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Internacional

17 de septiembre del 2002

Las oscuras conexiones entre el imperio en el exterior y las cárceles en el interior de los EEUU

Paul Street
ZNet en español

El reconocimiento de contradicciones sustanciales entre los objetivos declarados de la política exterior estadounidense y su cruda realidad imperialista ya es un lugar común para escritores y activistas de izquierda. Nos damos cuenta, lógicamente, de lo difícil que les resulta a personas inteligentes tomar en serio las declaraciones del gobierno de los EE.UU. a favor de la libertad, la justicia, la democracia y la seguridad y en contra del terrorismo, el autoritarismo, la violencia y la inseguridad, cuando los formadores de políticas del Tío Sam llevan a cabo las siguientes acciones:
· Alimentan la carrera armamentista global y se tranzan, precipitadamente y sin medir las consecuencias, en amenazas y acciones militares (destacándose el tema del "Eje del Mal") que le toma el pelo al derecho internacional y amenazando con producir una nueva guerra global
· Recortan acuerdos sobre el control de armas nucleares para promover un esquema de "La guerra de las galaxias" peligrosamente desestabilizante, como parte de un programa de militarización espacial controlada por los EE.UU.
· Transfieren riquezas casi inimaginables y sin precedentes -cientos de miles de millones de dólares- al establishment militar más temible de la historia mundial y a un eje del mal de empresas de "defensa" en un planeta donde, por lo menos, 2.000 millones de personas viven en un estado de pobreza desesperante, con menos de 2 dólares diarios.
· Fomentan un programa tóxico de globalización capitalista corporativa y financiera que polariza la desigualdad económica y por lo tanto aumenta la inestabilidad política, militar y ecológica en un planeta que ya es crudamente desigual, frágil y que está destruido por la violencia.
· Infligen violencia y terror, tanto directa como indirectamente, en masas de personas en todas partes del mundo, incluso en algunos de los países más desesperados del planeta, como Afganistán.
Apoyan (con fondos, equipos, entrenamientos, etc.) regímenes autoritarios que aterrorizan y reprimen a porciones significativas de sus poblaciones sometidas, adyacentes y/ o colonizadas, como en los casos de Colombia, Turquía, Pakistán, Rusia, Uzbekistán, Israel e Indonesia, por nombrar sólo algunos ejemplos.
· Restringen el flujo de información sobre las consecuencias de las políticas estadounidenses en el exterior y planean crear una agencia de desinformación abiertamente "orwelliana" para crear una imagen de los EE.UU. y su política exterior a través de mentiras y propaganda
· Mantienen varios centenares de bases e instalaciones militares en más de 50 naciones "soberanas" a lo ancho del mundo, cada una sirviendo como un poderoso símbolo del estatus americano que lo ubica como indisputado líder imperialista del mundo, y muchas veces actuando como fuente importante de resentimiento hacia dicho estatus.
· Crean estrategias para modificar la postura oficial de repudio al uso de armas nucleares en acciones de ataque inicial.
Sin embargo, también es importante prestar atención a la escena doméstica estadounidense, donde la diferencia entre los objetivos declarados y las crudas realidades sociales también es grande. Después de todo, es allí donde se encuentra la verdadera raíz social y política de peligrosos proyectos imperialistas y de los valores, los paradigmas, las políticas y las prácticas autoritarias sobre los que se construyen semejantes proyectos.
Compárese, por ejemplo, la asombrosa expansión de un estado racista de encarcelación masiva antes y durante el período del surgimiento los Estados Unidos como la superpotencia mundial indiscutida. En una contradicción que Orwell seguramente apreciaría, la nación que orgullosamente se autoproclama hogar y cuartel central de la libertad mundial, actualmente encarcela a 730.000 personas por año.
