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La vieja Europa

30 de septiembre del 2002

¡Pero que torpe es el lince!

Rafael León Rodríguez

Puede que alguna vez le hayan dicho: ¡Eres un lince! Y usted tan contento. Al fin y al cabo según el Diccionario de la Real Academia con esta expresión se define a la persona aguda y sagaz y, por lo tanto, avisada, astuta, prudente, que prevé y previene las cosas, sutil y perspicaz. ¡Ojo! A partir de ahora desconfíe si alguien osa compararle con tan bello pero torpe animal, puede que, sin usted saberlo, le estén insultando.
¡Pero qué barbaridades está diciendo este hombre! Pensará ya usted a estas alturas. No, no lo digo yo, al fin y al cabo mi opinión contaría muy poco. Sólo soy un simple licenciado en geografía (estudios universitarios ciertamente de carácter menor), amante de la ecología (sí, un bárbaro ecologista de esos que están contra cualquier desarrollo) y militante político (patético pudiendo dedicar mi tiempo a cosas más interesantes y productivas como por ejemplo discutir continuamente sobre fútbol o ver Operación Triunfo y Gran Hermano), para más "inri" en Izquierda Unida (que como todo el mundo sabe es el origen de todos los males de España y casi del universo). Perdón por tantos paréntesis.
Lo ha dicho la Secretaria General del Medio Ambiente del Gobierno del Reino de España, doña María del Carmen Martorell Pallás, durante una comparecencia ante la Comisión de Medio Ambiente del Senado, celebrada el 26 de junio de 2002, para informar sobre la situación del lince ibérico y de las medidas a adoptar para su recuperación. Su "magnífica" aportación, que se me antoja esencial para el avance de las investigaciones sobre la teoría evolutiva, está recogida en el Diario de Sesiones de Comisiones del Senado número 317 de esta séptima legislatura.
Esta señora afirmó "El lince parece bastante menos inteligente de lo que creíamos que era. Quizá tenga muy buena vista, pero después en sus conductas es un animal que corre muchísimo, y al correr muchísimo hay veces que no ve, no se para a ver adonde tiene que ir y por eso en vez de ir por debajo va por arriba. Yo no he comprobado que haya pasos, pero a mí se me ha dicho y me lo creo…", no sin antes haber expresado su convicción de que "El hombre, por suerte, es más inteligente y es capaz de adaptarse a ello".
Tiene razón. En efecto el hombre es más inteligente, incluso aunque tenga mala vista. Cuando corre muchísimo, cosa harto frecuente, lo hace de una manera racional, en segurísimos vehículos de 240 caballos y a 200 por hora. Y si no puede pasar por arriba o por abajo, simplemente se estrella contra una encina, un muro, una vaca o hasta un lince, que sin duda merece el atropello por torpe.
He de confesar que me llamó mucho la atención cuando me enteré que entre el Ministerio de Medio Ambiente, la Consejería de Medio Ambiente y entidades como la Fundación Botín, que todos sabemos que está tan preocupada por la conservación del medio, iban a dedicar a salvar al lince en torno a 27 millones de euros. Aunque lo de los euros se ha comprendido pronto en ámbitos macroeconómicos, que como es sabido van bien, diré, para los que sufrimos la situación "algo peor" de la microeconomía y, al ser tan torpes (como el lince o más), tardaremos en adaptarnos a la nueva moneda europea, que esto supone en pesetas 4500 millones.
¡Veintitantos millones de pesetas por lince! No me lo podía imaginar, siempre había pensado que la supervivencia del lince, más que de inversiones millonarias, dependía de aspectos como una correcta ordenación del territorio, la reducción de las necesidades, muchas veces superfluas, de transporte o una gestión sostenible de los ecosistemas y de los recursos naturales, que no tenían por que costar mucho, aunque su aplicación pudiera tener un valor incalculable. Había pensado que también para la supervivencia del lince era importante evitar perversas mentalidades maniqueas del estilo estoy con Bush o contra Bush, o sea, con el Bien o con el Mal. O el lince, torpe y malo, o yo, que soy estupendo, y mis circunstancias. O ir al Rocío por una carretera a 140 por hora o el lince.
