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Internacional

22 de febrero del 2002
Modificación genética

Naomi Klein

Se podría disculpar a los europeos por pensar que han ganado la guerra contra la ingeniería genética en la cadena alimenticia. Existen etiquetas en los pasillos de los supermercados, existe apoyo político hacia la agricultura orgánica y la opinión de Greenpeace parece representar un punto de vista aceptado por la mayoría, ya que los tribunales no les han condenado por arrancar cosechas genéticamente modificadas. Podrías suponer que, habiendo 35 países donde existen o están desarrollando leyes que obligan el etiquetado de los Alimentos Genéticamente Modificados (AGM), la industria de exportación agrícola norteamericana no tendría otra opción más que doblegarse a la demanda: manteniendo las semillas modificadas genéticamente lejos de los campos no alterados y, en general, olvidándose de estas controvertidas variedades.
Pues no. La verdadera estrategia es introducir tanta contaminación genética en la cadena alimenticia que imposibilite la demanda por parte del consumidor de alimentos no modificados genéticamente. La idea es sencillamente que la contaminación se extienda más rápidamente que la legislación de los países y después adaptar las leyes a la contaminación ya existente.
A continuación, unos informes desde el frente de esta guerra invisible.
En abril, Monsanto recogió aproximadamente un 10% de las semillas de canola genéticamente modificadas que había distribuido en Canadá debido a unos informes sobre la contaminación de estas semillas por otra variedad de semilla de colza modificada, no apta para la exportación. El caso más conocido es el del maíz Starlink. La cosecha genéticamente modificada (destinado a alimento de animales y no apta para consumo humano) llegó a mezclarse con el suministro de maíz norteamericano debido a que las zonas "parachoque" que rodean los campos donde ha sido cultivado, mostraron ser totalmente incapaces de contener el polen transportado por el viento. Aventis, empresa que posee la patente de Starlink, propuso una solución: en vez de retirar el maíz, ¿por qué no aprobar su aptitud para el consumo humano?
Y ahora exponemos el famoso caso de Percy Schmeiser, el agricultor de Saskatchewan quien ha sido denunciado por la empresa Monsanto ya que algunas de las semillas canola genéticamente modificadas de esta empresa, cayeron en las tierras del agricultor por acción del viento cuando estas eran transportadas en camiones y debido a su proximidad a los campos de esta empresa. Monsanto dice que cuando las semillas germinaron, el Sr. Schmeiser estaba robando la propiedad de la empresa. El Tribunal ratificó la denuncia y hace 2 meses condenó al agricultor a pagar a la empresa 20.000 dólares, más las costas legales. El Sr. Schmeiser dijo: "Me alarmé muchisimo cuando en la sentencia leí que no importa cómo se mezcle la semilla de cultivo, ya sea debido a la acción del viento o la polinización, a las inundaciones, a la maquinaría utilizada - la semilla no pertenece al agricultor. Es propiedad de Monsanto." El veredicto fue una advertencia a los agricultores norteamericanos independientes para que no intenten entrar en esta industria sin contar con los gigantes de los genes: inténtelo y pagará el precio.
Arran Stephens, presidente de "Nature's Path", empresa de comida orgánica de British Columbia informó al New York Times a principios de este mes, que el material genéticamente modificado estaba encontrando el camino para mezclarse con los alimentos orgánicos. "Hemos encontrado restos en maíz que ha sido cultivado orgánicamente durante 10-15 años. No existe muro suficientemente alto para contener la materia modificada genéticamente." Existe tanta contaminación genética en los campos norteamericanos que un grupo de agricultores orgánicos está considerando lanzar un recurso colectivo contra la industria bio-tecnológica por pérdidas de ingresos - ¿cómo se puede vender a consumidores que demandan alimentos no modificados genéticamente cuando no se puede mantener los genes fuera de los campos?
