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La vieja Europa

23 de diciembre de 2002
En nombre de la libertad

Saíd Villavicencio Jaldín (*)
Rebelión


El principio que rigió el modo de producción feudal "iguales ante Dios", con el advenimiento del capitalismo, se transfiguró en "iguales ante la Ley" y fue la gran gesta de la Revolución Francesa la que empuñó la tríada victoriosa de Libertad, Igualdad y Fraternidad para cambiar el porvenir de la sociedad al ofrendarla al mundo. Sin embargo, hoy rumbo a 214 años de distancia de dicho episodio, al parecer, sólo quedan las osamentas de dicha trilogía en la geografía superior del pensamiento de la mayoría de hombres y mujeres que moran estos tiempos.

Sin duda alguna, la libertad ("facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos... estado o condición del que no es esclavo... estado del que no está preso", según la Real Academia Española) es un término muy abarcador, pues bajo la extensión de sus alas se cobijan víctimas y victimarios, inocentes y culpables, explotados y explotadores; es decir que la invocan y reclaman todos por todo y por nada.

Dentro del conjunto de libertades que se conocen, hoy en día, están, por ejemplo, la libertad de conciencia ("facultad de profesar cualquier religión sin ser inquietado por la autoridad pública"), de cultos ("derecho de practicar públicamente los actos de la religión que cada uno profesa"), de imprenta ("facultad de imprimir cuanto se quiera, sin previa censura, con sujeción a las leyes"), de pensamiento ("derecho de manifestar, defender y propagar las opiniones propias"), entre otras. Empero, dentro del conjunto de las libertades, el sitial de privilegio que caracteriza la fisonomía de esta época de globalización económica, política y cultural, es la libertad económica.

Los pregoneros de la libertad absoluta —entiéndase, por sobre todas las cosas, la libertad económica que, en buen romance, es la libertad de explotar y expoliar a los más débiles y atrasados: personas, empresas, países y regiones— son "los grandes predicadores exorcistas que exigen el arrepentimiento como el obligado peaje para ingresar en el Welfare State Universal... (ahí están) los Reagan, Tatcher, Bush, Walesa, Yeltsin... el Papa Wojtyla", expresa, de manera acertada, Mario Benedetti en La industria del arrepentimiento, al referirse a los otrora militantes de la utopía del cambio social. En Latinoamérica "los predicadores exorcistas" nativos y criollos, en aras de la "libertad económica", sirven de forma obsecuente a intereses transnacionales y, a través de ellos, permiten sojuzgar a sus pueblos. Ellos, con versatilidad inefable, asumen roles de geniales taumaturgos, pues todo lo convierten en "negocio" y con su enfoque reduccionista y su actitud obsecuente, todo lo miden, única y exclusivamente, con la relación costo–beneficio (siempre desde la perspectiva de los inversores extranjeros que habitan los países capitalistas altamente desarrollados, no las grandes masas de hombres y mujeres que sobreviven en todos los países tardocapitalistas —de capitalismo tardío—) sin considerar si con ello, rematan a vil precio los recursos naturales renovables y no renovables de nuestros pueblos, o si hipotecan a una, dos o más de sus generaciones, obnubilados por su insaciable ambición nunca satisfecha con las migajas que les arrojan sus amos imperiales. ¿Será que el sistema y sus hijos legítimos y naturales, están totalmente ciegos?, pues, como escribe Eduardo Galeano en Invisibles, las personas de carne y hueso "para los economistas más notorios, (sólo son) números. Para los banqueros más poderosos, deudores. Para los tecnócratas más eficientes, molestias. Y para los políticos más exitosos, votos".

La tormenta de voces en defensa de la libertad económica irrestricta crece y se multiplica en las cuatro esquinas del mundo al amparo de los países más ricos y sus ideólogos. Dentro de este escenario, se inscribe el "Taller Internacional América Latina en Crisis" realizado entre el 10 y 12 de julio de 2002, en Santa Cruz de la Sierra. En dicho encuentro, los participantes se hicieron eco perfecto del discurso sobre las supuestas bondades de la libertad económica global, según se puede concluir de la información que brinda Santa Cruz Económico # 88. Entre los panelistas estuvo Ian Vásquez, director del Proyecto sobre Libertad Económica Global del Cato Instituto, quien, de acuerdo a comunicado de prensa de dicha institución (25/VI/2002) reiteró que "la libertad económica es buena para los pobres", cuando la realidad de Bolivia y otros países pobres y atrasados del mundo da un mentís rotundo a dichos discursos y denuncia las contradicciones entre los esfuerzos supremos de los pueblos que pagan la factura del dogmatismo de aplicar a ciegas esta "aventura suicida" y la apología a ultranza por imponer estas medidas sobre la débil base de considerar a todos iguales ante la ley que enarbola el sistema. Esta ficción jurídica, dentro del contexto económico mundial, oculta lo inicuo de considerar como iguales a monstruos económicos y diminutas economías; es decir es un espejismo que esconde el verdadero poder —económico, político... — de los países ricos y la sempiterna debilidad de los países pobres y atrasados como Bolivia que se agrava por la obsecuencia, casi general, que muestran sus conductores gubernamentales.

