, nos dijeron que nos fuéramos. Pero nos quedamos fuera entre los soldados israelíes, esperando a nuestros hombres."
Sana Sersawi esperó bajo un sol de justicia a que salieran Hassan y Faraj. "Algunos hombres salieron, ninguno de ellos menor de 40 años, y nos dijeron que tuviéramos paciencia, que cientos de hombres todavía estaban dentro. Entonces, a eso de las 4 de la tarde, un oficial israelí salió. Llevaba gafas oscuras y dijo en árabe: '¿Qué estás esperando?' Dijo que no quedaba nadie, que se había ido todo el mundo. Había camiones israelíes saliendo con lona cubriéndolos. No podíamos ver dentro. Y había jeeps y tanques y un bulldozer haciendo un montón de ruido. Nos quedamos allí mientras oscurecía y los israelíes parecía que se iban y estábamos muy nerviosos. Pero cuando los israelíes se habían marchado, entramos. Y no había nadie allí. Nadie. Sólo había estado casada tres años. No volví a ver a mi marido nunca más."
Hoy, un juzgado de apelación de Bélgica comenzará una audiencia para decidir si el Primer Ministro Sharon debería ser acusado por la masacre de civiles palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Chatila en Beirut en 1982 (las leyes belgas permiten que los extranjeros sean acusados de crímenes de guerra cometidos en suelo extranjero) Durante sus trabajos en el caso, la acusación cree que ha descubierto nuevas pruebas impactantes sobre la responsabilidad de Israel.
Las pruebas se basan en el Estadio Deportivo Camille Chamoun - el "Cite Sportif". A sólo tres kilómetros del aeropuerto de Beirut, el deteriorado estadio era un centro de retención natural para prisioneros. Había sido el polvorín de la OLP de Yasser Arafat y había sido bombardeado repetidamente por los cazas israelíes durante la ofensiva de 1982 contra Beirut, de forma que su castigado y gigantesco exterior parecía una dentadura de pesadilla. Los palestinos habían minado su cavernoso interior, pero su vasto espacio de almacenamiento subterráneo y los vestuarios permanecían intactos. Era un punto de referencia familiar para todos los que vivíamos en Beirut. A media mañana del 18 de septiembre de 1982 - más o menos a la hora en que Sana Sersawi dice que fue conducida al estadio- vi a cientos de prisioneros palestinos y libaneses, probablemente bastante más de mil, sentados en su depresivo y oscuro interior, tirados en el polvo, vigilados por soldados israelíes y agentes de la Shin Beth (el servicio de seguridad israelí) vestidos de paisano y hombres que yo sospechaba que eran colaboradores libaneses. Los hombres estaban sentados en silencio, obviamente con miedo. Me di cuenta que de vez en cuando se llevaban a unos cuantos. Los metían en camiones del ejército israelí, o en jeeps, o en vehículos falangistas- para un "interrogatorio" más a fondo.
No tenía dudas sobre esto. A unos cientos de metros, en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, hasta 600 víctimas de la masacre se pudrían al sol, el olor de la descomposición flotando entre los prisioneros y sus captores. Hacía un calor sofocante. Loren Jenkins del Washington Post, Paul Eedle de Reuters y yo habíamos llegado a las celdas sólo porque los israelíes asumían - dada nuestra apariencia occidental - que debíamos de ser miembros del Shin Beth. Muchos de los prisioneros tenían las cabezas agachadas. Pero los milicianos falangistas de Israel - todavía clamando por el asesinato de su líder y presidente electo Bashir Gemayel - se habían ido de los campos, su matanza terminada, y al menos era ahora el ejército israelí el que estaba al cargo. Así que, ¿qué tenían que temer estos hombres?
Mirando atrás - y escuchando hoy a Sana Sersawi - me inquieta nuestra inocencia. Mis notas de aquel momento, escritas subsecuentemente en un libro sobre la invasión de Israel de 1982 y su guerra con la OLP, contiene algunas pistas ominosas. Encontramos a un empleado libanés de Reuters, Abdullah Mattar, entre los prisioneros y logramos que lo soltaran, llevándoselo Paul con su brazo sobre sus hombros. "Se nos llevan, uno a uno, para interrogarnos," me susurró uno de los prisioneros. "Son milicianos de la Haddad Cristiana. Normalmente traen a la gente de vuelta después del interrogatorio, pero no siempre. A veces la gente no los trae de vuelta." Entonces un oficial israelí me ordeno que me fuera. ¿Por qué no pueden hablarme los prisioneros?, pregunté. "Pueden si quieren," respondió. "Pero no tienen nada que decir."
Todos los israelíes sabían lo que había sucedido en los campos. El olor de los cadáveres era ahora insoportable. Fuera, un jeep falangista con las palabras "Policía Militar" escritas - si una institución tan exótica podría ser asociada con esta banda de asesinos - se acercaba. Unos cuantos equipos de televisión habían llegado. Uno filmaba a los milicianos cristianos libaneses fuera del Cite Sportif. También filmaba a una mujer rogando a un coronel del ejército israelí "Yahya" que soltasen a su marido. (El coronel ha sido ahora identificado positivamente por The Independent. Hoy, es un general del ejército israelí.)
Por toda la carretera principal tras el estadio había una fila de tanques Merkava israelíes, con sus ocupantes sentados en las torretas, fumando, observando a los hombres conducidos desde el estadio de uno en uno o en parejas, algunos siendo liberados, otros llevados por hombres del Shin Beth o por libaneses con chubasqueros caqui. Todos estos soldados sabían lo que había pasado en los campos. Uno de los que iban en los tanques, el teniente Avi Grabovski - que más tarde testificaría ante la comisión israelí Kahan - había sido testigo del asesinato de varios civiles durante el día anterior y le habían dicho que no "interfiriera".