Entre los años 1972 y 2000, la cantidad de personas encarceladas en los Estados Unidos aumentó de 330.000 a casi 2 millones. En el último de estos años, la cantidad de personas adultas bajo "supervisión de un correccional" -tras las rejas, libre bajo fianza o en libertad condicional- alcanzó un nuevo pico histórico de 6,47 millones, es decir, 1 de cada 32 personas adultas.
El índice de encarcelamiento en los EE.UU. es de 699 por cada 100.000 habitantes. El segundo índice más alto del mundo es el de Rusia, con 644 por 100.000. El índice americano es seis veces más alto que el de Gran Bretaña, Canadá o Francia. "Ningún otro país democrático occidental ha encarcelado, en época alguna, un porcentaje tan alto de su población", asegura Norval Morris, un profesor emérito de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago. Según Morris la cantidad de personas encarceladas en los Estados Unidos es "aberrante".
Las cifras merecen ser analizadas con seriedad en una época en la que la propaganda oficial estadounidense dirigida a las masas -construida por creadores de políticas públicas e intelectuales políticos que demuestran pensar de otra manera cuando hablan entre sí - asegura que los atacantes del 11 de septiembre estaban motivados por el temor y el odio hacia una "libertad" americana sin igual.
La mayoría de las personas que ingresan al espacio intrínsicamente violento del sistema carcelario americano, donde la violación de presos alcanza al 7% del total de los reclusos, lo hacen por haber cometido crímenes no violentos. Entre 1980 y 1997, el Justice Policy Institue (Instituto de Política Judicial) informó que "la cantidad de delincuentes condenados por haber cometido crímenes violentos destinados a prisiones estatales prácticamente se duplicó (llegando al 82 por ciento)," pero que "la cantidad de delincuentes que cometieron crímenes no violentos se triplicó (alcanzando el 207 por ciento)". Personas que han cometido crímenes no violentos representan más de las tres cuartas partes del enorme incremento en la cantidad de reclusos en los EEUU entre 1978 y 1996.
Los gastos y las estadísticas penitenciarias estadounidenses se vuelven aún más aberrantes cuando se los analiza según el origen racial de los involucrados. En 1979, los blancos no hispanos comprendían el 42% de los prisioneros estatales, pero a finales del siglo veinte el porcentaje se redujo a un tercio del total. Cerca del 10% de los hombres negros no hispanos de entre 25 y 29 años estaban en prisión en el año 2000, en comparación con el 1,1% de los blancos en la misma franja de edad. El Bureau of Justice Statistics (Agencia de Estadísticas Judiciales) estima que un joven negro que tenía 16 años de edad en 1996, tiene un 29% de posibilidades de ser encarcelado durante su vida.
Debido a la existencia de leyes que recortan los derechos de los convictos en los EE.UU. y a las disparidades raciales en el sistema de justicia penal, la sorprendente cantidad de un millón y medio de afro-americanos, o sea un 13% de los hombres negros, no poseen el derecho al voto. Dicha proporción es siete veces mayor que el promedio nacional y bien podría haber marcado la diferencia para Bush en su "elección" del año 2000.
En mi estado natal, Illinois, hay casi 20.000 hombres negros más en el sistema carcelario estatal que en las universidades públicas del estado.
Para poder albergar al creciente número de prisioneros, predominantemente negros, Illinois ha construido 20 cárceles para adultos desde 1980, todas localizadas en la parte sur del estado, donde el encarcelamiento provee empleo, aumento en la contabilización en censos y dólares de impuestos para miles de personas, predominantemente blancas, que viven en ciudades que dependen de la cárcel como industria y que agradecen la encarcelación a gran escala como una solución al desempleo local producido por el cierre de fábricas, minas, molinos y campos.
Algunos liberales e izquierdistas tenían la esperanza de que el fin de la Guerra Fría resultaría en un extenso periodo de paz. Con la derrota del "malvado imperio" contra el que luchaba el Tío Sam, rogábamos por que el capital social excedente, previamente destinado a armas, tropas y burocracia militar, comenzara a ser utilizado para hacer inversiones progresistas sociales y medioambientales.