La semana pasada, los fundamentos de este caso recibieron un apoyo significativo. "Loblaws", la mayor cadena de supermercados de Canadá, con el 40% del mercado, envió una carta a todos sus proveedores de alimentos orgánicos, incluyendo "Nature's Path", informándoles que no les permitiría declarar que sus alimentos eran "No Modificados Genéticamente". Los ejecutivos de la empresa argumentan que no hay manera de saber si los alimentos están verdaderamente libres de modificación genética. La carta empieza "Queridos y valorados proveedores" y continúa exigiendo un compromiso por escrito "para la retirada de la declaración de No Modificado Genéticamente de .... los envases, efectivo a partir del 1 de septiembre de 2001" y, "tomar las medidas necesarias para poner etiquetas encima o cubrir la declaración de No Modificado Genéticamente antes de la fecha límite del 1 de septiembre de 2001."
En los grandes supermercados de Canadá ya se pueden ver en sus estantes las etiquetas modificadas: garabatos escritos a mano, cubriendo las etiquetas originales, en las cajas de cereales orgánicos. A primera vista, la decisión de Loblaws no parece tener sentido cara al mercado. Aunque aproximadamente el 70% de los alimentos vendidos en Canadá contienen ingredientes genéticamente modificados, más del 90% de los Canadienses encuestados reclaman un etiquetado en los alimentos informando si la composición genética de dicho alimento ha sido modificada. Parecería acertado que los supermercados ofrecieran a los consumidores lo que ellos reclaman, tal y como intentaron hacer las cadenas Tesco y Safeway etiquetando sus propias líneas de productos libres de modificación genética, cuando surgieron las protestas al respecto en Europa. Sin embargo, en Norteamérica, los supermercados forman parte de una estrategia agrícola más amplia para presentar el etiquetado, sencillamente, como demasiado complicado. En parte, esto se debe a que cadenas tales como Loblaws, no sólo son minoristas de alimentación sino fabricantes de sus propias líneas privadas. La línea de Loblaws se denomina "President's Choice" o "Memories of", que contiene productos chic del tercer mundo tales como "Memories of Kobe Sauce" y "Memories of Singapore noodles". Gale Weston, presidente de Loblaws, ha advertido públicamente que "habrá un coste asociado" al etiquetaje y si Loblaws vende productos etiquetados "No Modificados Genéticamente", esto debilitará la intención de obstaculizar el etiquetaje de "Genéticamente Modificado" en el resto de los productos.
¿Qué significa todo esto para los europeos y para sus campañas, mucho más avanzadas, contra los Alimentos Modificados Genéticamente?
Significa, que sus etiquetas pronto pueden estar tan obsoletas como las etiquetas garabateadas de nuestros supermercados. Si la contaminación continúa extendiéndose por Norteamérica y si la industria agrícola vence en su lucha actual por derrocar la prohibición de semillas modificadas genéticamente que existe actualmente en Brasil, será prácticamente imposible importar soja que no haya sido modificada genéticamente. Apoyados por leyes depredadoras de la propiedad intelectual, las empresas agrícolas están en camino de conseguir que el suministro alimenticio global esté tan contaminado, tan confuso, tan polinizado por los organismos genéticamente modificados y en general, tan mezclado, que los legisladores se verán obligados a claudicar.
Cuando miremos atrás y recordemos este momento, masticando nuestro alimento natural genéticamente modificado, nuestros tacos Starlink aprobados para el consumo humano y nuestro salmón transformado del Atlántico (escapado del vivero y recapturado en el océano Pacífico), bien podríamos recordarlo como el momento decisivo en que perdimos nuestra opción de un alimento auténtico. Quizá Loblaws lance un nuevo producto que embotellará aquel sentimiento de desolación llamándolo "Recuerdos de la Opción del Consumidor".
* Título original: Genetic tampering
* Autor: Naomi Klein
* Origen: ZNet Commentaries, 25-6-2001
* Traducido por Olga Pozos y revisado por Alfred Sola