En los días que siguieron, informes extraños llegaron a nosotros. Milicianos falangistas habían sacado a una chica de un coche en Damour y se la habían llevado, pese sus ruegos a un soldado israelí cercano. Luego la mujer de la limpieza de una mujer libanesa que trabajaba para una cadena de televisión estadounidense se quejó amargamente de que los israelíes habían arrestado a su marido. Nunca más se supo de él. Hubo otros vagos rumores de "desaparecidos"
Escribí en mis notas de aquellos días que "incluso después de lo de Chatila, los enemigos terroristas de Israel estaban siendo liquidados en Beirut Oeste". Pero no había asociado directamente esta oscura convicción con el Cite Sportif. Ni siquiera había reflexionado sobre los siniestros precedentes de un estadio deportivo en tiempos de guerra. ¿No había habido un estadio en Santiago unos cuantos años antes, lleno de prisioneros después del golpe de estado de Pinochet, un estadio del que muchos prisioneros nunca volvieron? Entre los testimonios recogidos por abogados buscando la imputación de Ariel Sharon por crímenes de guerra está el de Wadha al-Sabeq. El viernes 17 de septiembre de 1982, según ella, mientras la masacre (sin saberlo ella) se estaba llevando a cabo todavía en Sabra y Chatila, estaba en su casa con su familia en Bir Hassan, justo tras los campos. "Los vecinos vinieron y dijeron que los israelíes querían sellar nuestras tarjetas de identificación, así que bajamos las escaleras y vimos israelíes y fuerzas libanesas falangistas en la calzada. Separaban a los hombres de las mujeres." Esta separación - con su horrible sombra de separaciones similares en Sbrenica durante la guerra de Bosnia- era una característica común de los arrestos masivos. "Nos dijeron que fuéramos a Cite Sportif. Los hombres se quedaron." Entre los hombres estaban los dos hijos de Wadha, Mohamed, de 19 años y Ali, de 16, y su hermano Mohamed. "Fuimos al Cite Sportif, como nos dijeron los israelíes", dice. "Nunca volví a ver a mis hijos o a mi hermano."
Los supervivientes cuentan historias inquietantemente similares. Bahira Zrein dice que una patrulla israelí le ordenó que fuese al Cite Sportif y se llevaron a los hombres que iban con ella, incluyendo a su hermano de 22 años. Algunos milicianos - observados por los israelíes- le metieron vendado en un coche, dice. "Así es como desapareció", dice en su testimonio oficial, "y nunca más le he visto desde entonces."
Sólo unos días después fue cuando los periodistas empezaron a notar una discrepancia en las estadísticas de los muertos. Mientras 600 cuerpos habían sido encontrados en Sabra y Chatila, se había informado de 1.800 civiles "desaparecidos". Asumimos - cuán fáciles son las presunciones durante la guerra - que habían muerto en los tres días entre el 16 de septiembre de 1982 y la retirada de los asesinos falangistas el día 18, y que sus cuerpos habían sido enterrados secretamente fuera del campo. Inconscientemente, sospechábamos. La idea de que muchos de esos jóvenes habían sido asesinados fuera de los campos o después del 18, que las matanzas continuaban mientras caminábamos por los campos, nunca se nos ocurrió.
¿Por qué no pensamos en esto en aquel momento? Al año siguiente, la comisión Kahan israelí publicó su informe, condenando a Sharon pero terminando su propia investigación de la atrocidad en el 18 de septiembre, con sólo una pista de una línea - sin explicar - de que varios cientos de personas podrían haber "desaparecido" al mismo tiempo. La comisión no entrevistó a ningún superviviente palestino pero se permitió que fuera la narrativa de la historia. La idea de que los israelíes seguían proporcionando prisioneros a sus aliados milicianos sedientos de sangre nunca se nos ocurrió. Los palestinos de Sabra y Chatila están ahora dando pruebas de que esto es exactamente lo que ocurrió. Un hombre, Abdel Nasser Alameh, cree que su hermano Ali fue entregado a la falange en la mañana del 18. Una palestina cristiana llamada Milaneh Boutros ha grabado cómo, en un camión lleno de mujeres y niños, fue llevada de los campos al pueblo cristiano de Bikfaya, el hogar del recientemente asesinado presidente cristiano electo Bashir Gemayel, donde una mujer cristiana golpeada por el duelo ordenó la ejecución de un niño de 13 años en el camión. Le dispararon. El camión debió pasar al menos cuatro controles israelíes hasta Bikfaya. Y Dios me ayude, ahora me doy cuenta de que hasta he conocido a la mujer que ordenó la ejecución del chaval.
Aún antes de que la matanza en los campos hubiera terminado, Shahira Abu Rudeina dice que se la llevaron al Cite Sportif, donde, en uno de los "centros de retención" subterráneos, vio a un deficiente mental, vigilado por soldados israelíes, enterrando cuerpos en un foso. Sus pruebas pueden ser rechazadas por el hecho de que también expresó su agradecimiento a un soldado israelí - dentro del campo de Chatila, contra toda prueba dada por los israelíes - que evitó el asesinato de una de sus hijas por la falange.
Bastante después de la guerra, demolieron las ruinas del Cite Sportif y construyeron un nuevo estadio de mármol en su lugar, parcialmente financiado por los británicos. Pavarotti ha cantado allí. Pero el testimonio de lo que pueda descansar en sus cimientos - y sus inquietantes implicaciones- debería dar a Ariel Sharon más razones para temer una acusación.


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