Estas esperanzas parecen ingenuas vistas desde la terrible claridad de la mirada retrospectiva. Los presupuestos militares han vuelto a los niveles que tuvieron durante la Guerra Fría e incluso los han superado. Los gastos sociales y, especialmente los de bienestar social para los pobres, han caído constantemente a lo largo de una década dedicada a los principios neoliberales: intervención estatal para los ricos y disciplina de "libre" mercado para los pobres.
Los dueños de la política interna americana eligieron un nuevo programa social para los ciudadanos más desaventajados consistente en encerrarlos antes que en extenderles una mano. Convenientemente, en la actualidad, el número de los presos americanos (predominantemente negros) es aproximadamente igual al número de hogares estadounidenses que están dentro del sistema de bienestar social (encabezados mayoritariamente por mujeres).
En todo caso, algunas comunidades acusan dividendos por cárceles creadas en la época post- Guerra Fría ya que la encarcelación masiva proporcionó empleos a comunidades donde el cierre de bases, y otros cambios relacionados con la estrategia militar resultante del colapso soviético, llevó a que hubiera caídas en los niveles de empleo.
La elite de los apologistas de la encarcelación a gran escala ofrece explicaciones interesantes sobre el gran encierro racista estadounidense. Aseguran que la encarcelación a gran escala nace como una respuesta racional al crecimiento del crimen durante los '70 y '80. Afirman que desde comienzos de los años '80 el crimen viene disminuyendo debido a que "la cárcel funciona". Aseguran que la población carcelaria es desproporcionadamente negra por la simple razón de que, según las palabras del reconocido lingüista conservador negro John McWhorter, "el porcentaje de negros entre la población carcelaria refleja claramente la proporción en la que cometen crímenes".
Aunque pueda tranquilizar a los privilegiados, la explicación oficial no explica por qué los niveles de criminalidad aumentaron en los '70 y a fines de los '80, cuando el nivel de encarcelamiento creció al mismo ritmo que en los '90. Tampoco explica por qué la encarcelación a gran escala continuó al mismo ritmo durante los '90 a pesar de que los crímenes disminuyeron.
Se ignora la posibilidad de que otros factores, incluyendo la expansión económica sin precedentes de los '90, proveen mejores explicaciones que la encarcelación para la merma en los niveles de criminalidad.
A esta explicación se le da tan poca relevancia como a los datos internacionales que demuestran que los ciudadanos estadounidenses tienen tantas posibilidades de ser víctimas de un crimen como los ciudadanos de los países europeos, quienes encarcelan a porcentajes relativamente pequeños de sus poblaciones.
Las verdaderas fuerzas detrás del "aberrante" crecimiento carcelario en "la tierra de los hombres libres" incluyen el cambio de sentencias indeterminadas por sentencias determinadas que comenzó en los '70, cuando los legisladores empezaron a restringirle, a los jueces y a las comisiones encargadas de otorgar la libertad condicional a los reclusos, las facultades para decidir cuanto tiempo los presos debían permanecer detrás de rejas. Bajo el sistema anterior, tradicional en la práctica de la justicia penal estadounidense, los jueces fijaban una sentencia mínima y una máxima y las comisiones tenían amplia flexibilidad para determinar cuándo eran liberados los presos sobre la base del "buen comportamiento" y a información relacionada al proceso de rehabilitación.
Al haberse modificado el paradigma imperante dentro de la ciencia penal americana, que en los '70 y '80 pasó de la rehabilitación a la incapacitación puramente punitiva, las sentencias aumentaron, desarrollo que fue reforzado por la promulgación de leyes de "veracidad en el sentenciamiento" en los '90. Los estados crearon nuevas ofensas criminales y sentencias más duras para crímenes ya normativizados. También aumentó de manera espectacular la cantidad de agentes policiales en las calles, lo que hizo subir el número de arrestos y de crímenes denunciados. También comenzaron a reingresar a prisión un mayor número de personas con libertad condicional, a partir de violaciones a tecnicismos del sistema de libertad condicional.
