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La vieja Europa

24 de julio del 2003

65º aniversario de la Batalla del Ebro
Lise London, con un vestido negro

Higinio Polo
Rebelión
Para Andreu Llabina

En este verano de fuego, la semana pasada, se conmemoraba en Corbera d'Ebre, en el sur de Cataluña, el 65 aniversario de la Batalla del Ebro, que fue el enfrentamiento más mortífero y feroz de toda la guerra civil española. Allí, en Corbera, mirando de nuevo las calles que les vieron pasar en su juventud, estaban los veteranos de la Connoly Column, 15 Brigada Internacional, los norteamericanos de la Brigada Abraham Lincoln, los franceses de la Marsellesa; los italianos de la Brigada Garibaldi, con su enseña, que indicaba: "Per la libertà dei Popoli", "ara e sempre", y con la imagen de Giuseppe Garibaldi bordada en una bandera italiana unida a un mástil que terminaba en una estrella de cinco puntas. También estaban los voluntarios de otros países, aunque no todos: muchos no pudieron viajar a España por falta de recursos, sobre todo los polacos, los húngaros, los rusos, prisioneros ahora de la revancha capitalista en sus países.

También estaban los veteranos alemanes, con la bandera de los internacionalistas que habían luchado contra Hitler y que, hace 65 años, lo hacían contra el fascismo español. Prendidos en el pecho, los internacionalistas, como se les llamaba entonces, mostraban sus nombres con orgullo.

Vi a muchos: a George Sossenko, de Atlanta, Estados Unidos; a Pierre René Landrieux, que llevaba prendida con honor una condecoración de la República española, y a Theo Francos, un francés de padres españoles; y a gente del país, como Lola González, una viejecita española, que recordaba los días clandestinos en que tuvo en su casa a Gregorio López Raimundo, el secretario general de los comunistas catalanes del PSUC; y a tantos otros.

En uno de los actos del día 5 de julio, los centenares de asistentes iniciamos la subida hacia el viejo pueblo de Corbera, que todavía está en ruinas desde los días de la guerra civil, y que está situado en la ladera de una montaña, encima del actual casco urbano. En el ascenso, bajo el calor de julio, vi en una puerta arruinada, casi borradas, pero vivas, las siglas de la CNT, mientras los voluntarios de la guerra miraban también las paredes, intentando recordar. Encima, en la plaza ante la iglesia que sigue dominando Corbera, vi cómo ondeaban las banderas rojas y las tricolores de la digna república española, mientras sonaban canciones que todos los asistentes sabían, como Ay, Carmela. El campanario de la iglesia, dañado por las bombas y por la metralla fascista, seguía enseñando las heridas de la guerra civil, y, en la espadaña, sobre la fachada, como si fuera un sueño postergado, se acumulaba la emoción de los viejos camaradas, recordando los días en que enfrentaban con su fraternidad de hombres libres a la noche de la muerte a que el fascismo condenaba a España.

La iglesia de Sant Pere, de Corbera, está destruida desde entonces, desde 1938, sin techo, con las vigas y las puertas tiradas en el suelo, aunque el municipio procura conservar el recinto limpio, a salvo de la desidia, de la destrucción y del olvido. Vi heridas de metralla en las paredes y estuve espiando los graffitis entre las grietas, los fragmentos escondidos, escritos en el idioma germinal de los resistentes, como si buscara las huellas de los mismos voluntarios de la libertad que estaban en ese momento fuera, en la plaza. En una pared, descubrí una palabra, escrita raspando el yeso: Bulgaria, y sé que no puede ser casual. Esta zona, en la que en ese momento sonaban otra vez las canciones de la guerra de España, fue frente de guerra: en agosto de 1938, Corbera fue la avanzadilla del frente republicano, y los fascistas de Franco la bombardearon sin piedad. El 3 de septiembre de 1938 se rompió el frente y casi todo el pueblo quedó destruido, aunque después, en la larga y siniestra posguerra franquista, sería reconstruido más abajo. Las ruinas abandonadas son ahora un símbolo de la lucha por la libertad: aquí resistieron estos hombres, hasta el final.