Siento haber sido un lince, es decir, tan torpe. He de agradecer a la señora Martorell Pallás que me haya sacado de mi error. Eso de la ordenación del territorio o la gestión sostenible de los ecosistemas son chorradas propias de mentes mórbidas. La supervivencia del lince depende sobre todo de que el hermoso felino sea capaz de aprender educación vial, o de que atentamente sea capaz de visionar los vídeos de aquella magnífica serie infantil que era "Barrio Sésamo" (aunque mi favorita con diferencia era "La Bola de Cristal") para que la rana Gustavo pueda explicarle la clara diferencia entre "arriba" y "abajo". Y claro, que el lince aprenda educación vial o proporcionarle a cada ejemplar un televisor de esos con sensouround y efectos 3D debe costar una pasta.
Tras haber comprendido esta lección de teoría evolutiva avanzada, he de estar de acuerdo con la Señora Secretaria en que "la supervivencia del lince es complicada" y en que aunque "puede ser un problema de espacio porque le estamos acotando el terreno" yo, al igual que Ella, también "espero que sea lo suficientemente inteligente para adaptarse a las nuevas circunstancias, porque en esta vida ocurren esas cosas".
Y comparto la idea de que "quizá los más pequeños, entre comillas, como los de la cría en cautividad, tienen una capacidad de adaptación mayor que los que han vivido hace pocos años en un gran espacio, porque sabemos que el avance económico y de desarrollo y tecnológico se ha dado durante estos últimos años y nos ha cambiado nuestro paisaje tremendamente". Por tanto, estoy con la Señora Martorell en que para que el lince no termine por extinguirse "tiene que haber un factor de adaptación al medio, como lo han tenido otros, para poder sobrevivir, a no ser que haya otras causas que estamos intentando mitigar".
Supongo que tras leer todo lo anterior, ya se habrá usted convencido de la validez de la irrefutable "Teoría Martorell". Si no es así tendré que acudir al mismo ejemplo que su inspiradora: "Hay otros animales como el quebrantahuesos de los que hace unos años teníamos poquísimos, mientras que en este momento no recuerdo si son 300 ó 600 las parejas existentes en los Pirineos. Incluso el otro día crió uno en cautividad en Jaén. Esperemos que vaya bien. Es una experiencia que hay que realizar. Ojalá podamos decir en breve, porque no hay muchos, que nuestros linces se están adaptando a las circunstancias".
Espero que ya esté convencido. Yo al menos sí. Incluso he cambiado mi opinión sobre el futuro del lince. Hasta este hito crucial en la teoría evolutiva había pensado que el lince más que una especie en peligro de extinción era una especie ya extinta, aunque no lo supiéramos o no lo quisiéramos saber. Al fin y al cabo, como dice mi buen amigo Horacio, yo siempre he sido de los que ven la botella medio vacía. Ahora no pienso igual, con gestores de nuestro medio ambiente como la Señora Martorell el lince está salvado. Por fin veo la botella medio llena. Aunque como ha dicho Saramago, ver la botella medio llena es lo mismo que verla medio vacía. "Lo que es, es, y lo que está, es lo que está".
En cualquier caso lo cierto es que la nueva teoría dará más de un quebradero de cabeza a biólogos, ecólogos y otros investigadores de la naturaleza. Lo siento por ellos. E igualmente lo siento por los académicos de la lengua, que tendrán que modificar la próxima edición del diccionario en el siguiente sentido: Lince: fig. Persona torpe e inadaptada. Quebrantahuesos o buitre: fig. Persona aguda y sagaz. Todo sea por el correcto uso del lenguaje.
Y también por el bien de buitres y quebrantahuesos que, con este cambio dejarán de ser injustamente identificados, con "personas que se ceban en la desgracia de otros" o "con sujetos pesados, molestos e inoportunos que cansan y fastidian con sus impertinencias".
En fin, todos estos inconvenientes merecen la pena ya que como contraprestación, el lince, a pesar de su torpeza, está definitivamente salvado. Y ello gracias a 27 millones de euros, Barrio Sésamo, la tecnología 3D-sensouround, y especialmente gracias a la Señora Martorell que, ciertamente es un lince. ¿Ó un buitre? No sé, con tanto cambio semántico estoy hecho un lío.