Todo está firmemente vinculado al proyecto de Ronald Reagan "War on Drugs" (Guerra a las Drogas), el "cual es, de hecho", según escribió Mark Crispin Miller, "una guerra racial llevada adelante por caminos legales". Las sentencias más duras, al igual que los arrestos y los procesos judiciales hechos a partir de políticas oficiales, han estado poderosamente concentrados en el área de las drogas. El número de detenidos por drogas en las cárceles americanas aumentó más de once veces (1040%) entre 1980 y 1997.
Mientras que casi tres cuartas partes de los consumidores de drogas ilegales son de ascendencia euro americana y 15% son negros, los negros conforman el 37% de los detenidos con cargos por drogas. Son más de 4 de cada 10 delincuentes detenidos por drogas en el sistema carcelario federal y casi el 60% en los sistemas estatales.
Al momento de su lanzamiento, los formadores de políticas, incluyendo al Senador Daniel Patrick Moynihan, sabían muy bien que la guerra a las drogas, cuyas detenciones están más vinculadas a temas relativos a políticas públicas que los de los crímenes violentos, provocarían un aumento espeluznante en la cantidad de encarcelamientos de hispanos y negros.
El festival de la encarcelación a gran escala americana está impulsado por decisiones políticas.
Nunca olvidaré el día en que, ingenuamente, intenté "contarle la verdad al poder" (un emprendimiento intrínsicamente inútil) sobre esta política y sus consecuencias en mi estado. Como miembro de un grupo de consejeros con sede en Chicago que busca reducir la reincidencia criminal y ayudar a que ex-convictos se reintegraran a la sociedad, fui invitado a exponerle nuestra postura a Matt Bettenhausen, el Adjunto del Gobernador de Illinois para la Justicia Criminal y la Seguridad Pública. Nueve expositores explicamos nuestros hallazgos y propuestas en una placentera sala de conferencias en Chicago, una fría mañana de diciembre.
Bettenhausen, quien proviene de una familia local de consagrados corredores de autos, llegó a tiempo para escuchar, únicamente, la última charla. Pidió disculpas por haber llegado tarde, explicando que no había podido evitar una reunión con el Fiscal General del estado para tratar el tema de la guerra contra el terrorismo.
Sus ojos resplandecieron con orgullo mientras nos contaba que se había convertido en una persona mucho más ocupada desde su designación como el "primer Coordinador Local de Seguridad" en la historia del estado. Nos saturó con los últimos informes sobre el avance de la campaña militar estadounidense en Afganistán. "Ah", murmuró un participante, "mira CNN."
Luego de establecer la relativa insignificancia de nuestros asuntos, nos dijo que George Ryan, el gobernador de Illinois, no volvería atrás en su reciente decisión de eliminar del presupuesto estatal la educación superior y el entrenamiento vocacional para presidiarios. Los recortes eran, remarcó, obligados a partir de la "decaída económica posterior a septiembre", una elección de fecha cuestionable e imperialista para una decaída, ya atrasada, en el ciclo comercial.
Acelerando su auto a fondo se fue hacia otra reunión, relacionada con la guerra contra el terrorismo. ¡Esta era una escala que el Coordinador Local de Seguridad no necesitaba!
Recordé el comentario de James Madison, quien dijo que "los grilletes puestos a la libertad en nuestra casa han sido forjados con las armas provistas para la defensa contra peligros externos, ya sean reales, supuestos o imaginarios".
