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Nuestro Planeta

21 de enero del 2003

El príncipe de las mareas (negras)

Higinio Polo

La catástrofe ecológica que padece Galicia ha puesto, otra vez, de manifiesto el escaso sentido de la realidad que tienen los representantes de la monarquía española, y que cualquiera juzgaría la evidencia de su peculiar acomodo a una despreocupada vida de parasitismo social. Era obligado: la gravedad del desastre hizo que el monarca y su hijo se vieran forzados a realizar unas visitas de ocasión a las zonas afectadas de la costa gallega, sin ningún propósito concreto, aunque el aparato propagandístico de Casa real y la complaciente prensa española hayan presentado la visita de Juan Carlos de Borbón el día 2 de diciembre, y la de su hijo Felipe, los días 16 y 17 de diciembre pasados, como importantes aportaciones en la lucha contra el desastre petrolero. Fueron unas visitas inútiles, preparadas por un gabinete más preocupado por cómo sería interpretada la ausencia de ambos Borbones, que por la eficacia de su presencia..
Porque, más de dos meses después de la catástrofe del barco petrolero Prestige, centrada ahora la atención en la incompetencia gubernamental y en las consecuencias del desastre, cualquiera puede examinar la utilidad de la visita a Galicia de Juan Carlos de Borbón y de su hijo, el heredero del trono español: no hay duda de que sus supuestos beneficiosos efectos, que la increíble Casa real se precipitó a destacar ante los medios informativos, han pasado desapercibidos, y los ciudadanos se han desentendido de sus rápidas visitas, de las que no esperan nada; aunque, sin duda, también muchos ciudadanos hayan tomado nota de ello..
Repasemos la operación propagandística. Juan Carlos de Borbón se limitó, en medio de un gran control policial, a una brevísima visita a Galicia el 2 de diciembre pasado: bajó a la playa de O Coído, en Muxía, procurando no mancharse los zapatos, lanzando alguna sonrisa y alzando la mano, que no sabía cómo ocupar, y después sus servicios de protocolo emitieron un convencional mensaje de solidaridad con los gallegos, en el que se exhortaba a trabajar unidos contra la catástrofe. No dijo quiénes eran los que debían trabajar, que son casi siempre los mismos. Juan Carlos de Borbón sabía que la visita era obligada, tras las críticas recibidas por el presidente del gobierno, Aznar, por su ausencia de las poblaciones afectadas, y en previsión de posteriores especulaciones sobre la falta de sensibilidad de la monarquía con las decenas de miles de familias gallegas afectadas por la catástrofe. Ese ha sido todo su contacto con Galicia..
La segunda visita, de Felipe de Borbón, se organiza varias semanas después del inicio del desastre: para los días 16 y 17 de diciembre. Se hace así por dos razones: la primera, por el temor de la Casa real de que la opinión pública constate la despreocupación del heredero, que no había aparecido tras tantas jornadas de desesperación de los gallegos; y la segunda, porque Felipe de Borbón tenía programada desde hace tiempo un par de inauguraciones en Galicia: precisamente para esos mismos días. De manera que, puesto que Felipe de Borbón debía acudir a Galicia, la Casa real y los organismos del gobierno, creyendo que no sería entendido que el heredero no recorriese al mismo tiempo las playas contaminadas, improvisan una visita a algunos municipios..
Así, Felipe de Borbón, convenientemente protegido de posibles altercados y de la ira popular, va a Portonovo, a la Isla de Ons, a Aguiño y al Puerto de Ribeira. En la isla de Ons, baja hasta la playa de Canexol y se deja fotografiar rodeado de infantes de Marina, que limpiaban la playa: no hay riesgo de protestas con militares sujetos a la disciplina castrense. En las otras playas, todo está también controlado, aunque se oyen algunos gritos. Después, le habían organizado un encuentro con alcaldes, Patronos mayores y presidentes de Agrupaciones de las Cofradías de la Ría de Arousa y de Muros Noya. Los servicios de protocolo se habían preocupado previamente de que no asistieran personas que pudiesen crear situaciones delicadas. Todo lo que supo decir el heredero es que había ido allí para llevar "un mensaje de solidaridad y de apoyo de la Corona. Que sepa Galicia que no está sola"..