Al salir de la iglesia, percibí un silencio extraño, otro momento de emoción, surgido de una palabra o de un recuerdo, instante que fue roto por el grito que lanzó alguien a mi lado: ¡viva la república!, y que todos acompañaron. A la izquierda de la iglesia, al otro lado de las vegas, se veían las sierras de Pàndols y Cavalls, que fueron tomadas por los soldados republicanos en los primeros días de la ofensiva del Ebro, y donde esos soldados y los voluntarios de la república resistieron después durante tantos días y semanas, bajo un diluvio de plomo, la acometida de los bombardeos fascistas, en una lucha desigual. Vi a más de uno de los internacionalistas que miraba a lo lejos, hacia las sierras donde combatieron, a veces en silencio, a veces explicando un detalle o un episodio. Habían pasado 65 años, pero ellos estaban allí otra vez.

Después, se oyeron las palabras grabadas de la dirigente comunista Dolores Ibárruri, la Pasionaria, que pronunció en Barcelona, en la despedida triste a las Brigadas Internacionales, en actos en los que estaban el presidente Negrín, el general Rojo, Hernández Sarabia, Cordón, Modesto, Tagüeña, Líster y Luigi Gallo, el escritor y comandante Ludwig Renn, Chapaief, jefe del Batallón Rokosi; el comandante Otto Flalter y el comandante Reiner, Ossorio y Tafall, y el teniente coronel Hans, que habló entonces en nombre de los brigadistas, y tantos otros. Mientras yo pensaba que muchos de los que en ese momento estaban escuchando las frases de Dolores Ibárruri, sesenta y cinco años antes, en 1938, habían oído ya las palabras de la Pasionaria, descubrí que allí estaba Lise London, con un vestido negro, y sonreía, envuelta en la madeja del tiempo, en la misma roja primavera que dio título a sus memorias: Lise esperaba para dirigir la palabra a los congregados, sabiendo que no estábamos haciendo un gesto de nostalgia, sino de apuesta por el futuro. Lise London, voluntaria ella misma con las Brigadas Internacionales cuando era una muchachita, hablaba ahora: queridos amigos, queridos camaradas, dice, y habla con fuerza y con pasión, como si no tuviera 86 años. Cita a su marido, Artur London, y recuerda que él estuvo en el campo de Mauthausen, como tantos miles de republicanos españoles, la mayoría de los cuales morirían allí, víctimas del nazismo.

Seguro que los recuerdos se le agolpaban en la memoria: Lise London, que sigue siendo comunista, citaba a su marido, que fue perseguido por el estalinismo y que, sin embargo, siguió manteniendo su militancia comunista hasta el fin de sus días. La propia Lise London, nos ha dejado escrita en sus memorias, que todos los jóvenes deberían leer, la razón de su prolongado esfuerzo por conseguir la libertad y la dignidad humana: "En La confesión, Gérard (Artur London) había descrito las facetas más sombrías de la historia del comunismo en el siglo XX. Pero también habíamos pensado contar las otras, luminosas, que habían deslumbrado y arrastrado a nuestra generación." Por eso las escribió, y por eso hablaba ahora Lise, recordando a los voluntarios de las Brigadas Internacionales, insistiendo en la necesidad de continuar con el esfuerzo colectivo por cambiar un sistema miserable, por acabar con un capitalismo de gangrena que sigue pisoteando la libertad y la razón y sembrando la muerte, como ahora mismo en Iraq o en Afganistán.

Casi parecía mentira, Lise London hablando a los hombres de las Brigadas Internacionales, defendiendo las mismas ideas que abrazó en su juventud: mientras la oía, yo creía escuchar el eco persistente de la sonrisa de los milicianos de 1936, las historias aún sin desvelar del éxodo y la derrota, el canto de la Internacional y las canciones anarquistas, creía escuchar las voces de la república, las notas sencillas del himno de Riego que se derramaban desde un lugar oculto, porque todos los que estábamos allí sabíamos, sabemos, que la digna república española está en alguna parte y volverá. Con la misma fuerza de su juventud, con la misma sonrisa con que la vemos en una fotografía de 1937, en un balcón de Valencia, al salir del hospital, Lise London, estaba allí ahora, con un vestido negro, como en los días de los partisanos franceses con los que compartió los años oscuros del nazismo. Lise London hablaba, y los hombres de las Brigadas Internacionales, los voluntarios de la libertad de la guerra de España, asentían a sus palabras, sabiendo todo lo que resta por hacer.