Desgraciadamente, ésta es tan sólo una de las tantas líneas poderosas, aunque a veces sutiles, de continuidad, conexión y coherencia entre el imperialismo global americano en el exterior y la encarcelación a gran escala en el interior. Entre las diversas y oscuras conexiones, deben considerarse las siguientes:
-Al igual que la política exterior imperialista que precedió y luego se extendió tras los ataques del 11 de septiembre, la encarcelación a gran escala es antidemocrática. Esto es obviamente verdadero en cuanto a sus consecuencias para las víctimas inmediatas (los presidiarios) pero es verdadero, incluso, en cuanto al papel llamativamente leve que la mayoría de los americanos juegan en la formación de estas políticas. Información recientemente obtenida de encuestas sugiere que la mayoría de los americanos rechazan la encarcelación de delincuentes no violentos y apoyan la rehabilitación, las sentencias alternativas y las medidas de modificación de conductas por sobre la estrategia, costosa y contraproducente, de la encarcelación masiva.
- Al igual que las víctimas del régimen de encarcelación interno, los objetivos y las víctimas de la política exterior americana son, de forma desproporcionada, "gente de color" (léase gente que no es blanca). Sin duda, es más que una mera coincidencia que una nación que apunta a los "crímenes en las calles" de las minorías pero que aborda con relativa levedad los "crímenes de guante blanco" de los blancos de clase media y alta, también denuncie el "terrorismo" en Medio Oriente cuando es cometido por árabes de tez oscura, pero mire con relativa ceguera los crímenes, más mortíferos, cometidos por la "acción policial" del único estado de la región gobernado y habitado por personas de ascendencia europea. Podrían darse muchos ejemplos más de la política exterior de los EE.UU. Al igual que los peores aspectos de dicha política, la encarcelación a gran escala interna es parte de un círculo vicioso de políticas que se alimentan a sí mismas bajo la forma de una clásica profecía autosuficiente. El compromiso americano con el imperialismo militarizado y la globalización corporativo- financiera produce inestabilidad, pobreza y violencia a lo ancho del mundo, lo que sirve continuamente como pretexto para la necesidad de aplicar más "correcciones" ilusorias a través de más imperialismo. La encarcelación a gran escala interna extiende el empobrecimiento, la desmoralización y la desestabilización de las comunidades y familias más desaventajadas de los EE.UU., creando condiciones y aumentando la cantidad de personas que cometen crímenes en los barrios más pobres de las ciudades, lo que a su vez sirve de pretexto para una mayor expansión de las correcciones no correctivas. Y al igual que el proyecto imperial, el encierro interno es llamativamente caro y regresivo y lleva aparejado grandes costos de oportunidades socio democráticas, que deben ser pagados por los contribuyentes impositivos americanos. Ambas políticas desvían miles de millones de dólares de programas sociales que podrían combatir la pobreza y la desigualdad endémica y que, por lo tanto, podrían eliminar la necesidad de políticas punitivas, vengativas y autoritarias. Las recompensas van, especialmente, a un pequeño grupo de contratistas corporativos privados: los complejos industriales militar y carcelario, que no carecen de relaciones ínter vinculantes con los capitales financieros, sociales, intelectuales y tecnológicos.
- Ambas políticas reclutan grupos de base en los distritos electorales gracias a su papel en la producción del desarrollo de economías locales y de oportunidades de empleo relativamente desconcentradas para personas de clase baja y media baja. La difícil situación de muchos de estos distritos en una época de desindustrialización y guerra de clases, hecha desde los sectores superiores hacia los inferiores, los anima a ingresar a puestos de alto grado de estrés (guardia cárceles, infantería) en zonas potencialmente peligrosas y atavísticas a las que las personas de mejor posición (sin contar a turistas como el veterano de la guerra de Vietnam e integrante de la clase alta, Oliver Stone) tienden a evitar.
- Debido a que tanto la industria carcelaria como la armamentista están enraizadas y reflejan cálculos desesperados, egoístas e intrínsicamente parasitarios, socialmente dependientes (a través de la desposesión), cortoplacistas y orientados por los beneficios del sistema capitalista, es que ambas desarrollan vidas tóxicas propias. Rápidamente pierden contacto con los nobles objetivos que proclaman como propios (paz, estabilidad y el resto) y desarrollan un interés creado a partir de la perpetuación de las mismas condiciones que oficialmente se supone que deben eliminar.