Después, Felipe de Borbón celebró una reunión con empresarios, cita de la que los serviles medios de comunicación españoles dieron abundantes referencias, como si de la entrevista dependieran muchas de las iniciativas para combatir el desastre. Ocultaron que Felipe de Borbón se reunió sólo con cuatro empresarios: el director general de Caixanova, el vicepresidente de Inditex, el vicepresidente del Banco Pastor y el director general de Caixa Galicia. Hasta para el más apasionado defensor de la monarquía española, resultaba manifiesto que la reunión era un apresurado montaje para simular ante la opinión pública que el heredero se preocupaba por Galicia. Tras esos paseos y esa reunión, Felipe de Borbón abre una exposición de Picasso en La Coruña y después inaugura el Museo de arte contemporáneo de Vigo, actos previstos desde hacía muchas semanas. Eso fue todo. No tuvo tiempo de entrevistarse con los trabajadores, aunque los fotógrafos de corte pudieron obtener alguna instantánea del heredero con mujeres que trabajaban. No obstante, pudo fotografiarse con la condesa de Fenosa, una dama de la falsa nobleza franquista, siempre bien tratada por la familia real, y con algunas otras personas de relieve, y cambiar pequeñas bromas con la buena sociedad gallega..
Cualquier buen ciudadano podría pensar que la brevedad de la visita de Felipe de Borbón a Galicia, y la evidente ausencia de cualquier toma de contacto con el pueblo gallego, era consecuencia de la apretada agenda de trabajo del príncipe. Podría pensarse si no fuera porque la propia Casa real ha tenido que reconocer que durante toda la semana anterior a la visita a Galicia Felipe de Borbón no tenía ninguna obligación oficial. Ninguna. Es más: durante todo el mes de diciembre, hasta su forzada visita, todo el trabajo que había tenido que asumir consistió en entregar un premio en Alicante, asistir a un partido de fútbol y recibir el día 9 de diciembre a cuatro grupos de visitantes en el palacio de la Zarzuela. Nada más. No hay que forzar las evidencias para constatar que Felipe de Borbón, un hombre que empieza a acercarse a los cuarenta años, es una persona que vive espléndidamente del presupuesto público sin trabajar. No podía ocultarse. Resulta obvio que su tardía visita a Galicia, un mes después del desastre, para no contribuir en nada a la búsqueda de soluciones, no puede justificarse precisamente en el volumen de trabajo que tiene que cumplir: el príncipe vive más que relajadamente. No es que sea un ejemplo para mostrar a los miles de voluntarios, negros de chapapote..
Esa dos breves visitas han sido todo, porque la increíble Casa real debe estar convencida de que los ciudadanos son imbéciles y se dan por satisfechas con el esperpento. De manera que la visita de ambos Borbones al lugar de la catástrofe nos deja algunas preguntas incómodas. Ese príncipe, tan ecologista, jaleado en series de televisión por su amor a la tierra, por su preocupación por el medio ambiente, ¿dónde estaba? ¿Andaba decorando su palacio, pagado con el dinero de los contribuyentes?, ¿a qué se dedica exactamente, a la vista de su apretada agenda? ¿O debemos interpretar que está demasiado ocupado con sus diversiones privadas? ¿Por qué no fue, como los voluntarios, a recoger el fuel? Algún ingenuo objetará que no es su función, pero, ¿cuál es, entonces?, y hasta es probable que la indulgente Casa real insista en que no fue a recoger chapapote por cuestiones de seguridad, como si no pudiera haber ido, envuelto entre militares, con mono blanco, como los demás..
Esas grotescas visitas, también nos dejan algunas enseñanzas: la primera, que los gritos de protesta de los ciudadanos y voluntarios fueron silenciados por la prensa. La segunda, que las excursiones, tan vigiladas, de Juan Carlos de Borbón y de su hijo fueron una puesta en escena innecesaria y gratuita, aunque resultaran caras. La tercera, que a la vista de la febril actividad del príncipe, cobra relevancia la afirmación de su padre llamando a trabajar unidos. Es probable que su propio hijo le haya dicho que mida las palabras: podrían interpretarse como una burla al país, puesto que no todos los ciudadanos son como esos ingenuos que miran las páginas satinadas de la prensa del corazón, que con tanto servilismo sabe tratar a la familia real, ni son tan ilusos como para confiar en su probidad y en su amor al trabajo, a la vista de la experiencia acumulada por ellos mismos y por sus antepasados..
Así que no es aventurado afirmar que ambos Borbones saben leer aplicadamente folios en los congresos, en las reuniones, en los cuarteles, con amañados discursos escritos por otros, porque el papel nunca protesta ante la hipocresía, pero apenas saben nada más. No es para alegrarse, pero Juan Carlos de Borbón y su hijo, convertido así en el príncipe de las mareas (negras), daban una nueva vuelta de tuerca, representando una vergonzosa comedia ante los ciudadanos, mientras la mugre del petróleo arrasaba una parte del país. Un personaje de Evelyn Waugh dice que solamente los ricos se dan cuenta del abismo que los separa de los pobres, y a la vista del esperpento gallego protagonizado tanto por el príncipe como su padre, seguros ambos de que el buen pueblo lo aguanta todo, podría añadirse que -además- algunas actitudes son la constatación de la hipocresía y de la inutilidad social.