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La vieja Europa

12 de noviembre del 2002

Entrevista con Sidi Mohamed Daddach, saharaui, Premio Rafto de Derechos Humanos 2002
"Los condenados a muerte sonríen durante el día"

afrol News

25 años en las prisiones marroquíes. 14 años en el "corredor de la muerte". Un año en libertad en Sáhara. Una semana en Noruega, recibido con honores de "jefe de estado". ¿Qué tarda más en asimilarse? Sidi Mohamed Daddach, ganador del Premio Rafto de Derechos Humanos 2002 no puede responder.
Martes 5 de noviembre. Grand Café, Oslo. Una rápida entrevista antes de que el ex preso político se reúna con el Comité de Exteriores del Parlamento noruego e incluso con el Primer Ministro. ¿Cómo se puede hablar sobre malos tratos en el corredor de la muerte marroquí en un ambiente así? Daddach se ha convertido en símbolo de la lucha por la libertad de Sáhara Occidental en el transcurso de los últimos días. Después de casi una vida entera en prisión, estos días han sido agotadores: su primer viaje al extranjero, el recibimiento de un premio de prestigio internacional y, por último, el reencuentro con su madre después de 27 años.
En tan sólo unas horas todo se habrá acabado. Por la tarde, volará de regreso a Sáhara Occidental y entonces podrá reflexionar sobre todo lo que le ha ocurrido.
En estos momentos es difícil ver expresividad en su rostro.
- Los condenados a muerte sonríen todo el tiempo durante el día, explica Daddach recordando los 14 años que permanecía a la espera de ser ejecutado. "Durante el día entiendes que has sobrevivido una noche más. Pero la sonrisa desaparece al llegar la tarde, porque las ejecuciones se producen durante la noche y nadie sabe quién será el siguiente".
Daddach fue arrestado a comienzos de 1976, cuando contaba con 19 años de edad y había sido herido por las fuerzas marroquíes. Era miembro del Polisario, el movimiento por la liberación saharaui prohibido en Marruecos. Después de un intento de huída, fue condenado a muerte en 1980 y aislado en una celda, durante meses, en la prisión militar de Rabat.
- Estaba en una celda sin ver el sol. A los condenados a muerte no se les permitía ver el sol. Después de varios meses se le permitió salir de la celda por periodos cortos de tiempo. Lo peor era, en cualquier manera, el temor, explica, "no saber si se va vivir el día después".
Tuvo que aprender a vivir con la soledad. Su familia estaba en los campos de refugiados de Argelia. El centro penitenciario se encontraba en Rabat, en el norte de Marruecos y sus amigos continuaban en Sáhara. "Con los prisioneros marroquíes no había relaciones de amistad de ningún tipo", explica.
Pero Daddach no se dejó vencer por la tortura psíquica, la falta de contacto con el mundo exterior, la escasez de alimentos y los dolores constantes a causa de la ruptura que sufrió en uno de sus hombros y para la cual nunca recibió tratamiento. Daddach se dedicó a envolverse en intentar mejorar las condiciones de los otros presos políticos, realizó protestas, huelgas de hambre e denunció la situación en la cárcel.
Hace justo un año que Daddach fue liberado, después de las fuertes presiones de organizaciones internacionales de derechos humanos. El entonces recién liberado, de 44 años y en mal estado de salud, regresa al Sáhara Occidental ocupado por Marruecos.
- "No me conoces? Soy fulano y mengano..." , son las palabras que más recuerda de esos momentos. Reencontró a gente a la que había visto nacer y a la que ya no podía reconocer. "Volví como un muerto que regresa a la vida".
El año en Layounne, en libertad, lo dedicó a sus familiares y amigos. Pero también a su compromiso político. El hogar de Daddch se convirtió en punto de encuentro para los activistas de derechos humanos saharauis.
La atención hacia el individuo que había luchado tanto por la libertad aumentó aún más cuando la Fundación Rafto en Bergen anuncia que será premiado con el Premio de Derechos Humanos de este año.
"La alegría que he experimentado esta semana ha sido distinta a la de la liberación", subraya Daddach sobre su corta estancia en Noruega. "Dispongo de un pasaporte marroquí, algo que nunca que podía haber imaginado en toda mi vida. El 28 de octubre me llamaron para anunciarme que me lo habían concedido".
El Ministero noruego de Exteriores y su Embajada en Rabat han sido los impulsores del proceso para conseguir el pasaporte, algo excepcional para los disidentes políticos en Marruecos.
- Entonces llegó la novedad de que iba a viajar a Noruega, mi primer viaje a Europa. Ahora, tan viejo! Me he hecho mayor, sí, y ahora noto realmente que he perdido una gran parte de mi vida en la cárcel.
Aquí ha recibido el Premio Rafto de Derechos Humanos, de manos del alcalde de Bergen, Kristian Helland, y ha encontrado a políticos, abogados, activistas, periodistas, etc. "Y todos me sonríen", dice sorprendido.
Pero de todos los encuentros, sin duda el más importante fue el reencuentro con su madre, de la que ha estado separado desde hace 27 años. "La gran alegría se produjo cuando me dijeron que ella venía, tan sólo una hora antes de su llegada".
La madre, Enguia Bakay Lahbib, octogenaria, vive en un campo de refugiados en el desierto de Argelia. La pasada semana la contactaron para preguntarle si quería acompañar a su hijo durante la entrega del premio en Bergen. No lo dudó un momento; probablemente sería la última oportunidad de volver a verse.
Enguia consiguió un pasaporte argelino el jueves. El viernes consiguió visado para entrar a Noruega. El sábado tenía en sus manos un billete Tindouf - Alger - Lyon - Amsterdam - Bergen y cogió el avión, por primera vez en su vida. La noche del sábado todo eran lágrimas en el aeropuerto de Flesland, Bergen.
La madre dijo que ésto era un milagro para ella y que su vida ahora vuelve a ser completa. Con el recuerdo en su mente de los centenares de miles de saharauis refugiados que viven en Argelia y han estado separados de sus familias durante las últimas décadas, declaró como madre: "Esto es algo a lo que deberían tener derecho todas las madres saharauis".
Que el reencuentro con su madre fue la experiencia más grande para Daddach, durante su periplo noruego, no cabe la menor duda. Tras el reencuentro familiar, estaba programado que se reuniría el lunes con el Comité de los Premios Nobel y con altos representantes del Ministerio de Exteriores. Todas las reuniones se cancelaron; necesitaba tiempo con su madre, en privado.
Con el cúmulo de emociones de los últimos días, Daddach está confuso y perdido.
Su cabeza no está aquí. Su madre ya ha partido de nuevo hacia Argelia y probablemente no vuelvan a encontrarse nunca más. Los sentimientos saldrán afuera cuando él mismo, en unas horas, esté de regreso en Layounne. - "Lo que ha pasado esta semana ha sido enorme para mí", confiesa Daddach. Sin haber asimilado los acontecimientos, la única conclusión es que el tiempo es un concepto muy relativo cuando se tienen 45 años.