-Ambas políticas y la confusión pública generalizada que las impulsa, o que por lo menos las permite (que gracias a Dios comienza a desaparecer un poco con relación a las cárceles y a la guerra contra las drogas) están alimentadas, peligrosamente, por un poderoso e inflamable arsenal cobertura mediática prejuiciosa. Esta cobertura, profundamente reaccionaria, provee un flujo continuo de imágenes descontextualizadas y pequeñas señales sonoras, dirigidas al público, acerca de la salvaje inhumanidad de los asesinos, violadores, alborotadores, terroristas, traficantes de drogas, pandilleros y otros peligrosos delincuentes, tanto en el interior del país como en el exterior, y que son, en su mayoría y en números desproporcionados, de tez oscura.
- Ambas políticas son alimentadas y racionalizadas por la Guerra a las Drogas. Tanto dentro del país como en el exterior, los máximos diseñadores de esta guerra tienen una preferencia especial por apuntar contra los débiles, los "oscuros" y los pobres (como, por ejemplo, los consumidores de crack y marihuana de los barrios pobres de las ciudades, así como también los campesinos indígenas marginales colombianos productores de coca), mientras dejan en paz a los ricos, blancos y poderosos. Éstos últimos incluyen a las cabecillas de las corporaciones financieras offshore que obtienen réditos de las ganancias por drogas y a los jefes de las empresas tabacaleras americanas, cuyos productos matan a mucha más gente que la diabólica cocaína de la era Reagan y post Reagan. Por supuesto que sin la Guerra a las Drogas, la fabricación y la comercialización de substancias ilegales, cuyas dañinas consecuencias los formadores de políticas estadounidenses aseguran, obsesivamente, aborrecer, serían mucho menos rentables.
- Ambas políticas están firmemente vinculadas a la política estadounidense de globalización corporativa. Mientras que esta política provee pretexto, necesidad y racionalidad para el proyecto imperial (tal cual se mencionó más arriba), también provee un contexto esencial para la desindustrialización americana. Las pérdidas resultantes de los buenos empleos para gente sin educación superior es una causa fundamental de la creciente crisis en la vida de los barrios pobres urbanos, creando terreno fértil para el aumento de un comportamiento "criminal" y de un tráfico urbano de drogas que provee pretextos para la racialmente despareja encarcelación a gran escala. Crea una urgencia por casi cualquier tipo de crecimiento en los niveles de empleos, incluso de aquellos provistos por la encarcelación masiva, en comunidades carcelarias, ya sea en regiones predominantemente blancas, como el sur de Illinois, o como puede ser, alternativamente, en el norte de estados como Nueva York o Michigan. Estas comunidades se sirven, tóxicamente, de las criminalizadas " clases inferiores" urbanas como la materia prima que les provee la entrada a su pequeña parte del sueño, o la pesadilla, americana.
Existen muchas conexiones más que podrían hacerse entre estos y otros factores que alimentan y se extienden entre el imperialismo y la manía carcelaria interna. Sin embargo, las mencionadas son suficientes para esbozar qué tan oscuramente perfecto y apropiado es que la cabeza visible de esa expansión imperial, George W. Bush, haya vislumbrado recientemente, aunque antes de su designación presidencial (que fue asistida por su actitud pro carcelaria) y cuando todavía era gobernador de Texas, "el sistema carcelario más grande del planeta Tierra", según las palabras de Molly Ivans.
Tal cual lo sabía Madison, existe una conexión íntima y dialécticamente inseparable entre cárceles y represión en el interior del país y un imperio en el exterior.
Estadounidenses comprometidos se deben a sí mismos, así como a sus hermanos y hermanas alrededor del mundo, reconocer esa oscura conexión y oponerse a ella.
· Título original: Empire Abroad, Prisons at Home: Dark Connections
· Autor: Paul Street
· Origen: Znet
· Traducido por Rodrigo Orihuela y revisado por Leonidas Leipzig