Lo expresado, lo ratifica Joseph Stiglitz, quien sostiene en El malestar de la globalización que "la hipocresía de quienes propician la liberalización comercial —y el modo en que lo han hecho— indudablemente ha reforzado la hostilidad hacia" ella. Más adelante agrega que "países como Bolivia no sólo eliminaron sus barreras comerciales hasta un punto tal que eran menores que las de EE.UU., sino que también cooperaron con EE.UU. prácticamente erradicando el cultivo de coca, la base de la cocaína, aunque este cultivo brindaba a sus agricultores pobres una renta superior a cualquier alternativa. La respuesta de EE.UU. fue seguir con sus mercados cerrados a los otros productos, como el azúcar, que los campesinos bolivianos podrían haber producido para exportar...".

Al respecto, también amerita citarse el doble discurso y acción del Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, quien, según BBC Mundo (25/III/2002), en El Salvador "insistió en que el libre comercio es la mejor manera de combatir la pobreza... que libre comercio significa más trabajo... (y) que su oferta de negociar un tratado de libre comercio con Centroamérica es ‘seria’"; sin embargo, el 13 de mayo de 2002, anunció la nueva Ley de Seguridad Agrícola de su país, con la cual favorece a sus productores de granos, legumbres, miel, algodón, lana y leche con "alrededor de 190 mil millones de dólares" estadunidenses para la próxima década. Con esta Ley EE.UU. otorga ventajas a sus empresarios productores y exportadores, quienes desde septiembre, se estarían beneficiando con créditos blandos, tasas de interés bajas y ampliación de plazos de pago. Dentro de esta misma política que, por un lado, protege la economía propia y, por el otro, aboga por liberalizar las demás, la Unión Europea subsidia a su sector agrícola con alrededor de 40 mil millones de dólares estadunidenses por año. Esta cifra se multiplica por nueve si se considera toda la esfera productiva y de servicios que opera en los sectores destinados a las exportaciones.

La radiografía de los resultados que surgen de la aplicación ciega de políticas ultraliberales en el mundo, muestra que entre 1980 a 2000, países pobres y atrasados como Perú, Bolivia y Argentina registraron los incrementos absolutos más altos de libertad económica entre 123 países del planeta (3,77, 3,22 y 3,11) ocupando la primera, cuarta y sexta casilla respectivamente, según La Libertad Económica en el mundo, Informe anual 2002, publicado por el Cato Institute. Cabe recordar que el Informe anual (proyecto iniciado con la ayuda de Milton Friedman) en su versión 2001, a través de un índice de libertad económica mundial (resultado del análisis de 21 criterios —tamaño del gobierno; resguardo del derecho de propiedad; acceso a moneda estable; libertad para comerciar con extranjeros; regulación de los mercados de capitales, de trabajo y financieros—) clasificó a Bolivia y Argentina, entre los países más liberales del planeta, compartiendo la casilla nueve entre los 123 países considerados. En la actualidad, la realidad económica, social y política, sobre todo de Argentina, que soporta las secuelas de la aplicación religiosa del liberalismo más ortodoxo, y de Bolivia que, además, enfrenta su propia crisis estructural, desmienten las bondades absolutas que proclama el discurso, sordo y ciego, de la libertad económica global que no discrimina las particularidades y diferentes grados de desarrollo económico relativo de los países del mundo.

Seguramente, al ver este escenario atestado de expresiones y acciones que, en esencia, son la negación de la libertad, es decir superan incluso al libertinaje "desenfreno en las obras o en las palabras", bien podría reivindicarse, mutatis mutandis, la inmortal frase de Madame Roland, antes de ser llevada a la guillotina, "¡Oh, libertad! ¡Cuántos crímenes se cometen en tu nombre!", porque ni el proteccionismo ni el liberalismo son buenos o malos per se y, desde luego, nada es absoluto, muchos menos inocente ¿no le parece?

(*) Periodista; e–mail: saidvillavicencio@yahoo.com